miércoles 22 julio, 2026

El fútbol y la búsqueda del equilibrio entre la pasión y el mercado

@DrJQuintero

El fútbol no nació como un negocio. Nació en los campos de tierra de los barrios, las plazas y los patios de los colegios, para pronto establecerse en espacios compartidos, habitualmente a las afueras. Todo empezó con unas botas de cuero llenas de barro, camisetas sin nombre y tardes de goles que resonaban a orgullo de pertenencia. Nació como una emoción, con rasgos tribales, una forma de apego y unos colores que representaban a un grupo de personas. Y en ese espejo colectivo, cada hincha encarna unos sueños compartidos y vive las derrotas como propias. Una especie de religión laica, que une a las personas en torno a unos colores y un estadio.

Hoy, sin embargo, entre fichajes millonarios, fondos de inversión, patrocinios internacionales y derechos televisivos, que para si los quisieran muchos países en vías de desarrollo, cabría preguntarse, si se están monetizando las ilusiones y si puede existir negocio sin pasión, o dicho de otra manera ¿puede sobrevivir lo primero sin lo segundo?

Durante décadas, los clubes de Europa y Latinoamérica, fueron asociaciones fundadas por industriales o jóvenes entusiastas. Eran el reflejo de un barrio, de una clase, de una identidad regional. En esos clubes, la camiseta no era un producto, era un blasón. Los colores representaban el orgullo de pertenencia y los ídolos eran figuras que encarnaban sueños colectivos. De ahí leyendas como Di Stéfano, Pelé, Cruyff, Ronaldo o Kempes, cada generación tuvo sus dioses con botas. Los estadios eran sus templos con gradas entregadas y corazones latiendo al ritmo de “su” himno, “su” camiseta o “su” escudo.

Con el paso del tiempo, esa dimensión del fútbol se ha ido transformando. Los héroes empezaron a convertirse en reclamos publicitarios. Las camisetas en una fuente de ingresos, no como símbolo de identidad, sino como artículo de consumo. Y surge un nuevo interlocutor entre el hincha y el club, el mercado.

Hoy, el fútbol ya no vive solo de las entradas de los estadios, de los goles y las rivalidades, sino que logra números mareantes que provienen de negocios de lo más variopintos. Para entenderlo con crudeza, basta repasar algunos datos recientes. Según el último informe de Deloitte, en la temporada 2023/24 los clubes más importantes del mundo generaron unos ingresos de unos 11.200 millones de euros. La distribución típica de esos ingresos suele dividirse en tres patas, los derechos audiovisuales, los ingresos comerciales (patrocinios, merchandising, licencias) y seguido muy de lejos por las taquillas.

Si el fútbol de ayer se alimentaba de goles celebrados en las gradas, el del hoy lo hace de balances contables en lujosos palcos. Ya no basta con ganar partidos y títulos, hoy hay que generar ingresos, muchísimos ingresos. Y aquí es donde el negocio de las camisetas se convierte en uno de los paradigmas de la transformación. Detrás de un jugador se genera una compra simbólica impresa en tela, como una combinación de deseo, moda y apego. Cuando en realidad se está transformando en un fetiche. Ahora esa “tela”, produce mucha “tela”.

Pero las reglas del juego están cambiando. La tradición centenaria del futbol, con sus ligas históricas y sus derbis, parece estar cambiando de epicentro. Un ecosistema milmillonario, que se proyecta en un horizonte cercano aún mayor gracias al crecimiento en regiones que hasta ahora parecían marginales en términos futbolísticos. Asia, América del Norte, Oriente Medio o África, son  territorios con un potencial inmenso. Ligas emergentes, con inversiones estatales, gigantes petroleros o de capital riesgo dispuestos a transformar clubes en marcas globales. Las camisetas se transforman en objetos de culto, los estadios cambian de nombre y con ellos se reconfigura el mapa del poder futbolístico.

En definitiva, se está avanzando en una nueva fase, el fútbol como inversión, como soft power, como escaparate internacional y sobre todo, como negocio. Es inquietante pensar que el balón rueda donde la chequera pesa más que la historia. Poco a poco, la vieja Europa deja de ser la meca por excelencia, los clubes tradicionales se revalorizan como activos y las poltronas institucionales cambian de dueños, aunque no de nombres y la pelota empieza a rodar hacia nuevos bolsillos.

Como resultado, hinchas convertidos en consumidores y clubes deportivos en empresas. Lejos de los ultras pintando banderas en los fondos, hoy los clubes son softwares de marketing, identidades globales y marcas transnacionales. Lo que empezó como pasión en las gradas y estrategias en el campo, hoy se decide en despachos con moqueta, powerpoints y balances trimestrales.

Los dirigentes, las federaciones y los presidentes ya no cuidan la salud deportiva de los clubes, cuidan su cotización, sus ingresos comerciales o su exposición mediática. Los hinchas como agentes activos de una comunidad, se transforman en consumidores comprando camisetas, viajes a estadios, suscripciones y experiencias VIP. El vínculo emocional se difumina y la pertenencia se transforma en una mera transacción comercial.

A lo mejor tenemos que pedir el VAR para ver ¿quién está en fuera de juego?. Si las nuevas normas del futbol, hacen que se rearbitren los partidos y los goles se celebren en diferido, ¿por qué no imaginar un VAR para regular lo que sucede fuera del campo?.  Un “VAR moral” que serviría para detectar a los que, con mano hábil, desvían el balón… hacia sus propios bolsillos. Para exponer a los que han hecho de la pasión colectiva un botín privado. Para recordar que el fútbol es de todos, no solo de los fondos de inversión. Porque hay una diferencia fundamental entre una camiseta que representa una ciudad y una prenda que representa una marca vendida al mejor postor. Y si algo tenemos claro hoy es que la pasión no es un activo inagotable. Se devalua. Y cuando eso sucede, lo que queda suele ser un mero decorado comercial.

Es posible llenar estadios con turistas, generar ingresos sin lealtad, sin historia, o sin barrio. Es posible que el fútbol se convierta en otra rama del entretenimiento, tan válido como el cine o la música. Pero la pregunta que deberíamos hacernos es otra, ¿vale la pena sacrificar la magia, la autenticidad, la emoción, la pertenencia, por una cuenta de resultados?. Durante años se ha vivido en equilibrio, y eso ha sido bueno para todos, inversores e hinchas. ¿Cuántas vueltas de tuerca más va a soportar el modelo?. Porque cuando el fútbol deja de ser pasión para volverse solo industria, deja de ser lo que fue. Y porque, en ese cambio, lo que se debilita no es solo la tradición, sino la conexión emocional que convierte a un deporte en cultura, a un club en tu hogar, a un equipo en tu familia y a un negocio en rentable.

El fútbol es hoy una gran industria. Una maquinaria enorme, eficiente, internacionalizada, con impresionantes cuentas de resultados, proyecciones de mercado y activos valorizables. Y no hay nada intrínsecamente malo en ello. La globalización y la profesionalización han traído inversiones, infraestructuras, expansión internacional, visibilidad… muchas cosas positivas.

Pero también existe el riesgo, de que el fútbol se convierta en un deporte sin alma, un espectáculo sin pasión, una marca sin legado. De que las gradas se vacíen de pasión y se llenen de selfis, de que los hinchas se sustituyan por campañas de marketing y de que los colores se vuelvan modas pasajeras. Por eso, quizás necesitemos un nuevo VAR, no para revisar goles en el campo, sino para revisar valores en los despachos. Para cuestionar decisiones y políticas y para defender que el fútbol no se convierta en una sombra desalmada. Porque la transformación hacia un negocio sin pasión, sería al precio de perder lo que hizo del fútbol el deporte rey.

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