EDITORIAL DE LA DISCREPANCIA
Tras la Conferencia de Seguridad de Múnich 2026, la pregunta ya no es retórica. Se ha convertido en el hilo conductor de un debate estratégico que atraviesa el continente: dependencia o autonomía, continuidad o ruptura, cohesión o fragmentación.
La 62ª Conferencia de Seguridad de Múnich no fue una reunión más. Fue, en muchos sentidos, una radiografía del agotamiento del viejo equilibrio atlántico. Durante décadas, Europa construyó su seguridad sobre un supuesto casi inmutable: el compromiso estructural de Estados Unidos con la defensa del continente. La Guerra Fría primero, y la ampliación de la OTAN después, parecían garantizar un marco estable. Pero la estabilidad, como advertía Raymond Aron, no es una cualidad moral del sistema internacional sino un resultado contingente del equilibrio de poder. Cuando el equilibrio cambia, la estabilidad se resquebraja.
Este año, el mensaje estadounidense fue claro, aunque matizado: Washington sigue en la alianza, pero bajo sus propios términos. El tono transaccional no es nuevo, pero sí lo es su normalización. Estados Unidos quiere aliados que paguen más, que se alineen más y que dependan menos… siempre que esa menor dependencia no erosione su primacía. Es una ecuación compleja.
¿Y Europa? Europa escucha, responde, matiza… pero no lidera.
En Múnich se habló de autonomía estratégica, de capacidades industriales de defensa, de coordinación presupuestaria. Sin embargo, el problema europeo no es la falta de diagnósticos; es la debilidad del impulso político. Los grandes líderes europeos llegan a estas citas condicionados por sus calendarios electorales, por coaliciones frágiles, por la presión de partidos emergentes que erosionan mayorías tradicionales. Alemania mira a su Bundestag antes que a Bruselas; Francia calcula su desgaste interno; Italia oscila entre pragmatismo y populismo; España debate su propia estabilidad parlamentaria. El resultado es una Europa que piensa estratégicamente, pero actúa tácticamente.
El politólogo Stanley Hoffmann escribió que Europa es un “gigante económico, un enano político y un gusano militar”. La frase, dura, sigue resonando. En términos de PIB agregado, la Unión Europea compite con cualquier potencia global. En términos normativos, su influencia regulatoria es considerable. Pero cuando la cuestión es seguridad dura —disuasión, proyección, capacidad autónoma—, el continente sigue dependiendo del paraguas estadounidense.
¿Significa eso que está al borde del abismo?
Depende de cómo definamos el abismo.
Si por abismo entendemos colapso inmediato, la respuesta es no. Europa no está en vísperas de desintegración militar ni política. La OTAN sigue operativa, la coordinación transatlántica continúa, y el apoyo a Ucrania se mantiene. Pero si el abismo se define como pérdida progresiva de agencia estratégica —como incapacidad para decidir su propio destino en un entorno cada vez más hostil— entonces la respuesta es inquietante.
La guerra en Ucrania es la prueba más clara. Tras cuatro años de conflicto, Europa ha asumido costes económicos significativos, ha aumentado su gasto en defensa y ha demostrado cohesión inicial. Sin embargo, sigue dependiendo en gran medida del soporte logístico y de inteligencia estadounidense. La pregunta que subyace no es solo cuánto tiempo puede sostener el esfuerzo, sino si podría hacerlo sola.
El informe de la propia Conferencia de Múnich advertía que el orden internacional atraviesa una fase de “destrucción creativa”, en la que viejas certezas se erosionan sin que nuevas estructuras estén plenamente consolidadas. En ese escenario, la dependencia excesiva es un riesgo estructural.
Al mismo tiempo, Rusia continúa redefiniendo su doctrina estratégica en clave de confrontación con Occidente. China consolida su proyección global combinando poder económico, tecnológico y militar. Estados Unidos reequilibra su atención hacia el Indo-Pacífico. Europa se encuentra en medio, geográficamente expuesta y políticamente dividida.
Pero hay otro elemento menos visible y quizás más determinante: el liderazgo.
Europa no carece de instituciones; carece de voluntad ejecutiva común. El Tratado de Lisboa fortaleció la arquitectura institucional, pero no creó una identidad estratégica compartida con capacidad de decisión rápida. En momentos de crisis, las capitales nacionales recuperan protagonismo y el impulso comunitario se ralentiza. La política exterior y de defensa sigue siendo, en gran medida, intergubernamental. Y eso, en un mundo de potencias continentales, es una desventaja estructural.
El historiador Timothy Garton Ash advertía hace años que el mayor riesgo europeo no era la amenaza externa, sino la fatiga interna. Fatiga demográfica, fatiga económica, fatiga política. Cuando los líderes están absorbidos por encuestas y coaliciones frágiles, la visión estratégica a largo plazo se diluye. Y la seguridad, por definición, exige planificación más allá del ciclo electoral.
Sin embargo, la alternativa no puede ser la resignación.
Europa tiene tres caminos ante sí. El primero es la subordinación confortable: aceptar el liderazgo estadounidense sin cuestionarlo, aumentar el gasto en defensa bajo parámetros definidos en Washington y evitar el coste político de una autonomía real. Es el camino más sencillo a corto plazo y el más arriesgado a largo.
El segundo es la ruptura abrupta: apostar por una defensa europea independiente, incluso si eso tensiona la alianza atlántica. Este camino exigiría recursos colosales, integración industrial profunda y, sobre todo, una unidad política que hoy no existe.
El tercero —y probablemente el más realista— es un modelo híbrido reforzado: consolidar la alianza transatlántica, pero sobre la base de capacidades europeas propias que permitan mayor margen de decisión. No se trata de “romper” con Estados Unidos, sino de dejar de depender exclusivamente de él.
Para ello, Europa debe hacer tres cosas concretas.
Primero, invertir de manera coordinada y estratégica, no solo aumentando porcentajes de PIB, sino integrando cadenas industriales y capacidades tecnológicas. La fragmentación actual de la industria de defensa europea es ineficiente y costosa.
Segundo, dotarse de mecanismos de decisión más ágiles en política exterior y de seguridad, superando bloqueos por unanimidad cuando sea necesario.
Tercero, asumir que la autonomía estratégica no es una consigna retórica, sino un proceso que implica asumir riesgos políticos internos.
¿Está Europa al borde del abismo? No sí actúa. Sí, sí, posterga.
La historia europea demuestra que el continente avanza cuando se enfrenta a sus crisis con determinación. La integración nació de la devastación de la guerra. El euro surgió de la necesidad de estabilidad monetaria. La unión bancaria respondió a la crisis financiera. Cada salto fue precedido por un momento de incertidumbre.
Múnich 2026 puede ser uno de esos momentos.
La cuestión no es si Europa tiene recursos; los tiene. Tampoco si tiene talento; lo tiene. La cuestión es si tiene liderazgo suficiente para traducir conciencia estratégica en acción coherente.
Si no lo hace, el abismo no será una caída súbita, sino una lenta erosión de relevancia. Y eso, para un continente que ha sido uno de los arquitectos del orden internacional moderno, sería la derrota más silenciosa.
Europa no está condenada al abismo.
Pero tampoco está inmunizada contra él.
La decisión —como tantas veces en su historia— es política.
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