Son muchos los lugares que no se entienden sin su paisaje, de lo que no somos plenamente conscientes… hasta que ese entorno se ve amenazado o directamente calcinado.
Como ejemplo de muchos, pensemos en El Espinar, pero no solo como un punto en el mapa de carreteras, sino como un conjunto de pinares, sierras, valles y arroyos. Una forma de vida construida alrededor de una idea que parecía incuestionable, que la naturaleza siempre estaría de nuestro lado. El agua corría, el monte resistía, la sierra protegía, y la gente cómodamente asentada en su convicción. Quizá por eso el golpe es doble cuando algo se rompe, no solo se pierde un recurso, se resquebraja una convicción.

Durante décadas, hablar de agua en El Espinar era hablar de abundancia. En una España acostumbrada históricamente a mirar al cielo esperando la lluvia, esta tierra parece encontrarse en una situación privilegiada. Fuentes, arroyos, acuíferos y una sierra capaz de recoger y almacenar agua, hicieron que generaciones crecieran sin cuestionarse que el abastecimiento pudiera convertirse algún día en un problema.
Pero tener un recurso no significa poder disponer de él, para eso están los “burócratas”, entre los cuales el verbo planificar no parece estar en su acervo, aquellos que siempre están prestos a cortar una cinta, pero se muestran tremendamente esquivos a la hora de resolver un problema, no sea que de soslayo se les pueda achacar algún tipo de responsabilidad.
Esta diferencia merece una reflexión, y nos lleva a los problemas recientes con el abastecimiento del agua en está zona, la clausura de infraestructuras y las dificultades administrativas para encontrar soluciones, han demostrado algo que probablemente deberíamos haber aprendido antes, la abundancia natural no sustituye a la planificación. Se puede tener agua y, sin embargo, no tener garantizada el agua. Parece una contradicción, pero no lo es. Una sociedad moderna depende no solo de los recursos que posee, sino de su capacidad para conservarlos, almacenarlos, distribuirlos y gestionarlos cuando algo falla. Y ahí es donde debemos preguntarnos si se ha hecho todo lo necesario.
No se trata de señalar apresuradamente a una administración concreta. Las competencias sobre el agua, las infraestructuras y los territorios están repartidas entre los diferentes niveles de la administración. Y ya sabemos, “cuando todos son responsables, nadie es responsable”, aunque aquí la Confederación Hidrográfica del Duero tendría un protagonismo singular.
Los ciudadanos pueden comprender que las soluciones sean complejas, pero resulta mucho más difícil explicar que la complejidad sea en realidad, ¿quién debe asumir la responsabilidad de resolverlo?, y que eso termine convirtiéndose en una parálisis de muchos meses. Y así, se evitaría que en pleno incendio forestal, hubiera un problema de suministro de agua.
No debería hacer falta que el orden establecido se pusiera en riesgo, para entender lo que está en juego. El fuego, el agua, el monte… no avisan con relatos exculpatorios o responsabilidades de terceros, ni tan poco se solucionan con recomendaciones literarias, de viajes o musicales. Simplemente se muestran y en cuestión de horas, aquello que dábamos por garantizado, se tambalea. Y cuando eso ocurre, ya no estamos hablando de gestión ni de planificación, ahora estamos hablando de contingencias, crisis, pérdidas, riesgos y también de costes, muy probablemente más elevados, que lo que hubiera costado una adecuada prevención. Aquí también aplica eso de más vale prevenir que curar. Una lección de apariencia sencilla, pero que parece difícil de aprender.
Los acontecimientos de estos días pasarán. Los incendios se extinguirán, las carreteras volverán a abrirse, la rutina recuperará su inercia. Y con el tiempo quedarán las imágenes, los recuerdos y esa peligrosa sensación de que todo ha vuelto a la vieja normalidad.
Pero la verdadera pregunta no es qué ha pasado. La verdadera pregunta es si hemos aprendido sobre lo que no debería volver a pasar. Y a lo mejor no tenemos que esperar al verano que viene y los nuevos incendios, quizás deberíamos empezar a pensar en las “danas” del otoño, antes de que se desborden los barrancos.
Podemos seguir confiando en que el agua siempre encontrará su camino, en que el monte siempre resistirá, en que la sierra nos protegerá. O podemos aceptar algo más incómodo, que nada de eso está garantizado, que todo depende de decisiones, de cuidados y de responsabilidades que no pueden aplazarse indefinidamente.
El Espinar como tantos otros lugares, olvidados hasta que son tristemente noticia, no necesita solo planes de emergencia tras la catástrofe. Necesita una atención constante, inversiones que no siempre se ven, prevención que no siempre se celebra y de una conciencia colectiva que sepa cuidar lo de todos.
Porque lo que hoy parece seguro puede dejar de serlo sin previo aviso. Y cuando eso ocurre, ya no sirve preguntarse qué ha fallado. Solo queda preguntarse qué no hicimos a tiempo. Cuidar nuestro campo, no es un gesto romántico hacia el pasado, es una obligación práctica hacia el futuro


