Ayuso, la Vuelta y el Genocidio Ignorado
EDITORIAL LA DISCREPANCIA
La imagen es surrealista: unos activistas tumbados en el asfalto, bajo el sol español, interrumpiendo el paso de un pelotón de ciclistas. Unos kilómetros más allá, la presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso, aprovecha el incidente para lanzar otro de sus dardos envenenados en la guerra cultural que ella misma alimenta y es la principal protagonista. Mientras tanto, a más de tres mil kilómetros de distancia, en Gaza, la maquinaria de muerte israelí sigue triturando vidas, hogares y futuros ante la mirada impasible de todo el mundo. La desconexión entre ambos planos no es solo geográfica; es moral, humana y política. Y en ese abismo, la figura de Ayuso se erige como el símbolo perfecto de un cinismo tan profundo de alguien que no sabe que en política también cabe ruborizarse.
Ayuso, lejos de mostrar la más mínima conmoción por el genocidio que la ONU, organizaciones humanitarias y tribunales internacionales están documentando, decidió que el verdadero problema era la protesta. No lo que se protesta, sino el hecho de protestar. Con la frivolidad que la caracteriza, tachó a los activistas de “violentillos” y “extremistas”, encuadrando su acto de desesperación civil dentro de su narrativa maniquea de “la España de la libertad contra el comunismo comeniños”. Para ella el ciclismo es solo una excusa. Pero no para el odio de los activistas, sino para el suyo propio: el odio a todo lo que desafíe su relato simplista, su monopolio de la virtud y un proyecto de poder que está desdibujando lo que debería ser la derecha española.
¿Qué clase de gobernante es capaz de utilizar un genocidio —sí, hay que llamarlo por su nombre— como carnaza para enardecer a su base? ¿Qué queda de la ética, de la compasión, de la más elemental decencia humana en quien observa las imágenes de niños despedazados bajo las bombas y su única reacción es indignarse porque unos manifestantes retrasaron una carrera deportiva? La respuesta es clara: un gobernante descalificado. Un líder que permanece impasible ante el sufrimiento humano extremo, que lo minimiza o lo instrumentaliza, pierde toda legitimidad para gestionar incluso las cuestiones más insignificantes. Porque gobernar no es solo administrar recursos; es, ante todo, custodiar la dignidad de la vida. Quien es ciego a ella en un lugar, lo será en todos.
Surge, inevitable, la duda sobre la eficacia de los métodos de protesta. Cortar una carretera, interrumpir un evento deportivo… ¿Sirve de algo? ¿O solo alimenta el relato de quienes, como Ayuso, ansían pintar a la disidencia como una horda de salvajes? La pregunta crucial es otra: ¿qué le queda a una sociedad civil impotente cuando los cauces institucionales están bloqueados por el veto cobarde de unos y la complicidad interesada de otros? ¿Cómo se llama la atención de una clase política empeñada en debates vacíos, en eslóganes pegadizos y en guerras culturales vomitivas mientras se patrocina, se arma y se justifica un horror real?
Los políticos, Ayuso a la cabeza, prefieren manipular conciencias en lugar de actuar para parar la barbarie. Juegan con “relatos de mierda dirigidos a tontos”, pensamos nosotros. Relatos que reducen la complejidad del mundo a un choque de buenos y malos, donde la solidaridad con personas masacradas se tacha de antisemitismo y la crítica a un gobierno que esta asesinando se confunde con el odio a un pueblo. Este es el gran éxito del marketing del horror: convertir la empatía en un delito ideológico.
Ante esta farsa, es obligado volver, nuevamente, la vista atrás. La sociedad alemana de entreguerras, y la mundial, permanecieron en su mayoría mudas ante la persecución sistemática y luego el genocidio del pueblo judío. Miraron para otro lado, argumentaron que era un problema lejano, que no debían entrometerse en los asuntos de otro país, que los rumores eran exagerados o que, sencillamente, no era su problema. El filósofo Edmund Burke ya lo advirtió: “Para que el mal triunfe, solo es necesario que los hombres buenos no hagan nada”. Hoy, las cámaras nos muestran en tiempo real el horror. No hay excusa para la ignorancia. Solo queda la complicidad por acción u omisión.

Esto no es ideología barata. No se trata de “los míos contra los tuyos”. Se trata del derecho fundamental a vivir y a morir con dignidad. Es una cuestión humanitaria por encima de siglas, banderas y equipos de ciclismo. Por ello, la pregunta incómoda es necesaria: ¿Qué diría Isabel Díaz Ayuso si uno de los miles de niños aplastados bajo los escombros de Gaza, con sus nombres arrancados por la metralla, fuera su propio hijo? ¿Cambiaría su retórica? ¿Vería entonces la diferencia entre una molestia en el tráfico y una tragedia humana? La pregunta no es macabra; es un ejercicio básico de empatía, la misma que ella y sus socios de relato niegan a los palestinos.
Y luego, irá a la Almudena y besará el anillo al obispo. Comulgará, incluso. Se presentará ante sus votantes como paladín de los valores cristianos y la libertad. Este es el colmo del cinismo: profesar una fe que tiene en el amor al prójimo y en la misericordia sus pilares fundamentales, mientras se ignora o se justifica el sufrimiento del prójimo más vulnerable. Es la espiritualidad vacía, convertida en un accesorio más para el espectáculo político. Ese si es un relato que acaba ardiendo como los montes.
La solución, por difícil que sea, no pasa solo por presionar a los gobiernos occidentales cómplices. Pasa, crucialmente, por concienciar, incitar y apoyar a la sociedad israelí a que se rebele contra la monstruosidad que se está cometiendo en su nombre. Por cada voz judía en la diáspora y dentro de Israel que clama contra Netanyahu y su gobierno que cruzo hace tiempo la frontera de lo asumible, hay un rayo de esperanza. Son la prueba viviente de que criticar al gobierno de Israel no es antisemitismo, sino todo lo contrario: es ponerse del lado de los judíos que no quieren ver su historia y su moral manchadas con la sangre de inocentes. Es humanismo, sin más calificativos.
Al final, el pelotón siguió su camino. Los activistas fueron desalojados. Ayuso cosechó sus titulares. Pero en Gaza, la noche vuelve a caer sin electricidad, llena de miedo y dolor y bombas matando niños, como los posibles hijos de Ayuso. La pregunta que nos persigue a todos es: cuando la historia juzgue este momento, ¿en qué lado de la carretera estuvimos nosotros? ¿Entre los que interrumpieron su indiferencia para decir “basta”, o entre los que, desde su cómoda butaca, criticaron la molestia de tener que mirar?

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