«Abandonad toda esperanza», ha dicho Pedro Sancez en el reciente comité federal socialista. Esperanza de que pudiera acortarse una legislatura agónica. Es la frase que el Dante ponía a las puertas del infierno en su Divina Comedia. Aguantad al can horrible que custodia el antro gubernamental porque no tenéis otro remedio. Alguien esperaba lo contrario? No creo que en la política española exista alguien tan ingenuo. Sánchez trata de aguantar a la espera del milagro, de que retorne la propicia fortuna, de que los adversarios cometan algún error garrafal. Los nacionalistas catalanes de Junts son conscientes del malestar que produce en sus bases el apoyo a un dirigente desacreditado. Se ven, además, hostigados por la competencia. Pero puede más la esperanza de amnistiar por fin a su jefe y la oportunidad de seguir desguazando el Estado. Del resto de nacionalistas no se concibe un cambio en las alianzas tejidas en sus comunidades respectivas. Entonces solo resta el PP y algún socio menor. Un PP que espera la consumación del descredito, por acumulación de escándalos y de senteencias, pero sin esperanza de adelantar las elecciones.
A mi modo de ver, el PP no es consciente del daño que ocasiona a la democracia española la continuidad de Sánchez. Y el perjuicio que se causa a sí mismo. Esta situación promueve la desconfianza en un sistema político que permite que enchufistas y mangantes, un autentico lumpen proletariat se encumbre a las máximas magistraturas. Los gobernantes actuales no se esfuerzan en demostrar la inocencia de los miembros señalados de su tribu. Llaman la atención sobre aspectos de procedimiento, la publicidad otorgada a sus enredos y triquiñuelas o protestan por la cuantía de las penas dictadas por la justicia. Dan por hecho el delito, como si fuera la cosa más natural del mundo, pero elevan el tono al decir que son objeto de una persecución judicial y periodística.
Sánchez, en su huida hacia delante, arrastra a un partido imprescindible en el juego político español. El PSOE es hoy un peso muerto lleno de incondicionales, entre la estrechez mental y el patriotismo de partido, y más muerto estará cuando pierda las elecciones generales. Los partidos están formados en lo fundamental, en su esqueleto, por los cargos públicos. Un partido sin asideros en ayuntamientos, autonomías y gobierno, un partido sin capacidad de patronazgo está condenado al declive paulatino y quizás a la desaparición.
Pero, de otra parte, el PP auxilia con su pasividad el crecimiento de VOX. Favorece sin querer el veneno del extremismo político. No es solo la ola internacional, ahora favorable a las derechas; no son los cambios en la demografía española, el peso de los emigrantes, la defensa de identdades tradicionales o el temor a la globalización. No solo es eso. Es el dontancredismo de los populares, sus dudas, su apatía, su falta de impulso para plantear el desafío de una moción de censura. Feijóo quiere que el poder caiga es sus manos como fruta madura, sin necesidad de esforzarse en el cultivo. Sin mancharse, es un suponer, por una eventual aquiescencia a una amnistía a Puigdemont. Acaso esa medida, dictada por la necesidad, puede redundar a estas alturas en beneficio del separatismo? Sería estúpido creerlo. Y a toda esa falta de política presta su asentimiento un grupo dirigente abogadesco, que compite por demostrar quien es el que mas berrea en el parlamento. Una unión de mediocridades sin doctrina y sin arrestos.
El socialismo español se mantiene en pie por inercia, como dicen que se mantienen los elefantes al morir. Hace falta el empujón definitivo, el debate que despeje las dudas sobre el liderazgo alternativo de la derecha liberal, la polémica que ponga a unos y otros ante sus responsabilidades frente a la nación. Se pierda o se gane la moción: Si no ahora, cuándo?


