El mensaje de Mohamed VI al abrirse el nuevo curso parlamentario contenía algo más profundo, la constatación de que el modelo de cooperación construido entre Marruecos y España en los últimos años ha llegado a un punto de desgaste y necesita ser revisado.
La inmigración ocupa un lugar central en esa revisión, pero no es el único asunto. El mensaje de fondo parece ser otro. Marruecos ya no quiere que su relación con España se mida principalmente por su capacidad para contener los flujos migratorios hacia Europa.
El rey reconoció los avances alcanzados y calificó de importantes los resultados de la cooperación bilateral, incluida la lucha contra la inmigración irregular. Pero introduce una advertencia, el modelo actual «ha quedado superado». Las crisis recurrentes, viene el monarca a decir, demuestran que no se puede seguir respondiendo a desafíos nuevos con instrumentos concebidos para otra realidad.
La frase es significativa porque no habla de fracaso, sino de agotamiento.
Marruecos no cuestiona la asociación con Madrid. Cuestiona sus mecanismos. Y, sobre todo, cuestiona una relación en la que la gestión de la inmigración corre el riesgo de convertirse en el centro de gravedad de todo lo demás.
Ceuta, el síntoma de un problema mayor
La crisis de Ceuta de finales de julio volvió a poner al descubierto las grietas de ese modelo. Durante unos días, la ciudad quedó convertida en el escenario de una crisis humanitaria, migratoria, jurídica y política cuyas consecuencias todavía persisten.
El problema de los menores marroquíes es quizá el ejemplo más evidente. Marruecos afirma estar dispuesto a recibir a sus ciudadanos, mientras que las autoridades españolas encuentran obstáculos derivados de la legislación sobre protección de menores y asilo.
De ahí la referencia del monarca a determinadas «disposiciones legales superadas» y a decisiones judiciales alejadas de la realidad.
Más allá de la discusión jurídica, existe una cuestión política de fondo,hasta qué punto pueden funcionar los acuerdos entre dos Estados cuando sus mecanismos de aplicación chocan con una realidad jurídica y judicial que ha cambiado.
Ceuta ha dejado así de ser únicamente una crisis migratoria. Se ha convertido en una prueba de los límites de la cooperación bilateral.
La inmigración no puede convertirse en moneda electoral
El mensaje real contiene también una advertencia dirigida, aunque sin nombrarlos, a determinados sectores de la política y de los medios españoles. La referencia a las «declaraciones irresponsables» y al «uso manifiesto» de la cuestión migratoria adquiere especial relevancia en vísperas de las elecciones generales del 29 de noviembre.
Ceuta, Melilla e inmigración forman parte de una batalla política española cada vez más intensa. Y el riesgo para Marruecos es evidente, que una cooperación que considera estratégica termine convertida en munición electoral.
Por eso adquiere especial importancia otra de las afirmaciones del rey, la cooperación es una «elección soberana y un compromiso voluntario» y nunca estará sometida a «presión, amenaza o chantaje».
Es una línea roja, pero también una declaración de principios.
Rabat parece dispuesto a seguir cooperando, pero no acepta que esa cooperación se dé por descontada ni que pueda ser utilizada como instrumento de presión en momentos de crisis.
Del control de fronteras al desarrollo compartido
Quizá la parte más importante del mensaje esté en lo que propone después de la crítica.
Mohamed VI habla de una «visión estratégica clara y práctica» basada en el desarrollo compartido, la competitividad económica y la estabilidad regional.
La expresión cambia el eje de la relación.
Durante demasiado tiempo, la conversación entre Madrid y Rabat ha quedado atrapada en una frontera, quién controla los flujos migratorios, quién devuelve a los menores, quién asume el coste político de una crisis.
Pero la relación entre ambos países es hoy mucho más grande que esa frontera.
Comercio, inversiones, energía, seguridad, lucha contra el terrorismo, infraestructuras, cultura y el Mundial de 2030 forman parte de una agenda que difícilmente puede quedar subordinada a cada nuevo episodio migratorio.
Las empresas españolas y marroquíes han tejido, además, una red de intereses que sobrevive incluso a las turbulencias políticas. La interdependencia económica es demasiado profunda para que la relación pueda funcionar a golpe de crisis fronteriza.
El mensaje de Mohamed VI parece invitar, por tanto, a cambiar la pregunta, no se trata solamente de cómo gestionar la inmigración, sino de qué relación quieren construir Marruecos y España para las próximas décadas.
La delicada cuestión de Ceuta y Melilla
El discurso llegó pocos días antes de la visita de Felipe VI y la reina Letizia a Ceuta y Melilla, un viaje cargado inevitablemente de simbolismo después de la crisis de julio.
En Marruecos, la visita se observa desde la cuestión de la soberanía. En España se interpreta como una reafirmación de la presencia del Estado en ambas ciudades.
Sin embargo, Rabat ha evitado convertir el viaje en una nueva crisis diplomática. Esa prudencia resulta significativa. Incluso ante asuntos especialmente sensibles, Marruecos parece apostar por preservar el marco general de la relación.
Aquí aparece una pregunta que puede resultar más importante de lo que parece, ¿ha llegado el momento de recuperar el diálogo directo entre Mohamed VI y Felipe VI?
La prensa española informó durante la crisis de Ceuta de que se llegó a estudiar la posibilidad de una conversación telefónica entre ambos monarcas, aunque finalmente no se produjo. La cautela de la Casa Real española reflejaba el temor a las interpretaciones políticas que pudiera suscitar dentro de España.
La diferencia con la época de Hassan II y Juan Carlos I es evidente. Aquella relación personal permitió disponer de un canal discreto y de gran utilidad en momentos de tensión. Hoy ese canal parece mucho más distante.
Y, precisamente por eso, podría ser necesario recuperarlo.
Tres caminos para una relación que necesita reinventarse
Después de la crisis de Ceuta se abren, al menos, tres posibilidades.
La primera es contener la crisis y reactivar la asociación. Resolver el expediente de los menores, recuperar plenamente la coordinación migratoria y de seguridad y avanzar después hacia la nueva visión estratégica anunciada por el rey.
La segunda es una asociación fría pero estable, cooperar allí donde existen intereses comunes y administrar las diferencias sin pretender resolverlas todas. Ceuta y Melilla, las cuestiones de soberanía y determinadas posiciones políticas españolas seguirían siendo focos permanentes de tensión.
La tercera, y quizá la más ambiciosa, consiste en renegociar las reglas de la relación. Pasar de una asociación centrada en la frontera a una verdadera alianza económica y estratégica.
Es probablemente esta última posibilidad la que mejor encaja con el espíritu del discurso.
El mensaje de Mohamed VI no parece anunciar una crisis con España, sino algo más sutil, el final de una determinada manera de gestionar la relación.
Marruecos no quiere cerrar la puerta a Madrid. Considera, más bien, que la puerta abierta en los últimos años se ha quedado pequeña para una relación que ha crecido mucho más allá de la inmigración.
Y, la nueva etapa, si llega, no debería consistir simplemente en gestionar mejor la próxima crisis. Debería consistir en construir una relación que no necesite esperar a la próxima crisis para recordar cuánto tienen en común Marruecos y España.


