Una respuesta necesaria a los «patriotas de partido»
Por Juan de Justo Rodríguez
I. La Metamorfosis de la Exclusión: El Rango sobre la Esencia
El reciente análisis periodístico sobre las corrientes internas del PSOE describe una fragmentación que, a mi juicio, yerra en el diagnóstico. Especialmente preocupante es la interpretación que el sector autodenominado «joven» hace de las intenciones de los veteranos, calificando nuestra movilización de «movimiento raro» o falta de «patriotismo de partido». Nada más lejos de la realidad. Lo que hoy se etiqueta como disidencia extraña es, sencillamente, el ejercicio de una responsabilidad histórica que los foros internos, lamentablemente, han dejado de amparar.
La falacia del patriotismo de obediencia
El primer error de interpretación de estos jóvenes compañeros es confundir el patriotismo de partido con el silencio ante la deriva autoritaria. Nuestra intención no es la agitación gratuita ni la involución; nuestra meta es la recuperación de la democracia interna. Si hoy alzamos la voz fuera de las sedes es porque dentro se nos ha vetado el paso. Los cauces que deberían recoger la pluralidad del pensamiento socialista han sido sustituidos por una estructura de «amén» constante que raya en el cesarismo. Alzar la voz cuando se ven en riesgo los valores representados durante más de cien años no es una traición; es la mayor prueba de lealtad que un militante puede ofrecer.
Resulta paradójico que se nos acuse de movimientos «raros» mientras se acepta con naturalidad la propuesta de gobernar de espaldas a las Cortes o se ignora el espíritu de la Transición, hoy denigrado desde dentro de nuestras propias filas. ¿Es acaso «patriótico» permitir que el partido se convierta en un eco del Ejecutivo? Ya lo advirtió aquel ministro de la era Zapatero: «hay que hacerse con el Gobierno para copar el Partido». Lo consiguieron. Nos han desplazado, instaurando un régimen donde la crítica al «líder supremo» se castiga con el ostracismo y el desprecio, tratándonos como enemigos por el simple hecho de recordar quiénes somos y de dónde venimos.
I. La lealtad como compromiso ético y la asfixia democrática
Para quienes llevamos décadas militando, la lealtad es un compromiso con el ideal, no con la estructura de mando. El «patriotismo de partido» que los jóvenes invocan parece reducirse a la protección del poder ejecutivo a toda costa. El nuestro, sin embargo, es un patriotismo que mira a las raíces. Ser leal al PSOE no es ser leal a la persona que ocupa la Secretaría General; es ser leal a un legado y a una ética que trasciende las ambiciones personales.

La lealtad que practicamos es la lealtad crítica. Cuando observamos que la dirección del partido se aleja de la división de poderes o mercadea con la igualdad de los ciudadanos ante la ley por necesidades de investidura, nuestro deber es denunciarlo. El silencio sería una dejación de funciones moral. Los jóvenes deben comprender que el verdadero enemigo no es el veterano que señala el error, sino el adulador que conduce a la organización hacia la irrelevancia ética.
Denunciamos la falta de democracia interna porque el actual modelo nos conduce inexorablemente al cesarismo. Cuando la dirección controla cada resorte para impedir la crítica, el partido deja de ser un organismo vivo. No somos nosotros quienes hemos abandonado los cauces; son los cauces los que han sido cegados por una dirección que confunde discrepancia con traición. Si no se nos permite hablar en las Casas del Pueblo, lo haremos en la plaza pública, porque nuestro deber es con la ciudadanía y con la verdad socialdemócrata.
II. El espejismo de los «movimientos raros» y la deriva autoritaria
El artículo menciona que los jóvenes se alejan de los veteranos para no participar en «movimientos raros». Es fundamental preguntar: ¿Qué hay de «raro» en pedir que se respete la separación de poderes? Lo verdaderamente extraño es la aceptación de una política que pretende gobernar de espaldas al Parlamento. Lo que resulta ajeno a nuestra tradición es el culto a la personalidad que ha sustituido al programa político.
Los veteranos no pretendemos una involución, sino una recuperación de la dignidad del militante. Hoy, el militante ha pasado de ser el motor del partido a ser un mero figurante destinado a jalear. Esta forma de gobernar tiene trazas de autoritarismo que rayan en lo dictatorial. ¿Es admisible para los compañeros que hablan de movimientos raros la propuesta de ignorar a las Cortes? Un socialista que desprecie el Parlamento desprecia la democracia misma. Nuestra advertencia es clara: un partido que se acostumbra a la arbitrariedad de su líder termina por perder su alma.
III. El relevo generacional y la defensa de la Transición
Queremos que sean precisamente los jóvenes quienes impulsen el relevo, pero no un relevo basado en la herencia de cargos bajo la premisa de la obediencia ciega. Nos duele ver a una generación educada en un pragmatismo cínico donde lo importante es «aguantar» en el poder, incluso destruyendo la credibilidad de nuestras siglas. Reivindicamos el derecho a discrepar sin miedo; hoy, el joven que cuestiona la línea oficial es fulminado.
Asimismo, defendemos el espíritu de la Transición como un método de convivencia basado en el pacto y el respeto institucional. Al denigrar este legado, la dirección no avanza, sino que demuele los cimientos de la estabilidad democrática que el socialismo ayudó a construir. La política de «muros» es lo más antagónico que existe al ideal socialdemócrata, que por definición es puente y diálogo.
IV. El asalto al Partido y la pérdida de esencia
No olvidamos la premonición cumplida: «hay que hacerse con el Gobierno para copar el Partido». Esa estrategia, diseñada por independientes que nunca sintieron el calor de la agrupación, ha sido el cáncer que debilita nuestra estructura. Se ha desplazado a los cuadros formados y a la memoria histórica para sustituirlos por una guardia pretoriana. El resultado es un partido que pierde credibilidad y presencia territorial.
¿Es patriotismo dejar que la organización se desangre éticamente con tal de mantener el control del aparato? No constituimos ningún movimiento raro; constituimos un conjunto de militantes que pretende recuperar, desde la lealtad absoluta, la esencia socialdemócrata. Nuestra voz es la de quienes se niegan a decir «amén» mientras se pierden no solo elecciones, sino la identidad misma.
En conclusión, nuestra iniciativa nace del respeto y la lealtad que hoy parecen escasear en las altas esferas. Si la dirección teme nuestra palabra, es porque nuestra voz resuena con la verdad de quienes no tienen nada que ganar más allá de la supervivencia de un PSOE democrático, plural y libre de cesarismos. No pedimos permiso para ser socialistas; ejercemos nuestro derecho y nuestro deber de salvar al partido de su propia deriva.
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