Cada verano asistimos al mismo ritual. Arde un monte, las imágenes nos conmueven, llegan las declaraciones y las promesas y, casi de inmediato, alguien pronuncia las palabras mágicas, cambio climático. Como si invocar el cambio climático bastara para explicar cada catástrofe, y claro, eximir cualquier responsabilidad y lo peor, pareciera que solo nos quedara la resignación y aceptar que poco o nada puede hacerse. Como si los montes ardieran únicamente porque hace más calor y no importara en qué condiciones se encuentran, quién los cuida o cuánto combustible llevan acumulando durante años.
Pero mientras discutimos, el fuego avanza. Como en la fábula de Tomás de Iriarte, seguimos debatiendo si son galgos o podencos mientras el problema calcina nuestros bosques un verano más.
Conviene dejar algo claro, negar el cambio climático sería absurdo. Las temperaturas son más elevadas, las olas de calor más prolongadas, las sequías más intensas y la humedad ambiental más baja. Todo ello crea condiciones favorables para que un incendio se propague con mayor rapidez, alcance una intensidad extrema y resulte mucho más difícil de controlar.
Pero reconocerlo no significa convertirlo en la explicación única de todo. Mucho menos en un mantra que se repite después de cada tragedia para elevar el debate, cuando lo que habría que hacer es aportar soluciones reales y tangibles. Porque el cambio climático puede explicar que un incendio sea más virulento, pero no explica por sí solo por qué nuestros montes están cada vez más abandonados. No explica por qué desaparecen los cortafuegos, por qué se reducen los trabajos de limpieza, por qué se persiguen o al menos se dificultan determinados aprovechamientos forestales, por qué retrocede la ganadería extensiva o por qué miles de hectáreas acumulan durante años matorral, ramas y vegetación seca. Un incremento sustancial de biomasa que se transformará en combustible ante el mínimo descuido.
El clima crea las condiciones, pero el abandono proporciona el combustible. Y sobre ese abandono sí existen responsabilidades concretas. El cambio climático es un fenómeno global sobre el que España, más que nos pese, tiene una capacidad de influencia más que limitada. Debemos reducir emisiones, cumplir nuestros compromisos y contribuir al esfuerzo internacional, por supuesto. Pero también deberíamos ser honestos, ninguna medida adoptada exclusivamente dentro de nuestras fronteras modificará de manera sustancial, y mucho menos inmediata, la temperatura del planeta. Ergo, no cambiará el problema de los incendios este, ni el próximo o el siguiente verano.
Sin embargo, sí podemos actuar mañana mismo sobre el estado de nuestros bosques. Podemos limpiar los montes, mantener los cortafuegos, recuperar caminos forestales, gestionar la biomasa, favorecer el pastoreo, apoyar a quienes viven del campo y crear mosaicos de vegetación que dificulten la propagación del fuego. Eso sí que depende de nosotros.
Quienes crecimos recorriendo los bosques, conservamos imágenes que hoy parecen pertenecer a otro país. Caminábamos por montes atravesados por cortafuegos visibles y cuidados. Regresábamos a casa con una bolsa de piñas secas que servirían para encender la lumbre. Era habitual cruzarse con animales pastando mientras realizaban, sin saberlo, una de las labores de prevención más eficaces que existen, reducir la vegetación y limpiar el terreno. Y como no, desde aquí mi recuerdo a esos gabarreros, que recorrían y cuidaban el bosque. Aquello no era una sofisticada política medioambiental. Era una forma de vivir, de cuidar y de aprovechar el territorio.
Hoy muchos de esos paisajes han desaparecido. El mundo rural se vacía, porque ir a pasear los domingos con la tartera, no equivale a una presencia real y constante. Se dificultan y por tanto se abandonan las explotaciones agrícolas y ganaderas, desaparecen los aprovechamientos tradicionales y el monte se convierte progresivamente en un espacio sin mantenimiento y sin vigilancia. Donde antes había vida, hoy se acumula combustible.
No es mi intención idealizar el pasado, pero si aprender de él. Se trata de comprender que el bosque no se protege abandonándolo. Un monte no se conserva simplemente prohibiendo y con regulaciones, especialmente cuando ese monte se encuentra rodeado de pueblos, infraestructuras y viviendas.
La ausencia de gestión también es una forma de gestión. Por eso resulta frustrante escuchar, después de cada gran incendio, la misma explicación automática. Se habla de temperaturas históricas, de sequías excepcionales y de fenómenos extremos. Que si, que todo ello es cierto. Pero se omite hablar de prevención, de presupuestos, de trabajos forestales durante el invierno, de abandono rural, de burocracia o de las decisiones políticas que han convertido nuestros montes en enormes depósitos de combustible.
No podemos utilizar una verdad global para ocultar una responsabilidad local. No se trata de elegir entre cambio climático y gestión forestal. Ambos factores existen y se potencian mutuamente. Pero precisamente porque no podemos controlar de forma inmediata la evolución del clima, deberíamos concentrar muchos más esfuerzos en aquello sobre lo que sí podemos actuar.
Si sabemos que los veranos serán más calurosos, la respuesta racional no puede ser resignarnos. Debe ser preparar mejor el territorio. Si sabemos que habrá sequías más prolongadas, tendremos que reducir la cantidad de combustible. Si sabemos que los incendios serán más intensos, habrá que evitar que encuentren miles de hectáreas continuas de vegetación seca por las que avanzar sin obstáculos. El cambio climático debería ser una llamada a la acción, no una coartada para la inacción.
Quizá haya llegado el momento de dejar de obsesionarnos únicamente con apagar incendios y empezar a tratar de impedir que se conviertan en megaincendios. Eso exige una política forestal seria, sostenida durante todo el año y alejada del calendario electoral. Exige recuperar la ganadería extensiva, aprovechar la biomasa, apoyar a los propietarios forestales, facilitar la actividad económica rural y escuchar a quienes conocen el territorio porque viven en él.
Y no por nostalgia, sino por pura eficacia y eficiencia. Un territorio habitado se vigila, se trabaja y se protege. Un territorio abandonado termina convirtiéndose en combustible.
No sé ustedes, pero yo estoy cansado de que cada tragedia se transforme en un combate ideológico. Que todo se transforme en una narrativa etérea, en lugar de soluciones tangibles. Pareciera que los responsables están mas preocupados del canutazo del telenoticias, que de la búsqueda de soluciones. Cansado de que se utilicen mantras globales que permiten señalar una causa inmensa y lejana, mientras nadie responde por aquello que podía haberse hecho aquí y ahora.
Negar el cambio climático sería irresponsable. Pero utilizarlo para justificar la falta de prevención también lo es. Porque echar toda la culpa al clima equivale a resignarse. A aceptar que cada verano ardan nuestros bosques como si se tratara de una fatalidad inevitable. A asumir que nada puede hacerse salvo contemplar las llamas, lamentar las pérdidas y esperar al siguiente incendio.
Y no se ustedes, pero yo no me quiero resignar a ver cómo se calcinan nuestros bosques, y mientras eso ocurre continuamos observando, que quienes pueden hacer, se enmarañan en si son galgos o podencos.


