IDEAS PARA UN PROYECTO LLAMADO ESPAÑA (6)
Los que tengan memoria se acordarán de que allá por entonces, sobre la mitad del siglo pasado, había dos grandes asuntos que, como estaban ciertamente relacionados, acabaron juntándose bajo la llamada ‘problemática ambiental’. Sus actores iniciales eran dos colectivos que podían fácilmente reconocerse: por un lado los naturalistas, aficionados y profesionales, y por otro los sanitarios o de la salud, básicamente profesionales y público en general. Se trataba de la llamada ‘conservación de la naturaleza’ y la llamada ‘higiene ambiental’, de carácter urbano e industrial. Por un lado el estado de los ecosistemas y las especies que los integran, y por otro las actividades molestas, nocivas, insalubres y/o peligrosas. La primera se preocupaba por la densidad de las especies y su estado crítico o en peligro de extinción, y la segunda de la contaminación atmosférica, los vertidos a cauces, al suelo y la gestión de los residuos. Unos la consecuencia y otros la causa.
La base de ambas percepciones fue, inicialmente, científica y técnica.
Un denominador común a ambas era señalar como culpable al Hombre, y a) al desarrollo técnico, principalmente la explosión del conocimiento sobre sustancias químicas y su uso, b) la ocupación del espacio, relacionado con el crecimiento de la población y el incremento del consumo, y c) el modelo cultural del crecimiento económico.
A su amparo crecieron los exegetas y augures, que profetizaban males mayores en una suerte de apocalipsis milenarista. Quien no haya pecado de algo de esto, siquiera por un instante, que tire la primera piedra.
Por último, la cuestión pasó al ámbito político. Y en esas estamos. La ciencia y el conocimiento han pasado a un segundo plano, y ahora es un elemento clave en casi todos los programas políticos que concurren a las elecciones en los países democráticos y en los planes de los gobiernos de las dictaduras. Y aquí la cosa se complica, y pasa de ser un instrumento modulador de otras políticas a depender de otros intereses dominados por la economía cortoplacista y/o el poder.
Cosas positivas que han pasado: a) la sociedad es consciente de forma general de cuidar el medio ambiente. Aún queda algún que otro desaprensivo, pero son pocos y tan llamativos que son noticia. En general hemos mejorado mucho desde los tiempos en que Rachel Carson denunciaba el pesticida DDT en su magnífico alegato ‘Primavera silenciosa’, allá por 1962; b) las administraciones, sobre todo a nivel municipal y autonómico, y las empresas, sobre todo las industriales, se han dotado de personal y unidades específicas dedicadas al control ambiental; y c) la normativa se ha desarrollado de forma exponencial, a veces incluso de forma exagerada.
Lo cierto es que tratándose de una problemática transversal y socialmente aceptada debería ser susceptible de acuerdos políticos para que fuera más eficaz, y no objeto de disputas blandidas como arma arrojadiza de unos contra otros y de otros contra unos. De hecho, en lo personal y privado, casi nadie se priva de viajar alguna vez en avión o de un capricho gastronómico o de una compra más o menos innecesaria.
La problemática ambiental impregna todas las regulaciones industriales, edificatorias e incluso lúdicas. Por supuesto aún hay controversia, y los grupos organizados defensores del medio ambiente siguen siendo exigentes. Cada vez más exigentes. Ya se sabe que para conseguir el último 10% de un objetivo hay que gastar casi el 90% del esfuerzo. Y eso, a veces, choca con el sentido común. No es lo mismo la furgoneta diesel de la tahona que reparte el pan a las casas dispersas del monte gallego que el furgón diesel que reparte el pan desde la fábrica panificadora a las panaderías del centro urbano de una gran ciudad. Y no es lo mismo no por las emisiones, que pueden ser similares, sino por la inmisión y su efecto sobre la salud de las personas, es decir el nivel de contaminación del entorno y la capacidad de la atmósfera de asimilar la contaminación y transformarla en inocua o tolerable. Por eso no es de recibo la prohibición absoluta y general del combustible fósil. Otra cosa es la conveniencia de los fabricantes de automóviles de renovar la flota de vehículos en circulación o la necesidad de dar salida a la sobreproducción eléctrica, que un malpensado podría interpretar como el último, tapado y verdadero objetivo.
También son noticia los casos de fauna o flora protegidas o en riesgo que han sido muertos o eliminados por un desaprensivo ante el general reproche de toda la sociedad, al que el SEPRONA de la Guardia Civil investiga, detiene y pone a disposición de la justicia. Incluso los animales muertos por veneno, que precisa una mayor investigación con protocolos sofisticados y precisos. La eficacia probada de las políticas y el esfuerzo de conservación han resultado en que prácticamente todas la especies objeto de Estrategias de Conservación han salido del riesgo inminente de extinción.
Una vez incorporados a la sociedad estos avances, conviene que no sean desmantelados, sino que las alertas y medios se mantengan, como un elemento más del desarrollo sostenible o deseable.
Por eso es necesario más que nunca que la controversia política ambiental salga del rifirrafe político y se instaure un acuerdo de bases, huyendo de exageraciones maximalistas, que acomode las políticas y los medios que las hacen operativas bajo el consenso de la mayoría social expresada en la urnas.
En España eso es posible porque las fuerzas mayoritarias, quiero pensar, y los ciudadanos estarían por la labor. Sería una contribución a la estabilidad económica y social.
Germán Alonso Campos
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