Juan Manuel Beltrán
Con un estilo incisivo, rápido y extraordinariamente comprensible, Juan Manuel Beltrán nos invita a reflexionar sobre la compleja realidad que nos rodea. Su agudeza en el análisis y su notable capacidad para anticiparse a los acontecimientos nos guían a través de un mundo en constante cambio, desvelando verdades incómodas con una claridad que desarma. Sus artículos son un faro para quienes buscan entender las corrientes subterráneas que dan forma al futuro, una lectura imprescindible para mentes que se atreven a cuestionar lo establecido.
El primero: La exactitud de los relojes parados
En este artículo, Juan Manuel Beltrán nos confronta con la inquietante paradoja de un mundo que avanza a velocidad de vértigo mientras sus líderes políticos se aferran a relojes detenidos. Es un golpe de realidad que nos obliga a cuestionar la obsolescencia de los discursos políticos frente a un futuro que ya ha llegado. La lucidez de su análisis es un claro recordatorio de que, mientras la élite sigue discutiendo sobre el pasado, la inteligencia artificial y la tecnología ya están redefiniendo nuestro presente y futuro.
El segundo: La utopía se vuelve egoísta
Con una maestría envidiable, Beltrán disecciona la peligrosa deriva de las utopías modernas. Nos muestra cómo el sueño colectivo ha sido reemplazado por la glorificación del individualismo, donde la riqueza personal se impone sobre el bien común. Este texto es una obra maestra de la crítica social, un espejo que nos muestra la inquietante imagen de un mundo donde la solidaridad se ha convertido en un concepto obsoleto y el «yo» ha suplantado al «nosotros».
Y el tercero: Priorizar el lujo, abandonar lo básico
Beltrán nos lleva a un viaje a través de la pirámide de Maslow para denunciar una de las contradicciones más flagrantes de nuestra era: la de una sociedad que valora lo superfluo por encima de lo esencial. Con una prosa que aúna elegancia y contundencia, nos señala cómo el ocio y el entretenimiento, como el deporte, se convierten en prioridades mientras ignoramos las tragedias de quienes luchan por su supervivencia. Es un brillante alegato moral que nos sacude la conciencia y nos obliga a examinar los valores de nuestra propia existencia.
La exactitud de los relojes parados
Se dice, y se dice bien, que hasta un reloj parado acierta la hora dos veces al día. Eso, que era válido cuando los relojes no eran digitales, deja de ser cierto con la llegada de era digital, que invalidó el principio y nos obliga a estar en marcha si es que queremos acertar. Los relojes y las mentes paradas ya no aciertan nunca, se han ido, su información desaparece y, sin embargo, hay quien quiere convencernos de que su reloj sigue en marcha cuando se paró hace años o décadas.
Viene esto a cuento porque me da la sensación de que, desde la mayoría de los entornos y partidos políticos, quieren convencernos de que la información que nos dan, la inexistente hora de un reloj parado, es válida, actual, ajustada y precisa cuando hace tiempo que no se enteran de nada. Lo conservador se ha convertido en un proceso de destrucción descontrolada y lo progresista se aferra a lo retrógrado mientras lo disfraza de avance. En esta era todo acaba confundido; se han apagado las pantallas de la inteligencia y las masas reciben mensajes confusos, muchas veces falsos y la mayoría de un simplismo que ofende a la compleja realidad del mundo que se transforma mientras nosotros discutimos si son galgos o podencos.
Me encantaría conocer la estructura, composición y relevancia que han dado los partidos a los grupos de trabajo, a sus expertos y comités de planificación (Primero: ¿existen esos expertos y comités internos?) a la hora de estructurar sus mensajes y ofrecer un constructo medianamente adecuado para afrontar la llegada de esas jaurías de galgos Y podencos (sí, vienen a por nosotros perros de todas las razas) con la necesaria garantía de éxito. Soy aficionado a seguir las noticias sobre aplicaciones tecnológicas; sobre los efectos que los nuevos desarrollos y aplicaciones van a tener en la estructura social que conocemos y las previsibles amenazas y avances reales que conllevan. Lo siento, pero todo lo que me llega suena a viejo, pasado, caduco y absolutamente inutil ante lo que YA está pasando.
No estamos hablando de algo que va a tardar décadas en llegar, estamos hablando de cosas que están funcionando ya con toda eficacia y normalidad. Como a todos, me llegan videos fiables de médicos que operan en los hospitales chinos dando cursos sobre técnicas quirúrgicas; noticias de taxis autónomos en USA, de puertos que cargan y descargan millones de contenedores sin intervención humana, de armas de guerra de todo tipo basadas en dos cosas: la mala leche y la inteligencia artificial, pero…desde la política me llegan mensajes que se podrían escuchar en 1950.
Parece que no se han enterado de que hay millones de puestos de trabajo que van a desaparecer y que hay que tener listo un plan de actuación para cuando los trabajadores se vayan al paro con un % de reenganche cada vez más bajo. No se han enterado de que todos los conceptos de productividad, gestión y eficacia han volado por los aires y que hay que adaptarse a esos cambios según una hoja de ruta de la que carecemos. Tenemos el dinero -si se gestiona bien- pero no tenemos ni la más remota idea de lo que el futuro nos está exigiendo desde ahora mismo. Lo bueno (o lo malo, según se mire) es que hay quien sí lo sabe y lleva tiempo metiendo mucho dinero planificando su futuro y desarrollando su planificación sin miedo, sin trabas y sin complejos, de manera que lo que nos va a llegar es un futuro impuesto tras un largo periodo de crisis que se lo pondrá muy fácil, seguro.
La utopía se vuelve egoísta
Hubo un tiempo, generoso y entregado al sueño colectivo de un mundo más justo y una humanidad solidaria, en el que las distintas utopías soñadas por la raza eran, como esos tiempos, generosas y entregadas al bien común; a lo universal, a lo colectivo. Las utopías que hoy aspiran al poder se entregan al sueño del poder y el potencial del individuo de forma aislada, casi autista: te entrego lo que es mejor para TÍ, tómalo sin pensar en el hermano o en el vecino, él ya se preocupará de sí mismo. Ese el el proyecto útopico del hombre asocial, del individuo que no se siente parte de ningún colectivo que no sea el económicamente activo y rentable para sí mismo.
Esta utopía libera al individuo de obligaciones que él mismo no acepte como pago inherente a su propio beneficio. En esta utopía no hay obligaciones para con el colectivo, los impuestos son un robo que no alcanzan el fin para el que fueron concebidos y legislados: hay que liberarse de cualquier pago injusto que limite mi ganancia. No hay grandeza, no hay gloria ni sueños compartidos: el sueño es MI sueño, aunque no me opongo a que otros actúen de la misma manera que yo quiero actuar.
Me pregunto, aceptados los principios básicos de esa utopía, cómo se conformaría una sociedad regida por esos principios que ensalzan el ingreso y la riqueza particular sin ningún tipo de reversión hacia el entorno que la hace posible. Aceptando hasta el límite esos planteamientos, todo ser humano sería responsable de acrecentar o perder su fortuna y el resultado final sólo dependería de su propia habilidad; la sociedad no es responsable de la suerte de nadie y nadie debe soportar el coste de la incompetencia de nadie: si yo me hago rico, mi actividad crea más actividad económica que es, también, riqueza que otros pueden aprovechar.
Lo que hoy es público se convertiría en necesidad particular que, si se quiere satisfacer, hay que pagar como cualquier otro producto, desde la sanidad hasta la educación, la seguridad o los bomberos. ¿Quieres que en tu barrio no se robe, mate o viole? Back Water te cubre las espaldas. ¿No quieres que el fuego devore tu casa? Marco Licinio Craso ya sabía lo rentable que es el servicio de bomberos en una gran ciudad y sólo, como entonces, solo tienes que pagar por sus servicios de bomberos. En el último incendio de Los Ángeles ya lo vimos, no es nuevo. Hay determinadas actividades que no consigo ver como fuente de ingresos, como la administración de justicia, pero para buscar soluciones está la inacabable ambición de dinero de los creativos hombres de negocios: se encontrará solución para todo.
Una vez que nadie sueña ya a la tierra como patria de la humanidad, esta es la utopía que va tomando forma y que se impone, paso a paso, el gran paso para la liberación del hombre, hoy preso del estado que ha suplantado al capital como gran opresor y condicionante de la libertad del hombre. Creo que queda claro que la moderna utopía ha abandonado lo colectivo en favor de lo individual y egoísta. Un giro curioso que, espero, no acabe de consagrarse nunca, la verdad.
[7:58, 10/9/2025] ÁLVARO FRUTOS: Priorizar el lujo, abandonar lo básico 10 09 2025
En la pirámide de Maslow se estratifican diferentes niveles de necesidades básicas del ser humano desde lo fundamental hasta lo que podemos denominar como superfluo. (https://docentesaldia.com/2022/03/13/la-piramide-de-maslow-jerarquia-de-las-necesidades-humanas/#google_vignette) Acostumbrados a la abundancia de las sociedades occidentales, muchas veces nos olvidamos de que una enorme y mayoritaria parte de la población mundial pelean por sus vidas en el nivel más bajo de la pura subsistencia, esa que habla de tener comida, beber o respirar, en resumen, satisfacer las necesidades fisiológicas que nos permiten seguir vivos.
El siguiente nivel nos revela la necesidad de seguridad, otra necesidad básica amenazada por muchas cosas, especialmente por la guerra, la discriminación o la persecución, cosas que, obviamente, abundan en este mundo sin que le hagamos demasiado caso. En el nivel superior habitan actividades relacionadas con la autosatisfacción personal, una entelequia que miles de millones de seres humanos ni se pueden plantear. Dicho esto y ofrecido el link para su consulta, cabe preguntarse por lo que occidente prioriza dentro de sus sociedades a costa de las carencias de todos aquellos que siguen habitando el sótano de esa pirámide lejos de la luz de su elevada cúspide.
Centrando el tiro en una de las actividades que rellenan el nivel superior nos encontramos con el deporte, verdadero lujo social que resulta impensable para todos aquellos cuya principal motivación es la supervivencia. ¿Cabe el deporte en una sociedad orientada a supervivencia o es un lujo desmedido que goza de una valoración exacerbada por nuestra parte? No me cabe ninguna duda de que es una de esas actividades generadoras de negocio y satisfacción que podríamos sacrificar en aras de un poco más de solidaridad, justicia o elevación moral de las sociedades más favorecidas. Estos días vivimos la polémica sobre la participación de un equipo ciclista, Israel, en la Vuelta Ciclista como soporte de un mensaje claramente sionista y supremacista que pretende la var la imagen de un estado que, en estos meses, es ejemplo de lo que no deberíamos consentir.
La Vuelta es divertida, es un buen negocio para sus organizadores y como soporte de cómodas siestas está muy bien, pero su paralización en favor de una causa justa y moralmente elevada resultaría ejemplar, intrascendente y aportaría un enorme refuerzo a la causa de la justicia internacional, pero…prevalece el lujo de lo intrascendente sobre la satisfacción y apoyo a la consecución de lo más básico: el negocio es el negocio y no queremos prescindir del lujo innecesario, así de sencillo.
Hay que aceptar que no somos capaces del más mínimo sacrificio, de renunciar a nada en favor de una causa justa, de muchas causas justas, que contemplamos desde la distancia y la comodidad de nuestras vidas. ¿Tanto cuesta separar a Israel de todo aquello que es superfluo e intrascendente? Parece ser que sí, que el deporte, la música y otras actividades que se colocan en el nivel superior de la pirámide, son más importantes que la vida de los que habitan los sótanos, así de sencillo. Acostumbraros a vivir con eso cuando veáis cómo se desvanecen las vidas y los edificios de Gaza o como se masacran minorías en cualquier lugar del mundo. Cituis, altius, fortior por encima de todo

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