viernes 1 mayo, 2026

El racismo como síntoma.

Desigualdad, aporofobia y el fracaso del relato integrador

Juan de Justo Rodriguez

La España del siglo XXI se enfrenta a un espejo que devuelve una imagen incómoda. Lo que durante décadas quisimos creer que era un «exotismo» manejable o una herencia de nuestro pasado viajero y colonial, ha mutado en una patología social que hoy se manifiesta con una virulencia renovada. El racismo no es un fenómeno meteorológico que aparece sin aviso; es una construcción cultural y política que, en momentos de crisis sistémica, resurge para proteger las estructuras de privilegio.

1. El mito de la inferioridad técnica

Históricamente, el etnocentrismo europeo ha confundido el desarrollo tecnológico con la capacidad intelectual. Es una de las trampas más perversas de la modernidad. Juzgamos a los pueblos que llegan a nuestras costas basándonos en su dominio de la técnica o la ciencia, ignorando que la inteligencia humana es, ante todo, una herramienta de adaptación al medio.

Mientras que en latitudes de abundancia natural el esfuerzo humano pudo ser más físico y menos prospectivo, en entornos hostiles el intelecto tuvo que despertar para garantizar la supervivencia. Por tanto, la brecha de desarrollo que observamos hoy no es producto de una jerarquía de capacidades innatas, sino de trayectorias históricas desiguales marcadas por la geografía y, muy especialmente, por la explotación. Creer que el dominio de la máquina otorga una superioridad moral o intelectual es un error que la socialdemocracia debe combatir con la pedagogía del humanismo: no somos «más», simplemente hemos tenido acceso a más herramientas de poder.

2. La alienación tecnológica y la atrofia del pensamiento

Paradójicamente, en el corazón de Occidente, estamos viviendo una involución silenciosa. La misma técnica que nos sirvió para dominar el mundo hoy nos está domesticando. Hemos delegado el esfuerzo intelectual en algoritmos y sistemas automáticos que piensan, redactan y deciden por nosotros. Esta «vida acomodaticia» nos aleja de nuestra propia naturaleza inquisitiva.

En este contexto de atrofia intelectual, el racismo encuentra un caldo de cultivo ideal. El ciudadano que deja de ejercer el pensamiento crítico es más permeable a los discursos simplistas que señalan al diferente como el culpable de sus males. El desprecio al inmigrante no nace de un análisis de la realidad, sino de una pereza mental alimentada por un sistema que prefiere consumidores pasivos antes que ciudadanos conscientes.

3. La picaresca del poder: Fuerza e intelecto contra el grupo

Si analizamos la historia desde una óptica sociológica, observamos que la estructura de mando rara vez ha premiado la virtud ética. El «jefe de grupo», el líder, a menudo ha sido el resultado de una alianza pragmática y oscura: la unión del más fuerte físicamente con el más astuto intelectualmente. Esta coalición no buscaba el bienestar del colectivo, sino la gestión de los recursos en beneficio propio mediante la subyugación del resto.

Hoy, ese esquema persiste bajo nuevas formas. El sistema económico actual, lejos de buscar un reparto equitativo que nos devolvería a una existencia más humana y acorde con nuestras necesidades biológicas, fomenta el individualismo más feroz. Se nos enseña que el éxito —el «ser el mejor», el «ganar más»— legitima la razón. Es la cultura del líder que aplasta la cultura de la solidaridad.

4. El racismo como herramienta de división de clase

Desde una perspectiva socialdemócrata, es vital entender que el racismo es, en última instancia, una herramienta de control social. Quienes ostentan el poder económico saben que un grupo cohesionado es peligroso para sus intereses. ¿Cómo evitar que los de abajo se unan para exigir un reparto justo de la riqueza? La respuesta es la segmentación.

Se utiliza la diferencia —la lengua, la religión, el color de la piel— para enfrentar al precario contra el más precario. Se fomenta el odio al penúltimo por parte del último. El racismo actúa como una pantalla de humo que oculta la verdadera brecha: la de la desigualdad de clase. Al señalar al inmigrante como una amenaza para los servicios públicos o la identidad nacional, se evita que el foco apunte a quienes gestionan esos servicios y distribuyen la riqueza.

5. Hacia una nueva ética de la convivencia

La solución no pasa únicamente por leyes punitivas, sino por un cambio profundo en nuestra forma de vida. Debemos abandonar la arrogancia de creer que nuestra prosperidad es un derecho divino o una prueba de superioridad. Nuestra riqueza actual es, en gran medida, el resultado de una historia de «picaresca y depredación» sobre los bienes de otros.

La verdadera evolución humana no será tecnológica, sino ética. Consistirá en reconocer que el «exotismo» del otro es un espejo de nuestra propia diversidad. El reto de la España actual es decidir si queremos seguir siendo súbditos de un sistema que utiliza el odio para perpetuarse, o si aspiramos a ser una sociedad de ciudadanos iguales que comprenden que el bienestar del vecino es la única garantía del bienestar propio.

El renacer del racismo es una señal de alarma. Nos indica que estamos perdiendo la batalla por la humanidad. Recuperar el misticismo del bien común frente al individualismo del líder es la única vía para que el encuentro con «el otro» deje de ser una agresión y vuelva a ser, como en nuestros mejores momentos históricos, una fuente de enriquecimiento mutuo.

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