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viernes 17 abril, 2026

Beirut: un secuestro en tiempos difíciles

¿Cómo se fraguó la seguridad de nuestras embajadas cuando España decidió, por fin, mirar de frente a Israel en 1986? Rafael Vera nos traslada a un Líbano desangrado por la guerra civil para narrar el angustioso secuestro de un agente del GEO y la audaz misión de rescate en el corazón de Beirut. Un relato de diplomacia al límite, espías y el sacrificio de hombres como Pedro de Arístegui, que lo dieron todo en una época donde cruzar la «Línea Verde» podía ser un viaje sin retorno.

El 17 de enero de 1986, España e Israel establecieron por primera vez relaciones diplomáticas plenas, tras casi cuatro décadas de contactos fallidos y posturas mutuamente incompatibles durante el franquismo y la Transición. Este paso puso fin a una situación anómala en Europa Occidental. España era el único país de la CEE que aún no había reconocido formalmente al Estado de Israel.

Durante la dictadura, España orientó su política exterior hacia el «mundo árabe«, por razones estratégicas y económicas, y evitó reconocer a Israel, que además había votado en la ONU contra el levantamiento del boicot diplomático a España en 1949. Aunque en los años 70 hubo contactos discretos y propuestas, como la apertura de una oficina comercial, no se avanzó por temor a una reacción negativa de los países árabes.

Con la llegada al gobierno, Felipe González concibió el reconocimiento de Israel como una «cuestión histórica», no solo política. Entre 1983 y 1985 se intensificaron las presiones de países europeos que empujaban al reconocimiento. La influencia estadounidense, especialmente del lobby proisraelí, maniobró cerca de sectores económicos españoles para que se acelerase ese reconocimiento. Por último, la actividad de la comunidad judía española, que apelaba a la herencia sefardí y a la normalización completa de la Transición, hizo el resto.

En la decisión final, abrumadoramente favorable a la normalización de relaciones, hubo un elemento que se discutió y que involucraba a Interior, especialmente a la Seguridad del Estado. Se temían las consecuencias con países árabes por su importancia energética y comercial; además, el factor seguridad estuvo muy presente por el impacto que esa decisión podría tener en la colaboración entre servicios en cuestiones de información y terrorismo.

El 10 de enero de 1986, González envió una carta conciliadora a los embajadores árabes explicando que la decisión formaba parte de una política exterior de «universalización». Por fin, el 17 de enero de 1986, en La Haya, ambos países formalizaron el reconocimiento mutuo y el establecimiento de relaciones diplomáticas. A partir de entonces se abrieron embajadas, se normalizó la cooperación política, económica y cultural, y España se alineó con el resto de Europa Occidental.

Geos para las embajadas españolas

En Interior, en paralelo a los avances diplomáticos, se convocó una «mesa informativa» para discutir los asuntos de seguridad. Estuvimos presentes, además del ministro Barrionuevo y yo mismo, Sancristóbal, los directores de la Policía y de la Guardia Civil, el comisario general de Información y los comisarios Reverte y Pulido, responsables del área de «contraterrorismo exterior».

El punto para tratar en primer lugar, y que era de aplicación inmediata dada la urgencia de reforzar la seguridad de nuestras embajadas en los países árabes, apenas se debatió porque a todos nos pareció conveniente. Sin pérdida de tiempo se definió y cuantificó: personal a destinar a las legaciones diplomáticas y los medios asignados para asegurar su tarea.

Decidimos enviar a agentes de la unidad policial más preparada para cubrir este objetivo, los GEO de la Policía. En principio, en función del país de destino y del nivel de amenaza, al menos dos miembros de la unidad a cada embajada. De esta manera se puso en marcha el plan, con reuniones y puesta al día de aquellos agentes elegidos para la misión.

En Guadalajara, en la sede de los GEO, con el comandante Holgado al frente, se les instruyó para un trabajo delicado y muy peligroso. La seguridad del embajador y la integridad de la legación diplomática quedó en manos de un grupo de hombres que habían hecho de su vida un compromiso total con el riesgo y la lealtad.

Al Líbano, en plena guerra civil

En el Líbano, uno de los países destino de nuestros GEO, aún se libraba una guerra civil cuyo origen se remontaba a un pacto fijado en 1943 que otorgaba, con gran ventaja, la presidencia y la mayoría parlamentaria a los cristianos maronitas frente a musulmanes suníes y chiíes. Era, sin añadidos innecesarios, una guerra confesional. La llegada masiva de refugiados palestinos hasta 1967 desequilibró el censo a favor de los musulmanes, creando serias tensiones con sectores maronitas. Entre 1984 y 1990 se vivió una guerra de «agotamiento», con un goteo constante de muertes en uno u otro bando.

La «Línea Verde» era la frontera interna que dividió Beirut hasta 1990. Beirut Oeste, de mayoría musulmana, suní o chií; Beirut Este, de mayoría cristiana maronita y controlada por el «Frente Libanés«. La «Línea Verde» discurría de norte a sur siguiendo el trazado de la calle Damasco, una de las avenidas más largas de la ciudad. Era una zona de edificios destruidos, fachadas perforadas por metralla y calles vacías y altamente peligrosas.

Aunque no era una frontera formal con muros y alambradas, había puestos de control de milicias en los cruces, francotiradores en las azoteas y un tránsito prácticamente imposible. Cruzarla podía significar la muerte. Lo de «verde» le viene porque allí, durante años, creció vegetación espontánea que terminó adquiriendo un color verde muy visible. En numerosos puntos, con la sangre seca de aquellos que no conseguían cruzarla.

Secuestro en Beirut

El 17 de enero de 1986, un comando armado chií interceptó una caravana de vehículos cerca del aeropuerto de Beirut y secuestró a Pedro Antonio Sánchez, agente del GEO recién llegado al Líbano para reforzar la seguridad de la embajada española, a Assad Abdo, canciller de la embajada española con pasaporte diplomático español, y a Gaspar Abdo, vicecanciller de nacionalidad libanesa.

Los secuestradores, vinculados al movimiento Amal y pertenecientes al clan Rahal, exigían la liberación de dos libaneses, Mustafá Jalil y Mohamed Rahal, presos en España por un atentado contra un diplomático libio en 1984. El grupo secuestrador se autodenominó «Black Flag» para tratar de desvincular de aquella acción al conjunto de la comunidad chií. Según las primeras informaciones que nos llegaban, se trataba de una operación de «familia», puesto que uno de los presos era del clan Rahal.

Mientras tanto, en Madrid, en el Ministerio del Interior, la preocupación iba en aumento; pasaban los días y apenas teníamos noticias de nuestro hombre en Beirut. Su compañero, el otro GEO, cumplía sus funciones con el embajador, dándole una protección escasa y, además, con la preocupación por la situación de su compañero que, probablemente, le restaba atención a su tarea.

Habíamos cometido un error de cálculo al no haber tenido en cuenta las condiciones del país en plena guerra civil. Me sentí muy comprometido con el objetivo de alcanzar la libertad del GEO. Me imaginé que un hombre como él, con su preparación física y psicológica, lo debería estar pasando muy mal, aunque confiaba en que esa misma preparación le ayudaría en los momentos más difíciles.

Pedro de Arístegui, un diplomático poco común

Nuestro embajador en el Líbano, Pedro de Arístegui, de origen vasco, nacido en Irún en 1927, era un hombre muy experimentado en destinos difíciles y con un brillante currículo como diplomático y político. Fue embajador en Nicaragua durante la Revolución Sandinista, entre 1977 y 1980, donde vivió de cerca el conflicto civil. Entre 1980 y 1982 fue gobernador civil de Guipúzcoa, participando en la lucha contra el terrorismo de ETA y en negociaciones para medidas de gracia a presos y exiliados. En 1984 fue nombrado embajador de España en Líbano.

En 1985 fue secuestrado durante varias horas por una milicia chií que pretendía canjearlo por presos en España, antecedente de lo que vino después. En su secuestro, él mismo previno a las autoridades libanesas de quiénes le iban a secuestrar y dónde iba a estar retenido, lo que facilitó su liberación. Queda claro que estábamos en las mejores manos para resolver este conflicto.

Como pasaba el tiempo y los datos que nos llegaban no eran nada halagüeños, decidí dar un paso adelante de mucho riesgo, consciente de que la vida del GEO y el efecto que estaba causando entre sus compañeros eran factores de mucha importancia para mantener el ánimo alto de los que combatían en primera línea contra el terrorismo. El comandante Holgado, con el que hablaba cada día, me comentaba la enorme preocupación que le transmitían sus hombres, llegando a señalarnos porque les parecía que no hacíamos nada para conseguir su liberación.

Una mañana de febrero me puse en contacto con Rafael Pastor, entonces director general de Asuntos Consulares del Ministerio de Asuntos Exteriores, con quien había tenido contactos frecuentes y al que atendí cuando me solicitó un comisario para que hiciese de enlace con la Comisaría General de Documentación y Extranjería.

Pastor, un diplomático de gran experiencia y con buenas relaciones en ámbitos policiales y de información, me pareció la persona adecuada para plantearle mi plan. Le propuse que viajásemos al Líbano para reforzar a nuestro embajador en las gestiones que estaba llevando a cabo. Por un lado, enviábamos un mensaje a nuestra gente de que estábamos dispuestos a llegar a donde fuese necesario para liberar al GEO, pero también a los secuestradores de que nuestro compromiso era firme.

Viaje al infierno libanés

Con el consentimiento del ministro Barrionuevo y de la Moncloa, mi secretario particular Juan de Justos hizo gestiones para conseguir un avión Mystere Falcon de las Fuerzas Armadas. No volamos a Beirut, aterrizamos en la isla de Chipre, en Lárnaca, para desde allí viajar en un ferry hasta el puerto de Beirut, «Marfa Beirut«. Los oficiales pilotos del Ejército del Aire quedaron encargados de volar a Beirut a recogernos cuando la gestión estuviese resuelta. Me había prometido volver, a toda costa, con nuestro hombre ya liberado.

Pedro de Arístegui, nuestro embajador, nos esperaba en el puerto para trasladarnos a la embajada en su coche oficial. Era un Mercedes blindado, de color blanco. Salvamos varios controles, tanto de tropas cristianas como de milicias chiitas. Nos alojamos en la residencia del embajador. Fueron cuarenta y ocho horas de dormir poco, con muchas llamadas telefónicas y mucha tensión.

A la mañana siguiente, De Arístegui nos tenía preparada una entrevista con un médico de gran prestigio que había hecho de mediador en casos parecidos. Se comprometió a conseguirnos una entrevista con Nabih Berri, ministro de Justicia libanés y líder de la milicia Amal. La cita nos la confirmó por la tarde.

Un trayecto muy peligroso en coche

La mañana del 18 de febrero salimos camino del encuentro con Berri en el Mercedes oficial: Arístegui, Pastor y yo detrás, y el chófer con el otro GEO delante. El banderín de España ondeaba sobre el guardabarros.

En el primer control, ya en zona de influencia chiita, con tres furgonetas llenas de milicianos armados con Kaláshnikov, nos pararon para pedirnos los pasaportes. El embajador se identificó y les indicó a quién íbamos a visitar; finalmente nos dieron el plácet. Más adelante apareció ante nosotros la «Línea Verde«. Un barrio lleno de esqueletos de edificios, con las fachadas ennegrecidas y perforadas por las balas que se cruzaban entre los dos bandos: cristianos y chiitas.

El edificio de las oficinas de Berri estaba rodeado de sacos terreros y planchas de acero. Nabih Berri nos recibió casi inmediatamente. Fue un encuentro frío pero respetuoso. Achacó el secuestro a la juventud de sus autores y al compromiso familiar con los detenidos en Madrid (clan Rahal). Nos solicitó que, a cambio de la liberación, España pusiese en libertad a los autores del atentado de Madrid. Le expliqué que España era un Estado de Derecho y que el ejecutivo no tenía potestad para ello; solo cuando la condena fuese firme podríamos aplicar medidas de gracia. Se comprometió a contestarnos en veinticuatro horas.

Un abrazo para un reencuentro feliz

Al día siguiente, a media tarde, llegó la llamada: al día siguiente por la mañana, en la oficina de Berri, nos entregarían a nuestro GEO y a los dos funcionarios de la embajada.

En el último viaje recogimos a Pedro Sánchez. Le habían permitido lavarse y afeitarse, aunque estaba desmejorado por el mal trato y la pésima alimentación. Le abracé con emoción cuando me reconoció. Un héroe, de los muchos que tuve a mi alrededor y que nunca les reconocimos como tales.

El 16 de abril de 1989, el embajador de España en el Líbano, Pedro Manuel de Arístegui y Petit, murió en Beirut durante un episodio de la guerra civil libanesa. Un proyectil de artillería disparado desde las filas del ejército sirio impactó directamente contra el comedor de la embajada de España, situada en el barrio cristiano de Hadath. En el ataque murieron también su suegro y su cuñada. De Arístegui falleció en el hospital del Sagrado Corazón.

Pedro de Arístegui, otro héroe de tiempos difíciles.

Rafael Vera.

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