miércoles 15 abril, 2026

La encrucijada del multilateralismo

In memoriam de Concha Escobar

A la vuelta de vacaciones he recibido una dura noticia, el fallecimiento de mi amiga Concepción Escobar, Concha. Fuimos compañeros de carrera, aunque ella siempre estuvo en otro nivel, sin por ello sentirse superior en nada, aunque intelectualmente lo era. Años después, durante su paso por Exteriores y cuando yo era presidente de la Organización Carta Mediterránea, tuve el honor de que fuera mi vicepresidenta. Posteriormente no he dejado de seguir con admiración su brillante carrera profesional. Catedrática de Derecho Internacional Público en la UNED, España la había propuesto como candidata para ser jueza de la Corte Penal Internacional, un puesto importante que a ella le hacía mucha ilusión y que habría sido de gran relevancia para nuestro país.

A finales de mayo, creo, nos cruzamos en los pasillos de la Universidad Carlos III e iniciamos una conversación que, por su enjundia, sabíamos que no podía ser concluida en ese momento y quedamos en que, después del verano, la continuaríamos con tranquilidad. Desgraciadamente, su rápida y fatal enfermedad me impedirá finalizar aquella conversación y aprender, una vez más, del magisterio de sus palabras.

Europa entre la tentación del miedo y la necesidad del liderazgo

Álvaro Frutos Rosado


El sistema internacional atraviesa una crisis de legitimidad que se traduce en parálisis y descrédito. La pregunta que debemos hacernos es: ¿esto es recuperable o estamos abocados, tarde o temprano, a volver a transitar los caminos más oscuros de la historia de la humanidad? Cuando se construía “el búnker de la Moncloa”, un gran número de altos cargos de la época se reían mientras lo visitaban y afirmaban con rotundidad que el tiempo de las guerras había quedado atrás. No era ignorancia. Como dirían los futboleros, creo, eran incapaces de leer el partido.

Las guerras no se detienen, las migraciones forzadas se multiplican, y, aunque se resuelvan, los desequilibrios económicos mundiales seguirán creciendo. El cambio climático avanzará sin tregua por muchos pactos que se hagan, y los organismos creados para ordenar la convivencia mundial parecen incapaces de dar respuestas eficaces, es decir, con premura y contundencia.

La ONU es el espacio multilateral por excelencia, pero funciona como un teatro de gestos vacíos en el que los vetos bloquean la acción y los discursos sustituyen a las soluciones. Evidentemente, sería injusto decir que es culpa del organismo y sus funcionarios, sino más bien de los intereses nacionales de los hegemones mundiales y de otros intereses económicos particulares igualmente espurios. Y, sin embargo, no hay alternativa posible a ese marco común. Concha Escobar lo afirmaba con rotundidad. El dilema no es, por tanto, elegir entre la ONU y otra cosa, sino rescatar su sentido y no resignarnos al caos global.

En ese escenario, Europa se encuentra frente a una encrucijada. No puede limitarse a ser una unión aduanera o un engranaje burocrático que regula la vida económica de los Estados miembros. O se convierte en un proyecto político capaz de proponer al mundo una visión propia, coherente con los valores que dieron origen al proceso de integración, o quedará relegada a una posición irrelevante, atrapada entre el poderío militar de Estados Unidos, el expansionismo ruso y el pragmatismo chino.


La misión de Europa: unión política y proyecto global

Europa tiene dos misiones inmediatas e inseparables. La primera es ser una verdadera unión política, no solo un mercado compartido. Eso exige instituciones capaces de decidir con agilidad, mecanismos que superen el bloqueo de los intereses nacionales más estrechos, y sobre todo una narrativa que devuelva a los ciudadanos el sentido de pertenencia. Europa no puede limitarse a gestionar el día a día: debe ser capaz de inspirar.

La segunda misión es proyectar al mundo un proyecto propio, no como imitadora de modelos ajenos ni como subsidiaria de otras potencias. Europa debe reivindicar los valores de la Ilustración, el humanismo, los derechos sociales, la diversidad cultural y la democracia representativa. Debe mostrar que es posible defender la seguridad sin sacrificar las libertades, gestionar la migración sin criminalizarla, y apostar por la cooperación sin caer en la ingenuidad. En otras palabras: debe ser fiel a sí misma para ser relevante en el mundo. Con ello surge una pregunta de difícil respuesta: ¿cómo se puede hacer esto en el contexto geopolítico y con los actuales liderazgos?


El desafío interno: extrema derecha y migración

Ese horizonte exige, sin embargo, resolver primero un problema interno: el avance imparable de la extrema derecha en varios países europeos. Este fenómeno no es un accidente pasajero, sino la consecuencia de décadas de desatención a las preocupaciones reales de los ciudadanos. La inmigración ha sido utilizada como chivo expiatorio, mientras las políticas de integración, empleo, vivienda y cohesión social se quedaban a medias.

Europa no puede construir un proyecto global si antes no responde con seriedad y rigor a las angustias de sus propios pueblos. La migración debe dejar de ser tratada como una amenaza y abordarse como una cuestión de justicia y sostenibilidad: justicia con quienes huyen de la guerra y la miseria, y sostenibilidad para garantizar que la acogida se traduzca en integración real, con empleo digno, educación y ciudadanía plena. Si Europa no gestiona esto con inteligencia, la extrema derecha seguirá creciendo y devorará desde dentro la credibilidad del proyecto europeo.


El espejismo militar y la necesidad de valores

En este contexto, algunos insisten en que el camino para recuperar influencia internacional pasa por aumentar el gasto militar y construir un ejército europeo. Nadie discute que Europa necesita defenderse y reforzar su seguridad, pero la idea de que su poder se medirá en cañones y no en ideas es un error histórico.

El continente que inventó los derechos humanos y el Estado social no puede renunciar a esos pilares para convertirse en una copia tardía de la lógica de la fuerza. Europa necesita rearmarse, sí, pero rearmarse en valores, en propuestas políticas, en liderazgo cultural y social. Su ventaja comparativa no es la artillería, sino la capacidad de demostrar que otra forma de vivir y organizarse es posible. Si Europa renuncia a su vocación de adalid del multilateralismo, si se limita a competir con armas, habrá perdido el alma y, con ella, la batalla.


El multilateralismo como trinchera de futuro

El multilateralismo está en crisis, pero es más necesario que nunca. Europa debería ser la primera en defenderlo con coherencia. Eso significa apostar por la ONU, por su reforma, por mecanismos que limiten el abuso del veto, y por fortalecer la capacidad de la Asamblea General de actuar cuando el Consejo de Seguridad está paralizado. Significa también construir alianzas con África, América Latina y Asia para que la voz de la mayoría no quede secuestrada por unos pocos poderosos.

Europa debe entender que no hay paz posible si no hay reglas comunes. Y que esas reglas no se sostienen con discursos, sino con voluntad política, con inversión en prevención de conflictos, con cooperación al desarrollo real y no cosmética, y con una diplomacia que se atreva a incomodar a los poderosos.


Trump y la humillación palestina

La reciente negativa de Donald Trump a conceder visados a los representantes palestinos invitados a hablar en la ONU es una muestra obscena de ese desprecio por el multilateralismo. Al impedir su participación, no solo se humilló a un pueblo que busca ser escuchado, sino que se degradó a la propia ONU como foro universal. Fue un gesto deliberado de deslegitimación, un recordatorio de que el poder se ejerce hoy muchas veces contra las instituciones, no a través de ellas.

Europa no puede mirar hacia otro lado ante hechos como este. No basta con lamentos diplomáticos o declaraciones tibias. Si de verdad quiere ser adalid del multilateralismo, debe plantarse con firmeza frente a quienes socavan las bases mismas de la cooperación internacional. La ONU no puede convertirse en un club donde algunos deciden quién tiene derecho a hablar y quién no.


La hora de la firmeza

El mundo se asoma a una era de incertidumbres que amenazan como una «gota fría» de consecuencias inimaginables. Los gobernantes de las principales potencias parecen más preocupados por la inmediatez electoral que por la supervivencia colectiva. Estados Unidos oscila entre el aislacionismo y la agresividad unilateral. Rusia sigue atrapada en su lógica imperial. China apuesta por el pragmatismo de la influencia económica, pero está decidida a evidenciar que su poderío bélico está dispuesto a medirse con cualquiera y ser un hegemón exclusivo. Y Europa, hasta ahora, aparece dividida, dubitativa, sin coraje para asumir un liderazgo moral y político.

Pero no queda tiempo para titubeos. Europa debe decidir si quiere ser un actor relevante o un espectador irrelevante. Para ello, debe cerrar filas en torno a un proyecto común, resolver sus problemas internos —especialmente el auge de la extrema derecha y la gestión de la migración—, y proyectar al mundo una visión basada en valores, derechos y cooperación.

El futuro del multilateralismo no depende de discursos bienintencionados, sino de actos de coraje político. Depende de que los gobernantes entiendan que no hay seguridad posible en un mundo desregulado, sin reglas, sin instituciones que todos respeten. Y depende, sobre todo, de que Europa se atreva a ser lo que siempre prometió: un continente capaz de aprender de su historia y ofrecer al mundo un horizonte de dignidad, justicia y paz.

Si los actuales líderes mundiales siguen reduciendo la política internacional a un juego de poder inmediato, lo que arderá no serán solo los bosques mediterráneos o las fronteras orientales, sino la esperanza misma de que la humanidad pueda convivir sin destruirse. Y esa sería una derrota irreversible.


«Debemos aprender a vivir juntos como hermanos o perecer juntos como tontos.«

— Martin Luther King Jr.

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