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lunes 21 septiembre, 2026

Mujeres, jóvenes y lo más tontas posible

Querido/a lector/a: no vaya a equivocarse con el título elegido. No hay un deseo de controversia en su elección. No busco el famoso clickbait para vaciar tras él todo contenido.

Este título obedece a una frase que pronunció hace unos años alguien que ocupaba un cargo político de importancia en el país. Quien fuera da lo mismo. No hay falta de osadía en no dar su nombre y que a partir de ahora puedan señalarle por esta frase arrabalera y tabernaria. No es un intento de protegerme de nadie ni de nada. Sólo trato de situar al lector en esa frase y hallar el origen masculino de quien la pronunció haría que la frase perdiera protagonismo y lo ganara un nombre; un simple nombre.

La frase ahora no tiene nombre detrás porque en verdad, tiene muchos nombres detrás. Quien la pronunció tenía delante de él a una persona de 65 años que respondió con mala cara. Yo estaba a una distancia corta y tenía muchos menos años que ahora, y ese señor de 65 años me lanzó un gesto de vergüenza tras haber oído ese comentario de quien, viviendo de ser un cargo político importante, parecía que había encontrado el oráculo que da la solución a todo los problemas políticos de una época. Alguien que había hecho de la política un instrumento de beneficio personal sin atesorar grandes conocimientos de nada, presumía de tener la respuesta a lo que en ese momento se detectaba como “desgaste y desafección ciudadana”. Decía que había que dar un giro de timón, que la opinión pública empezara a ver otras caras -pero todas orquestadas por la suya- y que se valoraría que hubiera más mujeres, más jóvenes y la guinda del pastel, sin ruborizarse lo más mínimo, fue decir que debían ser “lo más tontas posible”. En esa señal de enfado y vergüenza que me enviaron con la mirada pero de alguna forma, desactivándome en mi corta edad para que tuviera ninguna reacción, como tratando de disuadirme de hablar queriendo convencerme así de que la cosa no iba conmigo, vi en la falta de respuesta de quienes estaban con ese lenguaraz una normalización que llevaba a no responder a dicha frase. Algunos pondrían caras raras, sí, pero el mensaje quedaba en un plano etéreo, diluido sobre otros mensajes, desafiando la ley de la gravedad de otros mensajes posteriores; desdibujándose en la nada posterior.

Varios años después, nos echamos las manos a la cabeza con Salazar, con Ábalos y demás sucesos que alimentan todo morbo mediático y parecen buscar todo ánimo de chisme y de crítica oportunista a unos cuantos hombres, ahora sí con nombre y apellidos, pero corriendo el mismo riesgo de desdibujarse el verdadero fondo del asunto tras ser señalados esos nombres con la gravedad que sus hechos encierran.

Las mujeres de mi generación no hemos vivido el franquismo. Mi generación ha sido la primera en nacer en democracia. Hemos crecido convencidas de que muchas actitudes cavernarias pertenecían a las malas praxis del pasado. Recuerdo ver a una portavoz del Gobierno siendo muy niña, a una ministra de Asuntos Sociales que luego me dio clase en la Universidad; he conversado con grandes luchadoras del cambio político y social en nuestro país como Elena Arnedo, Carmen Alborch, Jiménez Becerril y un largo etcétera. Mujeres que lucharon por ser impecables en su vida académica y también profesional. El ascensor social del que nos hablaban lo veíamos claro: “fórmate, sé independiente y verás que la independencia no es sólo económica. Quien se atreve a ser independiente, propicia los cambios que han de darse”. Ser independiente para ser libre; ser libre para ser independiente.

He conocido a Salazar, a Ábalos y a Koldo. Les he tratado en el trabajo. He pensado en una mala suerte de involución histórica cuando ya por ser menos joven, tengo recuerdos de otra gente con la que he trabajado y quienes han supuesto un ascendente sobre mí en muchas cuestiones vitales más allá de las puramente profesionales y por ese grato recuerdo, lo siguen suponiendo. Cuando no tenemos esos recuerdos ni nos curtimos en la necesaria lectura para aprender y comprender, nos faltan los referentes y en esos vacíos, brota también la normalización de situar en la cosificación, banalización e hipersexualización a las mujeres.

Lo de “lo más tontas posible” surge en mi recuerdo, con fuerza y con deseo de transmitir que estas conductas, desgraciadamente, no vienen de ahora; nacen de lo más primario y menos curtido de las personas que se han aprovechado de la falta de reacción que en su momento han tenido. Esa no respuesta que yo vi en aquel momento de esa frase horrible de aquel cargo político; la invitación a una joven como yo en ese momento para que no dijera tampoco nada “puesto que hablaba de manera difusa, nada que ver contigo”. ¿Y qué si tenía o no que ver conmigo?

En Sociología hablamos continuamente de los techos de cristal haciendo una lectura de las brechas económicas y de menos ascenso real que sufrimos aún en muchos trabajos y en muchas esferas también de nuestra vida cotidiana, pero el mayor techo de cristal supone la mentalidad de aceptación imperante que aún vemos que las mujeres han de estar en un plano secundario. Cuando merecemos ascender por méritos objetivos, también debemos pensar en que nadie sienta en nuestra presencia una amenaza. Que la honestidad intelectual no sea una amenaza. Que el tener criterio propio y tratar de ayudar mejor con él no es una amenaza. Que el tener voz propia no es una amenaza. La muestra de “ser manipulable”, quiero entender que era a lo que se refería ese cargo político importante en lo de ser “lo más tontas posible”, puede ser una herramienta poderosa para quien no tiene el talento suficiente para poder ocupar un puesto de alta responsabilidad, pero supone ya de antemano las intenciones nada honestas de quien así piensa.

Con Nevenka Fernández lo vivimos también. Gente que la etiquetó de frívola, de ambiciosa, de “trepa”. Le daban catadura moral a quien la acosaba y se la quitaban a ella tergiversando su situación de víctima haciendo ver que su calvario “se lo buscaba, se lo tenía merecido”. Hablando con ella y con empleados públicos de Ponferrada en esa época, defendían que Nevenka era una profesional seria, comprometida e implicada en los quehaceres de la gestión municipal y eso creaba recelos. Qué gran paradoja, ¿verdad? Siempre con la sensación de tener que demostrar el doble para que te respeten (casi) lo mismo que a un hombre y cuando demuestras, también hay problemas. Siempre dudando sobre si mostrarte seria crea antipatía mientras que en un hombre confiere carisma, sobre si mostrar carácter hace que te vean con poca gestión emocional mientras que en un hombre se crea un halo de autoridad genuina. Cuando haces bien tu trabajo y consigues dar lo mejor de ti misma, te conviertes en objeto de envidias y desconfianza. Y siempre con mensajes de quienes con menos bagaje y rigor profesional, te vienen con chuflas superfluas del tipo “eres demasiado joven aún…”, “tú ponte de segunda, que yo soy quien te ayuda con todo” y así muchas mujeres que hemos viajado a varios lugares, que hemos hecho de nuestra carrera profesional un ejemplo de superación personal constante, tenemos muchas experiencias afines.  En mujeres como Nevenka vemos el progreso invertido, de cuando de forma noble quieres contribuir al progreso de la sociedad para que el sistema de turno te quiera expulsar “por ser buena”.

Estos últimos días, el PSOE admite que no ha estado «a la altura» al no «arropar» a las denunciantes. De nuevo, el lenguaje carga con tintes paternalistas, hasta invalidantes; la de atribuir debilidad y de no valor por sí mismas.  Las mujeres víctimas no necesitan sentirse “arropadas” sino respetadas y ese respeto lo dan las garantías ya no sólo procesales sino de tolerancia cero real contra el acoso y de erradicación de la violencia contra las mujeres. Lo de “mujeres, jóvenes y lo más tontas posible” no es sólo una banalización sino un decálogo de intenciones grave, pernicioso, grosero e intolerable que no sólo deja mal a quien lo diga y así actúe sino a quienes colaboran también en ese vaciamiento ético y moral de trasfondo humano y de transformación social que todo servicio público ha de defender y preservar.

Reducir el debate al argumentario ha laminado parte del sano ejercicio democrático que el pluralismo político del art. 1.1. de nuestra Constitución viene a marcarnos como hoja de ruta. Que la dignidad no deje de ser el faro de toda respuesta que desde la acción política se dé a los problemas públicos. Como dijeran los clásicos: “lo que no beneficia a la colmena, tampoco beneficia a la abeja” y sin responsabilidades políticas ejemplarizantes en las denuncias de las mujeres llevando a la Fiscalía las denuncias de acoso, seguirá resonando con eco la frase que da título a este artículo como lucha de igualdad real que como asignatura pendiente aún tenemos en nuestro sistema de partidos como en la sociedad española.

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