martes 17 marzo, 2026

La tragedia de la fortuna.

Por @DrJQuintero

Es sabido que muchas de las personas agraciadas con grandes premios de lotería no tienen digamos, un final feliz, pero que el inicio de ser agraciado sea dramático, eso es nuevo, pero representa a las mil maravillas lo peor de la condición humana. Lo que debía ser un brindis colectivo, para un pueblo pequeño tocado por la mano de la Diosa fortuna, terminó convirtiéndose en un pleito moral y ya veremos si legal. Y no por el impacto producido por una cantidad mareante de dinero, que también, sino por lo que el dinero provoca cuando cae de golpe, y lo hace sobre una comunidad acostumbrada a cifras más modestas, con rutinas previsibles y con ese estilo de vida silencioso que no siempre se mide en euros. En un pueblo donde todo el mundo se conocía por su nombre, parece agudizarse una desconfianza latente, cuentas pendientes y agravios antiguos esperando una excusa, para saltar.

En Villamanín, el Gordo de Navidad dejó un rio de euforia y al poco tiempo, un charco de sospechas. Hablamos de participaciones premiadas equivalentes a unos 35,6 millones de euros, traducido a la escala de lo cotidiano, 80.000 euros por participación. Para una población de unos 863 habitantes, según el ultimo censo, en una provincia con una renta per capita de alrededor de 31.000 euros, la cifra no sería solo un premio, sería una bocanada de aire para muchas familias, que pasarían de mirar la vida con prismáticos a verla de cerca.

Y entonces surgió la polémica, faltaban decimos, nada objetivamente trágico, pero emocionalmente devastador. Tras la crisis una propuesta de acuerdo que implicaría una merma de aproximadamente un 10%, es decir, se pasaría a unos 72.000 euros por participación. La idea, en términos fríos, es más que razonable, repartir para que todos cobren en lugar de que algunos, por disputas, trámites o errores, no cobren nada, aunque parece que la renuncia de los responsables de la fortuna para el pueblo y el error en su gestión, no sería suficiente.  Pero el ser humano es emocional, con lo que no siempre funciona en “términos fríos”. Lo humano funciona con orgullo, con miedo, con codicia o avaricia.

La codicia rara vez entra por la puerta avisando. No dice “hola, vengo a deshumanizarte”. Llega disfrazada de justicia. Se sienta a tu lado y te susurra, “Te lo mereces”. “es tuyo” “te lo has ganado”, “No cedas, si cedes, te roban”.  Y a partir de ahí, todo se vuelve personal, emocional y complejo. Nuestros peores instintos toman los mandos.

El primer salto es brutal, de nada a 80.000. Ese salto no es solo económico, es psicológico. Es una película que empieza como una mañana más y en la escena siguiente, viéndose el protagonista con 80.000 euros en el bolsillo, de repente aparecen proyectos, deudas que se van a evaporar, una casa que se arregla, un coche que se cambia, una tranquilidad que ya no se compra a plazos. Pero la tragedia llega cuando se le ha dado forma al futuro y de repente se tambalea, que no se desvanece, solo se tambalea. Pero parece dar igual, porque aparece un segundo salto, uno que nos envenena porque resta, un salto de 80.000 a 72.000. Y ahí se desencadena lo peor. Incapaces de pensar que el salto es de nada a 72.000, el cerebro obvia está información, y solo ve la segunda parte.

El cerebro no mide el mundo como una hoja de cálculo. Lo mide como una historia. Y la historia de 80.000 euros es la historia de “gané”. Cuando se plantea cobrar 72.000, aunque siga siendo una fortuna para muchas economías domésticas, ya no lo siente como “ganar”, lo siente como “perder”.

Eso tiene nombre, la aversión a la pérdida; perder duele más que la alegría de ganar. Y duele todavía más cuando lo perdido no lo has llegado a tocar, pero ya lo has gastado en tu cabeza. Aunque te han quitado algo que, técnicamente, nunca tuviste… emocionalmente ya era tuyo. Por eso el conflicto no se enciende con el cero. Se enciende con el “menos”. El “menos” es humillación, es sospecha, es agravio. El “menos” exige culpables, demanda reparación, aunque en el proceso podamos llegar a perder más.

Además, cuando esto pasa en un pueblo, como en cualquier comunidad cerrada, el tejido social es fuerte, pero delicado. Hay relaciones de años, sí, pero también dinámicas invisibles, quién sabe sin decir, quién se encarga, pero no decide, donde todo el mundo sabe de “quien eres”. Pero cuando el dinero entra por la puerta, esas posiciones se convierten en trincheras y la confianza sale por la ventana.

Y aquí surge la importancia de la pregunta, que pasa de ser “¿cómo lo resolvemos?” a ser “¿quién se beneficia?”. El dinero actúa como un reactivo químico, precipita lo que ya estaba disuelto. Si había recelos, los cristaliza. Si había envidias, las afila. Si había resentimientos, les da una bandera. Y lo peor es que todo el mundo cree tener razón, unos exhiben la defensa de la equidad, mientras que otros, blandirán el derecho. Unos ven convivencia, otros, chantaje, vamos que la moral se vuelve un arma arrojadiza.

Miremos los números sin anestesia; entre 80.000 y 72.000 hay 8.000 euros, impuestos a parte, que sería una cantidad similar, paradojas de la vida, el estado siempre gana. Desde luego la cantidad no es calderilla, pero el conflicto no nace por la cantidad, nace por lo que representa, la codicia no discute cifras, discute estatus. Cuando se propone un recorte del premio, por muy razonable que sea el argumento de “que cobren todos”, lo que algunos sienten es un ataque a su control. Es la lógica del náufrago: “si reparto mi tabla, me hundo”. Aunque la tabla sea grande, el miedo y no pocas veces la codicia, las hace pequeñas incluso a las tablas enormes. Permitidme un guiño a Titanic, donde muchos pensamos que Di Caprio cabía en la tabla J.

En cualquier caso Villamanin es un espejo incómodo. Nos revela algo que preferimos no mirar, que la miseria humana no siempre se ve en el bolsillo vacío, sino en el corazón lleno de sospecha. Que el dinero puede sacar lo peor de las personas, no porque sea demoníaco, sino porque amplifica lo que se tenga dentro. Amplifica la ansiedad, la comparación, el resentimiento o la sensación de injusticia.

Y aquí estaría la paradoja, el acuerdo pretende el bien común y evitar que alguien se quede sin nada. Pero para algunos, aceptar ese “menos” equivale a admitir que la comunidad pesa más que su derecho individual. Y esa renuncia tiene un precio más alto, el orgullo.

La pregunta importante entonces sería, no es cuánto se va a cobrar, sino qué tipo de personas queremos ser cuando la Diosa fortuna nos sonríe. Porque lo que en realidad se está midiendo es el carácter, no en la escasez, cuando uno tiene poco se justifica con facilidad el ofrecer poco, sino en la abundancia, y ahí es cuando uno decide si el milagro se convierte en vendetta o en oportunidad. El dinero puede ser gasolina, ya veremos si lo utilizan para quemar o para dotar de energía al motor de la comunidad.

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