Ciencia, Industria y Economía
IDEAS PARA UN PROYECTO LLAMADO ESPAÑA
En su artículo “Hacer Ciencia en España sigue siendo llorar”, publicado hace unos días, su autor, Ricardo Peña, Catedrático y Miembro del Consejo Social de la UPM, ponía sobre la mesa una cuestión muy importante que invita a reflexionar. Ciertamente, como señala, estamos ante una decisión estratégica: “Se trata de si apostamos o no por el mucho talento que atesoran nuestras universidades y centros de investigación y, en caso afirmativo, de dedicar la suficiente inversión”.
Como bien apunta en su artículo, es cierto que afortunadamente hemos dejado ya atrás años, o siglos, de desinterés y retraso en el apoyo a la ciencia, y que a partir del establecimiento de la democracia, en 1.977, las cosas han cambiado. Pero lentamente, pues seguimos estando por debajo de la media de la UE en porcentaje de recursos sobre PIB destinados a I+D.
Esta realidad y las grandes transformaciones y cambios que estamos viviendo en el mundo en los últimos años, nos llevan a reflexionar sobre si la decisión urge o no, y si realmente los responsables políticos están valorando adecuadamente algunas de esas grandes transformaciones, su dinámica, sus implicaciones, y los retos que plantean en relación a los avances científicos.
Y cuando me refiero a valorar adecuadamente, me refiero a la visión o enfoque con la que se miran esos cambios, y en concreto a dos cuestiones: en primer lugar, a la utilidad de contar con expertos científicos a los que pedir opinión antes de adoptar determinadas decisiones, o de implementar políticas públicas; y en segundo lugar, a si se tiene en cuenta lo que aporta participar e implicarse más como país en el desarrollo de las innovaciones científicas y tecnológicas que pueden tener aplicación inmediata en la industria.
En cuanto a la primera cuestión, la propia realidad nos lo ha puesto en evidencia en el ámbito de la salud. Es un hecho que la pandemia de la Covid, de la que casi no nos acordamos ya, puso de manifiesto el papel critico que tienen los expertos científicos y la cooperación internacional a la hora de adoptar decisiones ante un problema sanitario, de dimensión global. Y es razonable pensar que, de una forma u o otra, en algún momento, surgirá otra crisis sanitaria que exigirá una respuesta adecuada. Y a la misma conclusión llegamos si pensamos en problemas medioambientales graves, como contaminación de los mares o del aire que respiramos, o catástrofes climáticas.
De hecho, la OCDE ha venido insistiendo desde hace años en este tema, y ya hoy son cada vez más los países que tienen institucionalizado, jugando un papel activo real y no sólo nominal, la figura del asesoramiento científico al Gobierno; Reino Unido, Francia, Alemania, EEUU, Japón, Australia son algunos ejemplos. España afortunadamente se está incorporado por fin a esta práctica, aunque muy recientemente, al crearse en 2024 la ONAC, Oficina Nacional de Asesoramiento Científico, integrada en el Gabinete de la Presidencia del Gobierno. Tras su puesta en marcha, en abril de este año 2026 ha hecho público su primer Informe, “Foros ONAC de asesoramiento científico. Recomendaciones y Prioridades”, en el que recoge 30 recomendaciones de acción, de las que afirma un 80% están ya en marcha. Habrá que esperar a que su papel se consolide y sea aceptado y asumido como práctica.
Pero junto a este tema del “asesoramiento” está la segunda cuestión, más directamente ligada con el mundo de la industria y la empresa. La visión de lo útil que resulta para un país que científicos nacionales se impliquen con los centros más punteros en el mundo en investigación. Y es que también el concepto de I+D ha cambiado y no es como era antes.
Hace años, se hablaba de Inversión básica frente a Inversión aplicada, asociando la primera a los centros públicos y la segunda a empresas, o a centros o universidades con proyectos asociados a empresas. Pero realidad ha cambiado y con ella debe cambiar también nuestra visión. En contra de la idea dominante de que los grandes avances son resultados de la inversión privada en I+D, parece más bien que muchas empresas privadas se han basado, en gran medida, en avances y descubrimientos financiados con fondos públicos para incorporarlos a sus productos o procesos y generar innovaciones. El caso más paradigmático es el de Apple. El mérito innegable de Steve Jobs fue no tanto invertir en I+D, sino saber identificar avances conseguidos en diferentes laboratorios públicos y «aprovecharse» de ellos incorporándolos e integrándolos en unos dispositivos eficaces, fáciles de usar y atractivos. Y ese ha sido el caso también de muchas innovaciones generadas e incorporadas en los sectores TIC y farmaceútico, en los últimos años en el RU y EEUU, como ha puesto de manifiesto Mariana Mazzucato en su libro, ya clásico, «El Estado emprendedor. Mitos del Sector Público frente al Privado”.
Todo esto hay que hay que ponerlo en relación con otro hecho: el desarrollo de grandes centros o infraestructuras científicas de investigación, supranacionales. Dado que en el ámbito de la Investigación científica se requieren grandes cantidades de recursos, la cooperación internacional ha potenciado que expertos científicos de diferentes países trabajan juntos, colaborando a su vez con los centros nacionales especializados. Es el caso del CERN (pionero en la física de partículas), ESO (astronomía), el Proyecto ITER (en fusión nuclear), y otras infraestructuras análogas.
La investigación en esos centros públicos supranacionales en los que participamos, no sólo es potencialmente generadora de nuevos descubrimientos y avances, sino que además, en muchos casos, incentiva a que las empresas que trabajan con ellos y les proporcionan equipos y herramientas, incorporen innovaciones en respuesta a las necesidades que deben solucionar. Las innovaciones en materia de maquinaria, nuevos materiales, mecanismos de control, o software, respondiendo a los requerimientos de los investigadores para poder avanzar más en su trabajo, acaban incorporando nuevos avances tecnológicos que, posteriormente, pueden tener amplias aplicaciones en otros sectores. Un ejemplo claro son los avances en medicina y en particular en radiología y en imágenes, o los de tratamiento de frío, derivados de trabajos realizados por empresas y centros para el CERN; el que la www o web se inventara en ese gran centro de investigación; los avances en fotónica, fotografía digital o mecánica de precisión derivados de tecnología para telescopios; o las aplicaciones en nuevos materiales y nanotecnología.
De ahí que sea crítico el apoyar a que científicos y tecnólogos españoles trabajen en esos centros punteros y se produzca una relación directa con centros de investigación nacionales y empresas del “sector ciencia” que se relacionan con ellos. Pero no sólo tienen que ser universitarios y doctores, también es deseable que técnicos en Formación Profesional trabajen y se formen adquiriendo conocimiento en esos centros. Por citar un ejemplo: En el CERN, hay un gran tubo o anillo circular de 27 kms a 100 metros bajo tierra, donde en una atmósfera de vacio, a -272º se hacen circular partículas a la velocidad de la luz para que choquen en un punto y poder reproducir así el “big bang” que dio origen a la materia, y analizar cómo éste se formó. En el impacto la temperatura se eleva cientos de grados. Obviamente, y aparte del formidable trabajo de los científicos implicados, los técnicos u operarios que realizan y controlan las soldaduras, las conexiones eléctricas, o la operativa del software, tienen una formación práctica y experiencia que muchas empresas españolas en sectores de alta tecnología, desearían tener.
En definitiva, apostar por que haya científicos y también técnicos y operarios trabajando en dichos centros debería ser una prioridad. Afortunadamente, y por el alto nivel de muchos expertos formados en España, en todas estas infraestructuras hay españoles en puestos de relevancia y de dirección, aunque lamentablemente aquí muchos no lo saben o no lo consideran relevante. De hecho, y citando una frase del artículo de Ricardo Peña, que comentábamos al inicio, “pasó ya la época en que se dudaba del talento investigador de los españoles. Estos han demostrado ser tan capaces como los que más cuando se les proporciona el entorno apropiado”. Aunque es una pena que no se ha avanzado aún en un sistema de formación ad hoc para profesionales técnicos.
El análisis de estas dos cuestiones a las que nos referíamos, esto es, la necesidad de incorporar el asesoramiento científico, y el potenciar una mayor integración de científicos y técnicos en los trabajos de los grandes centros de investigación, nos lleva a nuestra reflexión final.
En el mundo actual, la competitividad de un país y de sus sectores productivos depende cada vez más de la capacidad de sus Gobiernos de diseñar y desarrollar políticas de apoyo a sectores dinámicos y con potencial. Estas deben de estar basadas en análisis técnicos de tendencias, el potencial del país, e implementarse en un marco de colaboración público privada transparente, apoyando nuevas iniciativas emprendedoras. Esta frase puede parecer hueca y rimbombante pero toma pleno sentido si se piensa en aquellos países que han desarrollado sus estrategias-país en momentos críticos siguiendo ese criterio; Finlandia, Corea, Irlanda, Taiwan, etc… son algunos ejemplos; todos pasaron de ser economías más o menos estancadas a competir en primera línea. El salto lo dieron al diseñar una estrategia frente a las TIC.
Y hoy nos enfrentamos a nuevos retos. Lo que Jeremy Rifkin, de la Foundation on Economic Trends, llama la revolución de la producción o cuarta Revolución Industrial, que incluye cambios disruptivos tan relevantes como las posibilidades de aplicación de la nanotecnología a los diferentes sectores, la impresión en 3D, la biotecnología marina, la biomedicina, la energía, el coche eléctrico, etc … A ello hay que sumar la creciente digitalización de la economía, internet de la cosas, y el creciente protagonismo del software y la seguridad informática. Adecuarse y posicionarse ante estos cambios y apostar por sectores o actividades de futuro es la clave para un desarrollo económico que ofrezca oportunidades de empleo a las nuevas generaciones.
Y ello implica, un cambio de visión. La inercia o apoyarse sólo en éxitos pasados no sirve. Quizás la manera más acertada de expresarlo es la utilizada por Javier Santiso como titulo de su libro “España 3.0. Necesitamos resetear el país”, publicado el año pasado (https://www.javiersantiso.com/projects/espana-3-0-resetear-pais/ ). De ahí que haya asumido en este artículo esa idea de “resetear”. En su libro, de recomendable lectura, Javier Santiso afirma que si queremos avanzar y aumentar el bienestar de los ciudadanos en los próximos años, España tiene que apostar por la educación, la innovación, la digitalización y la internacionalización.
La cuestión es que aunque muchos coincidamos en esto, otros muchos, con mayor capacidad de influir, optan por la inercia o simplemente mantienen una visión que ya va quedando desfasada. Y esto es especialmente grave cuando pensamos en los responsables políticos.
Pero el futuro está en juego y continuar sin hacer un ejercicio serio de evaluación, periódica, de las políticas que se aplican con el fin de poder introducir los cambios necesarios, conduce más bien en dirección al fracaso y a la pérdida de una oportunidad. Ejemplos de ello también los hay en algunos países del mundo desarrollado.
De ahí que lo deseable sería que, al igual que para otras grandes decisiones, se acordara en España un consenso para seguir incrementando los recursos públicos para Investigación y Ciencia, y reforzar el apoyo a la participación de científicos y técnicos españoles en los centros internacionales más pioneros. Y pensando en el papel de los responsables políticos, deberíamos insistir en que tomaran en consideración el mensaje que lanzó hace unos años el ex Primer Ministro Finlandés Esko Aho, en una importante reunión de la OCDE en Seul, en la que participé, y que sigue siendo de actualidad, cuando dijo que los políticos tienen que pensar no tanto en las “next elections but in the next generations”.
Miremos al futuro, pensemos lo que es bueno para nuestro país, y apostemos por la ciencia y la innovación, pero hagámoslo cambiando la visión tradicional del papel de la ciencia y de la I+D. En definitiva, reseteemos la visión y el planteamiento. Y no es necesario ser un tecnólogo para hacer ese reseteo.


