miércoles 22 julio, 2026

Arqueología política en la izquierda

      Uno confiesa que es indiferente a la suerte que pueda correr la autodenominada » izquierda transformadora». Más que nada porque creo que, más que transformar, lo suyo consiste en empeorar las cosas. Sus avatares, idas y venidas, separaciones y conjunciones, parecen el cuento de la buena pipa. En otro tiempo se decía que la izquierda tenía principios y la derecha intereses y que, por esa poderosa razón, la primera tendía a la escisión y la heterodoxia y la segunda a la conjunción y a la unión rebañega.

      Quizás fuera así, hace bastantes años. Lo digo por experiencia. En el antiguo PCE, el de verdad, el que dirigía Santiago Carrillo, éramos capaces de cortar un pelo en cuatro. Leíamos con porfía a los clásicos del marxismo, sabíamos aquilatar las diferencias y matices entre Lenin y Gramsci ( cosa que, por cierto, nunca lograron Iglesias ni Errejón).Teníamos un respeto reverencial por la teoría porque sin ella no había práctica revolucionaria. Nos parecía increíble que nuestro profesor de estructura económica, Berzosa de apellido, declarara en clase que no había leído El Capital. Del fondo del aula salió un rumor: ¡tufarro! Berzosa, sin conocer a fondo a Marx, llegó a ser rector de la Universidad Complutense, y contribuyó con su ignorancia a la decadencia de esta institución.

      Ahora esto no ocurre. Ahora cada grupo izquierdista regional -Compromis, Comuns, BNG-, cada retal de organización, Podemos, IU, defiende con uñas y dientes su parcelilla de influencia. Y cuando logra confluir en una sola sigla, se empecina en seguir restando, luego de sumar para fines exclusivamente electorales. Hay disputas, claro, pero no tratan de Gramsci o de Zizek, sino de quienes ocuparán los lugares más favorecidos en las listas electorales.

      La última originalidad de esta izquierda ha consistido en la promesa de alianza entre Podemos y un dirigente de ERC, un adalid del separatismo catalán, el señor Gabriel Rufián. El marxismo siempre afirmó, con razón, que el nacionalismo era una ideología burguesa o pequeño burguesa, que no hacía sino distraer a los trabajadores de su misión emancipadora. Pero la cosa parece haberse transformado de raíz. El milagro ha sido hecho por la ambición de un señor que no quiere abandonar la vida madrileña -urgido por su partido- y una señora que pretende sobrevivir a la quema….agarrándose a un clavo ardiendo. Pero este no es el único disparate.

      Hace días, con motivo de las campañas electorales en curso, he tenido ocasión de escuchar al señor Antonio Maíllo, que encabeza al parecer a la menguada hueste de Izquierda Unida. Andalucía es generosa al proporcionar orates al resto de España, desde Anguita hasta Maillo. Gritaba este señor aquello de «Otan no, bases fuera», una vieja consigna que hoy podría asumir perfectamente el desnortado presidente Trump. También ha reclamado la expropiación de las clínicas privadas, para de esa forma ampliar y reforzar la sanidad pública. Y ha asegurado que lo hará si gobierna, «caiga quien caiga». En realidad, ningún partido serio pone en duda a la sanidad pública. Pero la reciente izquierda, que va tirando a paleolítica, lejos de resolver problemas, los crea donde no los hay.

   El señor Maillo es militante del PCE, el de ahora, un comunismo de mentirijillas, que tiene cono secretario general a un señor que ha tenido el cargo de director general de una cosa rara que se llama Agenda 2030, aparte de asesor jurídico de las FARC, el grupo guerrillero colombiano. Y también disfruta  como militante destacada a Yolanda Díaz, la ministra más «fashion» y de sintaxis más singular de la democracia española, sorprendente prologuista de una nueva edición del Manifiesto Comunista, un texto que oscila entre la cursilería: “escrito con tinta indeleble en el viento de la historia”, y la ignorancia más crasa, como afirmar que la dictadura del proletariado, pieza clave en el pensamiento político marxista, no corresponde “al sustrato exacto de sus tesis”.

      Acaso pueden darnos miedo las delirantes promesas del señor Maillo? La hostilidad a la disciplina laboral que, de boca para afuera, declara la ministra de Trabajo? La campaña de insultos contra el propietario de Mercadona en la que se empecinan las decaídas musas de Podemos? Digamos un miedo parecido al que siente y proclama  el columnista Jiménez Losantos: ¡Que vienen los comunistas! Miedo no  dan, risa más bien. Anticapitalismo de pacotilla. Un fantasma recorre España. No es el fantasma del comunismo, el que murió para siempre con la caída de la URSS, sino el espectro de la falta de ideas, el apego al cargo y a la buena vida, la farsantería y la ridiculez

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