Cuatro escenas de una memoria política
Estas páginas recorren algunos de los episodios que más intensamente marcaron mi memoria de aquellos años. Los conocí en dos planos que a veces se tocaban y otras parecían discurrir por cauces distintos: el de la calle y la universidad, donde aprendí muy pronto la intemperie de la protesta y el peso de la represión; y el del Interior del Estado, donde más tarde seguí de cerca otras tramas de conspiración, violencia y maniobras discretas. No son historias idénticas ni obedecen a una sola lógica, pero comparten el clima incierto de una época en la que el destino español parecía dirimirse, una y otra vez, tanto en la calle como en la sombra. Leídas en secuencia, componen no solo una cadena de hechos, sino también una reflexión personal sobre la fragilidad del poder, la persistencia de las sombras y el precio siempre inacabado de la vigilancia democrática.
Si después conocí la historia desde la responsabilidad de Interior, mis primeros episodios fueron otros: los de la universidad, la calle, la protesta y la sensación de que la libertad empezaba, precisamente, donde el miedo todavía mandaba.
Argüelles: la calle y la intemperie
Antes de los despachos y de las conspiraciones, yo conocí una historia que corría por la calle. En Argüelles aprendí que la protesta también podía ser una forma temprana de libertad.
Antes de los despachos cerrados, de los hoteles discretos y de las conversaciones al borde del secreto, yo viví también un barrio y una universidad en ebullición. Argüelles fue, para mí, mucho más que un escenario político: fue un paisaje de infancia y juventud, con aquel inmenso solar frente al antiguo Ministerio del Aire donde se instalaban las verbenas, el Circo Americano o aquella gran carpa que guardaba, para asombro de niños y no tan niños, el cuerpo desmesurado de una ballena: la Moby Dick. Todavía me vuelve el olor de aquel recinto, una mezcla extraña de aceite de ricino y formol que se pegaba a la memoria como se pegan las imágenes que uno no termina de saber si eran reales o soñadas.
En ese mismo barrio, sin embargo, la historia dejaba pronto de ser una palabra abstracta y se convertía en respiración entrecortada, en pasos apresurados, en el ruido seco de una persiana o en la carrera repentina al doblar una esquina. En los tiempos finales del SEU, con la aparición de las APE y, más tarde, de la FUDE, vi cómo la vida universitaria empezaba a resquebrajar por dentro la disciplina oficial del régimen. Huelgas, asambleas improvisadas, octavillas, pasillos vigilados y cargas de los grises formaban parte de una educación sentimental y política que aprendí, al mismo tiempo, en las aulas y en la calle. Cuando recuerdo Argüelles, no veo solo un escenario: vuelve una mezcla muy concreta de miedo y descubrimiento, de intemperie y despertar, de juventud y riesgo.
Con los años, vi cómo ese mismo paisaje quedaba marcado también por una violencia de otro signo. En el entorno del Arco del Triunfo, sobre la avenida que se abre hacia la Ciudad Universitaria, fue asesinado el general Víctor Lago Román, jefe de la División Acorazada Brunete, abatido en noviembre de 1982 cuando se dirigía a su puesto de mando. Y en las inmediaciones de Argüelles, cerca de Ferraz y de Romero Robledo, la historia dejó otra herida con el asesinato, el 29 de enero de 1984, del teniente general Guillermo Quintana Lacaci, ex capitán general de la I Región Militar. Aquel crimen fue, para mí, el primer general asesinado por ETA estando ya en Interior, y me confirmó que aquel barrio no había sido solo geografía de protesta estudiantil, sino también un territorio donde la memoria del régimen, la contestación de la calle y la persistencia de la violencia política llegaron a rozarse casi esquina con esquina.
El Pardo: la inquietud nuclear y sus sombras
La visita de Kissinger a Madrid no fue, para mí, solo un gesto diplomático. Bajo la cortesía oficial se insinuaban ya la inquietud nuclear, las presiones de las grandes potencias y algunas sombras que, con el tiempo, volverían a proyectarse sobre otros episodios.
El Pardo fue, durante años, uno de esos lugares donde la política parecía desarrollarse lejos del ruido y, sin embargo, decidirlo todo. Allí, en la distancia solemne de los salones oficiales, la historia no se manifestaba con la violencia visible de la calle, sino con otra forma de tensión: la que nace cuando un país envejecido intenta negociar su lugar en un mundo que cambia demasiado deprisa. A finales de 1973, cuando el franquismo entraba ya en su fase crepuscular, la visita de Henry Kissinger a Francisco Franco añadió una gravedad singular a aquel tiempo de incertidumbres. Vista desde hoy, aquella escena en El Pardo resume una tensión de fondo: la de una España que buscaba afirmarse en un tablero hostil y la de una potencia que no estaba dispuesta a tolerar que un aliado incómodo jugara por su cuenta con el equilibrio atómico.
La entrevista fue presentada oficialmente como parte de las conversaciones bilaterales y del examen de la situación internacional, pero las lecturas posteriores la situaron también bajo la sombra del Proyecto Islero, el programa con el que España aspiraba a dotarse de una capacidad nuclear propia. No existe una prueba pública concluyente de que el viaje tuviera como único propósito forzar la renuncia a la bomba, aunque sí abundan las referencias a una presión diplomática más amplia, encaminada a contener cualquier deriva estratégica autónoma del régimen. La autoría material del atentado contra Carrero Blanco correspondió a ETA. Las dudas que algunos antiguos responsables de la Brigada Político-Social me manifestaron no se referían a ese hecho, sino a la posible ayuda exterior que la organización pudo recibir: en concreto, la hipótesis de que algún servicio de inteligencia de un país satélite de la antigua URSS hubiera facilitado apoyo o cobertura, y de que ese canal pudiera haber estado, a su vez, manipulado por algún servicio de inteligencia estadounidense. Nada de ello ha quedado asentado de manera concluyente en la documentación pública, y conviene leerlo, por tanto, como parte del terreno de las sospechas y de las interpretaciones con que algunos intentaron explicar la zona más opaca de aquellos años.
La cafetería Galaxia: antesala del 23 de febrero
En 1978 comprendí que la amenaza no venía solo de fuera. La democracia naciente tenía también enemigos dentro de casa, y uno de ellos acabaría irrumpiendo años después en el Congreso.
Si El Pardo condensó la tensión de una soberanía vigilada desde fuera, la cafetería Galaxia devolvió la amenaza al interior mismo del país. No hacía falta que fuera un gran escenario: bastaba un café de Madrid, una conversación entre hombres uniformados y la sensación, apenas perceptible, de que la democracia podía venirse abajo antes incluso de haber echado raíces. Allí, en la calle Isaac Peral, en noviembre de 1978, se reunieron varios mandos militares y policiales en torno a un plan que buscaba quebrar el frágil equilibrio de la joven democracia española. Entre ellos estaban el teniente coronel Antonio Tejero y Ricardo Sáenz de Ynestrillas, comandante de la Policía Armada. Aquel mismo Tejero aparecería después, de forma ya irreversible en la memoria del país, al frente del asalto al Congreso de los Diputados el 23 de febrero de 1981. Vista con perspectiva, la reunión de Galaxia quedó como una antesala áspera y reveladora del clima conspirativo que siguió latiendo bajo la superficie de la Transición.
Con el tiempo, algunos intentaron rebajar aquella cita al rango inocuo de una «charla de café», como si el rumor de las tazas pudiera amortiguar la gravedad de lo que allí se proponía. Pero las investigaciones posteriores mostraron otra cosa: bajo la apariencia banal de un encuentro discreto se insinuaba un proyecto de fuerza, una tentativa de imponer por medios extralegales lo que las urnas y la ley trataban de construir con dificultad. La Operación Galaxia fue desarticulada antes de consumarse y, sin embargo, dejó una huella inquietante: la certeza de que la democracia española no avanzó solo entre consensos y discursos, sino también entre amenazas sordas, lealtades quebradas y nostalgias autoritarias. Años después, el propio Ricardo Sáenz de Ynestrillas sería asesinado por ETA en Madrid, junto al teniente coronel Carlos María de Yturriaga y al soldado conductor Francisco Casillas. Era como si la violencia de aquellos años siguiera cerrando sus cuentas pendientes sobre los mismos nombres. Mirada desde hoy, aquella escena pertenece no solo a la crónica judicial, sino también a la memoria emocional de un país que aprendía, a veces con miedo, que la libertad nunca llega del todo a salvo.
El Hotel Mindanao: diplomacia, sombras y memoria
En 1986, desde Interior, comprobé que las sombras no habían desaparecido. Solo habían cambiado de forma y seguían avanzando en voz baja.
Cuando se produjo el episodio del Hotel Mindanao, yo estaba ya en Interior. Por eso no lo recuerdo como una escena lejana ni como una simple reconstrucción posterior, sino como una operación que seguí desde mi despacho a través de la Brigada de Interior de la Policía. Aquella tarde de enero de 1986, mientras Madrid seguía con su tráfico, su invierno y sus conversaciones apresuradas, a mí me llegaba otra clase de información: movimientos discretos, contactos vigilados y la sensación de que tras aquella cita podía haber algo más que una reunión diplomática. Distintas crónicas situaron allí la reunión entre el coronel Carlos de Meer y el diplomático libio Saed Mohamed Alsalam Esmaiel, previa al viaje a Trípoli en el que, según diversas informaciones, acabaría produciéndose un encuentro con Muamar el Gadafi. En torno a aquella operación se evocó incluso la búsqueda de apoyos exteriores para una posible intentona.
Yo siempre supe distinguir entre la información operativa que manejábamos entonces y las interpretaciones que crecieron después alrededor de aquellos hechos. En el caso del Mindanao, lo que seguíamos desde Interior era una operación concreta de 1986, ligada a contactos discretos y a la posible búsqueda de apoyos económicos exteriores para una intentona. Las lecturas más antiguas y sombrías sobre otros encuentros en ese hotel pertenecen, a mi juicio, al terreno de las sospechas y de las versiones no acreditadas de forma concluyente. Conviene leerlas, por tanto, como parte del imaginario conspirativo con que algunos sectores intentaron descifrar las zonas más opacas de aquellos años.
Aun así, lo que permanece en mi memoria no es solo la información, sino también el clima de aquellos días: la sensación de que la democracia española seguía teniendo enemigos capaces de moverse con discreción, de buscar apoyos en la sombra y de apostar por soluciones de fuerza, cuando aún no estaba tan lejos el eco del golpismo. El Hotel Mindanao quedó, para mí, unido a ese tiempo en que desde Interior había que mirar, a la vez, lo visible y lo invisible, lo que estaba ocurriendo y lo que podía estar preparándose. Recordarlo no exige exagerar nada; exige, más bien, reconocer que hubo años en los que el porvenir de un país podía rozarse en una conversación reservada, en un encuentro vigilado, en un silencio demasiado largo.
Mirados en conjunto, estos episodios forman para mí una sola cartografía de inquietud: la de una España que atravesó los años decisivos de su historia reciente bajo la presión simultánea de la protesta y la represión, de las amenazas externas, de las tentaciones autoritarias y de las maniobras en la sombra. Yo los conocí en la calle, en la universidad y, más tarde, desde la responsabilidad de Interior. Argüelles, El Pardo, la cafetería Galaxia y el Hotel Mindanao fueron, cada uno a su modo, escenarios de una misma pedagogía del riesgo, lugares donde aprendí que la democracia no nace blindada ni la soberanía se ejerce sin conflicto. Tal vez esa sea la lección más honda que me dejaron aquellos años: que un país también se construye en sus zonas de penumbra, en momentos en que todavía no se sabe si prevalecerán la ley o la fuerza, la apertura o el retroceso. Recordarlos no significa ceder al dramatismo del pasado, sino comprender con mayor claridad el precio de lo que hoy parece natural. Porque la libertad, cuando ha sido verdaderamente conquistada, no se hereda: se reconoce en sus amenazas, se honra en la memoria y se defiende, siempre, contra el regreso de la noche.


