Entre el 11 de junio y el 19 de julio de 2026, el mundo volverá a detenerse ante la Copa Mundial de la FIFA. Será una edición histórica por múltiples razones: por primera vez participarán 48 selecciones nacionales, se disputarán 104 partidos y el torneo será organizado conjuntamente por Estados Unidos, México y Canadá. Nunca antes un Mundial había tenido una dimensión territorial, logística, económica y mediática tan amplia.
El Mundial 2026 se desarrollará en 16 ciudades repartidas por Norteamérica. Estados Unidos acogerá la mayor parte de la competición, con once sedes; México contará con tres ciudades anfitrionas y Canadá con dos. Entre los escenarios más emblemáticos destacan el Estadio Azteca de Ciudad de México, que se convertirá en el primer estadio del mundo en inaugurar tres Copas del Mundo, y los grandes recintos de Nueva York/Nueva Jersey, Dallas, Los Ángeles, Atlanta, Miami, Vancouver y Toronto.
Más allá del deporte,el Mundial será una gran prueba de organización, seguridad, movilidad, imagen internacional y poder blando (Soft Power). Durante más de un mes, miles de millones de personas observarán no solo a las selecciones participantes, sino también a los países anfitriones, sus infraestructuras, sus modelos sociales, su capacidad de coordinación y su imagen ante el mundo.
La Copa del Mundo de 2026 llega, además, en un contexto internacional especialmente complejo. Las tensiones entre grandes potencias, la guerra en Ucrania, la situación en Oriente Medio, la rivalidad tecnológica global, la fragmentación del comercio internacional, las amenazas híbridas, el terrorismo, la criminalidad organizada transnacional y las presiones migratorias formarán parte del entorno político y mediático del torneo.
El fútbol actuará como elemento de unión, pero las tensiones geopolíticas estarán presentes en el ambiente.
EEUU asumirá el protagonismo principal. Acogerá la mayoría de los partidos, las semifinales y la final, que se disputará en el estadio MetLife de Nueva Jersey, rebautizado durante el torneo como “New York New Jersey Stadium”. Para Washington, el Mundial representa una oportunidad de proyectar estabilidad, liderazgo tecnológico, fortaleza económica y capacidad organizativa en un momento de fuertes divisiones internas y creciente competencia estratégica con China.
México buscará reforzar su imagen internacional desde una posición muy distinta: la de la emoción futbolística. El partido inaugural en el Estadio Azteca tendrá un valor simbólico enorme. No se trata solo de un estadio, sino de uno de los grandes templos del fútbol mundial. Allí jugaron Pelé y Maradona, allí se disputaron finales históricas y allí comenzará de nuevo una Copa del Mundo. México aportará al torneo pasión popular, identidad cultural, memoria futbolística y una conexión emocional que ningún otro anfitrión puede reproducir del mismo modo.
Canadá, por su parte, puede convertirse en el ganador silencioso del Mundial. Toronto y Vancouver proyectan una imagen internacional asociada a seguridad, diversidad cultural, calidad de vida, estabilidad institucional y buena organización. Canadá no posee la tradición futbolística mexicana ni el peso económico estadounidense, pero puede utilizar el torneo para consolidar una imagen de país moderno, abierto, amable y fiable.
El Mundial 2026 será, por tanto, una competición deportiva, pero también una competición de imagen nacional. EEUU aportará la infraestructura, la capacidad organizativa y el gran negocio; México aportará el alma futbolística y la fuerza simbólica; Canadá aportará estabilidad, multiculturalismo y reputación internacional. La pregunta geopolítica no será solo quién levanta la Copa, sino qué país consigue conquistar mejor la mirada del mundo.
Aquí aparece la gran paradoja estadounidense. EEUU será el principal organizador y obtendrá previsiblemente la mayor parte de los ingresos comerciales, de patrocinio y de derechos audiovisuales. Sin embargo, el fútbol no ocupa en la sociedad estadounidense el mismo lugar que en América Latina, Europa o África. En EEUU, compite todavía con la NFL, la NBA, la MLB, la NHL y el deporte universitario. En México, en cambio, el fútbol forma parte de la identidad nacional.
Por eso, EEUU puede ganar la batalla económica y organizativa, pero México puede ganar la batalla emocional. Los Mundiales no se recuerdan únicamente por sus cifras. La memoria colectiva conserva México 1970, España 1982, Italia 1990, Francia 1998, Alemania 2006 o Sudáfrica 2010 no solo por los resultados deportivos, sino por el ambiente social, las imágenes, las calles, las canciones, los estadios y las emociones compartidas.
El verdadero riesgo para Estados Unidos no es perder el control del Mundial, sino perder la batalla del relato. Muchos estadios estadounidenses están diseñados para otros deportes y se encuentran alejados de los centros urbanos, lo que obliga a desplazamientos largos y costosos. La experiencia mundialista tradicional se construye en plazas, calles, bares, zonas peatonales y espacios públicos donde miles de aficionados conviven durante semanas. En ese terreno, México parte con una ventaja cultural muy clara.
También existe un problema de accesibilidad. La FIFA ha convertido el Mundial en un producto comercial extraordinariamente rentable, pero cuando los precios de entradas, alojamientos y transportes se disparan, aparece el riesgo de que el torneo se perciba menos como una fiesta popular y más como un espectáculo para consumidores de alto poder adquisitivo. Si esa percepción se consolida, México y Canadá podrían beneficiarse al ofrecer una experiencia más cercana, más emocional y vinculada al aficionado tradicional.
Uno de los focos de preocupación se encuentra en el área de Nueva York-Nueva Jersey. El sistema de transporte podría verse sometido a una presión extraordinaria, especialmente en los desplazamientos hacia el estadio de la final. Las críticas sobre los costes ferroviarios y la capacidad de NJ Transit reflejan un problema más amplio: EEUU dispone de enormes capacidades tecnológicas y organizativas, pero algunas de sus infraestructuras de transporte público no están diseñadas para una movilidad internacional masiva y continuada como la que exige un Mundial.
Sin embargo, el torneo también puede acelerar una transformación cultural relevante: el auge definitivo del fútbol (soccer) en EEUU. Durante décadas considerado un deporte secundario, el futbol (soccer) se ha convertido en una actividad de masas entre jóvenes, inmigrantes y nuevas generaciones urbanas. En ciudades como Nueva York se están construyendo nuevos campos y espacios deportivos para responder a esa demanda. Este fenómeno no es solo deportivo, sino sociológico: el fútbol se está convirtiendo en un lenguaje común multicultural en las grandes áreas urbanas estadounidenses.
La migración será otro elemento sensible. EE.UU. es un país construido históricamente por inmigrantes, pero el Mundial llega en un momento de endurecimiento de políticas migratorias y control fronterizo. La imagen de aficionados con dificultades para obtener visados, atravesar fronteras o desplazarse libremente podría entrar en contradicción con el mensaje universal que la FIFA intenta proyectar. En este terreno, México y Canadá pueden aparecer ante la opinión pública internacional como actores más abiertos, acogedores o emocionalmente próximos.
Desde la seguridad, el Mundial será una operación de enorme complejidad. Aunque no exista una amenaza específica conocida contra el torneo, cualquier evento que concentre decenas de miles de personas constituye un objetivo potencial para organizaciones extremistas, actores inspirados por ideologías radicales o grupos interesados en obtener impacto mediático. Los riesgos más probables no serían ataques complejos similares al 11-S, sino acciones de bajo coste y alto impacto: atropellos masivos, ataques con armas, drones modificados o sabotajes a infraestructuras críticas.
La criminalidad organizada también encontrará oportunidades en un evento de esta dimensión. La presencia de millones de visitantes puede favorecer el tráfico de drogas, la trata de personas, la falsificación de entradas, los fraudes financieros, los delitos cibernéticos y otras actividades ilícitas. La cooperación policial entre Estados Unidos, México y Canadá será decisiva para reducir estos riesgos.
La dimensión digital será otro frente crítico. El Mundial dependerá enormemente de sistemas informáticos vinculados a venta de entradas, transporte, telecomunicaciones, sistemas financieros, plataformas de retransmisión, acreditaciones, reservas y seguridad. Grupos criminales o incluso actores estatales podrían intentar demostrar capacidades mediante ciberataques de alto impacto mediático. Un gran fallo digital durante el torneo no solo afectaría a la organización, sino también a la reputación internacional de los anfitriones.
La desinformación y la guerra híbrida formarán parte del entorno del Mundial. Podrían circular noticias falsas sobre atentados, imágenes manipuladas, campañas de descrédito, bulos sobre incidentes fronterizos, rumores sobre amenazas terroristas o narrativas destinadas a erosionar la confianza en la organización. En un evento seguido por miles de millones de personas, la velocidad de propagación de estos contenidos puede generar efectos inmediatos sobre la percepción pública.
También deben considerarse posibles protestas políticas vinculadas a conflictos internacionales. En un escenario global marcado por guerras, polarización y tensiones diplomáticas, el Mundial puede convertirse en plataforma simbólica para reivindicaciones nacionales, denuncias sobre derechos humanos, conflictos migratorios o protestas contra gobiernos. La seguridad de delegaciones, aficionados, estadios, hoteles, aeropuertos y espacios públicos será un componente esencial de la gestión del torneo.

El balance geopolítico final puede ser paradójico. EEUU puede ganar la batalla económica y organizativa; México, la batalla emocional; y Canadá, la batalla reputacional. Washington pondría los estadios, la infraestructura y el negocio; México aportaría la pasión, la historia y la identidad futbolística; Canadá ofrecería hospitalidad, estabilidad y una imagen internacional positiva.
Quizá, cuando dentro de veinte años se recuerde el Mundial 2026, no se piense solo en la final disputada en Estados Unidos. Es posible que la memoria colectiva conserve sobre todo la inauguración en el Estadio Azteca, la pasión de las aficiones latinoamericanas, la cercanía de las ciudades canadienses y la imagen de una Norteamérica diversa, poderosa, contradictoria y complementaria.
El Mundial 2026 será mucho más que un campeonato de fútbol. Durante treinta y nueve días, Norteamérica se convertirá en el centro de atención del planeta. El balón rodará sobre el césped, pero detrás de cada partido se librará otra competición más silenciosa: la de la reputación, la influencia y el prestigio internacional. Porque en el siglo XXI, los Mundiales ya no son únicamente campeonatos de fútbol; son también escenarios donde los Estados proyectan poder, construyen relatos y buscan conquistar la mirada del mundo.
Epilogo
Hay canciones que no pertenecen solo a una artista, ni a un país, ni a un estadio.
Pertenecen a la memoria colectiva de los pueblos.
La canción de Shakira para el Mundial tiene algo de llamada antigua:
un tambor que despierta la tierra,
una voz que cruza fronteras,
un ritmo que convierte la competición en celebración.
No habla solo de fútbol.
Habla de cuerpos que se levantan,
de niños que sueñan en una calle de tierra,
de banderas que ondean sin borrar las diferencias,
de países que durante unos días se reconocen en una misma emoción.
En cada golpe de percusión aparece África, América Latina, Europa, Asia, el mundo entero. Aparecen los barrios, las plazas, los mercados, las playas, los estadios llenos y las casas humildes donde una familia mira el partido como si allí también se jugara algo suyo.
Porque un Mundial no es solo un torneo.
Es una ceremonia planetaria.
Es el instante en que la pelota deja de ser un objeto y se convierte en idioma universal.


