miércoles 22 julio, 2026

Son las formas, amigos

En reiteradas ocasiones he mostrado mi especial preocupación por las formas en que se desenvuelve el ambiente político español de nuestros tiempos.

Desgraciadamente, con ocasión de los accidentes ferroviarios recientes, estas formas no han sido distintas, por más que en el inicio de los dramáticos hechos, pareciera como que hubiera un armisticio. Pero al final, y muy poco después de ese espejismo, la cabra tiraba hacia donde solía. O sea, al monte.

Hay parcelas de la vida ordinaria en las que el continente mejora al contenido, en las que las formas resaltan y hasta complementan el fondo de cada tema; las imágenes, muchas veces, valen más que mil palabras.

Y la política, como ciencia y como arte también, no es ajena, antes, al contrario, a estos asertos del saber popular. Las formas, amigos, las formas, tanto o más importan que los fondos y los contenidos. Atraen, empatizan, venden el producto, que bien puesto así de manifiesto, ayuda a convencer de sus bondades y calidades.

La comunicación verbal y gestual en política es tan o más importante que el contenido, a veces, de lo comunicado. Las formas, amigos, son fundamentales. Y más, en un mundo en que la comunicación, la forma del mensaje, suplanta en demasía a aquello que se comunica. Si el producto es bueno y se presenta bien, el éxito de ventas está asegurado, también en política.

En estos días en que todos los opinadores que tanto sabían antes de epidemias, apagones o de mercados bursátiles nos sorprenden con sus soberbios saberes en comunicaciones ferroviarias y en técnicas de soldadura de raíles ferroviarios, balastos y pantógrafos, como no sé de semejantes tecnicismos, fijo mis preocupaciones en algo más mundano, pero próximo, como son las formas en la política.

Hemos llegado a un nivel de deterioro tal en las formas de nuestra política que, en estas duras horas de tragedias humanas, se ha perdido demasiado pronto esa pretendida paz entre adversarios para volver a la guerra entre enemigos.

Siento que hoy, en estos días, en nuestros líderes, con alguna honrosa excepción, apremia más el interés en quedar bien y en dejar mal al otro; ocupa más demostrar que lo ocurrido no es culpa de quien habla en cada momento, sino del de enfrente. Les ocupa dejar claro que cada actor lo hace bien a pesar de la herencia recibida y que será otro quien deba explicarse.

Sería mejor, digo yo, contar lo cierto, sólo lo que hasta ahora se sabe, sin ambages, sin especulaciones y respetar todos, gobierno y oposición, los tiempos de la investigación y las conclusiones que sirvan para no errar en lo mismo de futuro; sólo entonces habrá que responsabilizar a quien le toque competencialmente, según sus deberes incumplidos. Sólo entonces, y mientras, no envenenen más el ambiente donde pronto, muy pronto se han empezado a olvidar a los dolientes, ésos que todos dicen ser el objetivo prioritario y que no deben ser preteridos.

El problema de muchos de nuestros líderes (si es que lo son), es que el deterioro de la credibilidad de la política que han provocado para sí y por extensión para la política en general, hace que cualquiera de sus afirmaciones, explicaciones o comentarios, caigan en el mayor de los descréditos e irrelevancia para aportar verdad en lo que transmiten y sobre todo empatía con quienes en estos momentos lloran la pérdida de los suyos.

Pongamos algunos ejemplos.

El ministro Puente ha estado desde el primer momento dando explicaciones con los argumentarios que le han dado sus técnicos, y haciendo eso que llaman dar la cara. Pero a estas alturas de la película, el espectador ya no se cree al protagonista. Son demasiadas las espantadas, los aspavientos, la mala educación, e incluso la altanería y actitudes de cierta superioridad esgrimidas por este actor, que haga lo que haga, diga lo que diga, el protagonista de esta película ha perdido su crédito, por más que bueno, inocente y poseedor de la verdad en sus argumentos quiera aparecer. 

Y esto empezó tiempo ha. En lo que al señor Puente se refiere, por resumir, digamos que su forma de ser visto y entendido por la ciudadanía, arranca cuando alcanza notoriedad nacional más allá de su Pucela de origen, el día en que su “puto amo”, con falta de cortesía parlamentaria al adversario, le encarga hacer la réplica al señor Feijóo en su fallida obtención de confianza para ser presidente del Gobierno. Allí se retrató como faltón y con aires de matón de patio de colegio. Y esto le ha marcado, con aportaciones casi a diario en sus tuits que poco aportan al juego limpio de la noble ciencia y arte de la política.

Del otro lado, doña Isabel, de la mano del inconmensurable bulero confeso Rodríguez, don Miguel Ángel, busca y rebusca la gracieta zaheridora de cada día para disparar ora a Puente, ora a Sánchez porque ésos y no otros son sus adversarios (enemigos, más bien). A ella se le queda pequeña su comunidad, la honrosa liga regional en que jugar debiera y se asciende per se, sin liguilla previa, como mínimo a jugar en la liga nacional o en la Champions, suplantando en estos menesteres a un Feijóo más Don Tancredo de lo que debiera. Ojito, don Alberto y recuerde a su antecesor, o pídale los apuntes que debió tomar antes de que le resulte tarde.

Y sumen, queridos lectores, si quieren a este reparto estelar, a los Tellados, Álvarez de Toledo, Yolandas, Rufianes o Belarras y demás escogidos de este casting de la política que ha colocado con letras de protagonistas a quienes en otros tiempos y otros escenarios no habrían superado el primer descarte de actores muy, pero que muy de reparto y elevados a un estrellato al que seguro, seguro, que en sus adentros, si alguna sinceridad les queda ante el espejo, ni se imaginaban.

Lo malo del caso es que nosotros, los espectadores, hemos empezado a aceptar, no sé si con resignación, que este cuadro de actores es el que hay y no se despacha más. Pues recuerden que nos queda el más fundamental de nuestros derechos como ciudadanos, que no es sólo es derecho a patear o silbar en el patio de butacas, sino que ejerceremos el derecho a botarlos (con be) y no votarlos (con uve) en los inmediatos procesos electorales.

La miopía y cortoplacismo se han instalado en los partidos democráticos, sobre todo en los que se llaman de gobierno, en los partidos de estado, encantados de reconocerse y regodearse en el tan denunciado “y tú más”, empeñados en sustituir el bipartidismo por el bibloquismo que ya trasciende a todos los ámbitos de la vida ciudadana.

Es esa miopía la que está encumbrando en sondeos y resultados electorales a quienes no creen en el sistema. A los próceres de la antipolítica, a los antisistema, a extremos de uno y otro espectro, a quienes aprovechan el sistema para destruirlo desde dentro.

Están poniendo alfombra roja a la llegada a la noble administración de lo público a quienes elogian los modos de la política trompista, castellanizando el sonido del apellido del actual inquilino de la Casa Blanca, y que según la RAE significa engañar o burlar. Engañar o burlar los modos y prácticas democráticos que nos habíamos dado y que llevarnos pueden de nuevo a los más oscuros y rancios hábitos que creíamos desterrados de la política española.

La llegada con más fuerza a los centros de poder de estos enemigos de la democracia, de extremos de ambos lados de los arcos parlamentarios, con los añadidos en nuestro hispano caso de los nacionalismos excluyentes, será en gran medida un logro, quiero imaginar inocentemente, que no querido, por parte de quienes con esta forma de hacer política de baja estofa, faltona, chillona favorecen este clima de crispación y desapego de los ciudadanos, espectadores de esta burla contínua a la solución de los problemas que requieren otra forma de estar ante ellos por parte de nuestros dirigentes.

Desde las buenas formas hágannos el favor de entenderse, y no provoquen el sonrojo que a muchos nos producen. Tienen ustedes la obligación de hacerlo.

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