Como es sabido, España perdió el tren de la ciencia muy pronto. Seguramente, a partir de la muerte de Felipe II a finales del siglo XVI. Por ser durante ese reinado la potencia mundial dominante, España era puntera en áreas como la geografía, la astronomía y las matemáticas. Pero, luego, se vio envuelta en una serie de guerras —de los treinta años (1618-1648), de sucesión (1701-1714), de la cuádruple alianza (1718-1720), varias en Italia (1733-1748), etc.—que la tuvieron muy ocupada durante los siguientes dos siglos. El siglo XIX no fue mucho mejor, pues hay que añadir la guerra de la independencia contra Napoleón (1802-1814), tres guerras civiles —las llamadas guerras carlistas, que consumieron un total de 17 años de enfrentamientos—, dos breves experimentos liberales —el trienio liberal y la Primera República—, dos restauraciones monárquicas y numerosos golpes de estado en forma de pronunciamientos militares, uno de ellos con la ayuda de 100.000 soldados franceses.
No hubo, pues, mucha tranquilidad para incorporarse a las corrientes del conocimiento que despuntaban en varios países de Europa. No tuvimos, por desgracia, ningún Descartes (1596-1650) español, ningún Leibnitz (1647-1716) ni ningún Newton (1643-1727). Tampoco un Euler (1707-1783), un Gauss (1777-1855), un Riemann (1826-1866) o un Maxwell (1831-1879), por citar solo algunas de las grandes cabezas de esos tres siglos.
He leído recientemente el libro Historia de la Física Cuántica del físico y divulgador español José Manuel Sánchez Ron y no he podido evitar sentir una mezcla de envidia y desolación. Envidia, por ver cómo se fue abriendo paso en varios países esta rama del saber que es la base de la moderna civilización que hoy disfrutamos. Desolación, por constatar cómo España estuvo ausente en todos esos descubrimientos, experimentos y teorías.
Mientras Marie y Pierre Curie descubrían el polonio y el radio en París (1898) y muchos otros científicos se ocupaban de la radiactividad, España estaba perdiendo la guerra de Cuba —perdiendo también las Filipinas y Puerto Rico, sus ultimas colonias— y entrando en una gran depresión patria. El nacimiento de la mecánica cuántica —Max Planck 1900, Albert Einstein 1905, Niels Bohr 1913— cogió a España ocupada en su guerra colonial en Marruecos, con las secuelas del desastre del Barranco del Lobo y la semana trágica de Barcelona (1909).
Los grandes avances de los años veinte —la dualidad onda-corpúsculo de De Broglie (1923), la mecánica matricial de Heisenberg (1925), el principio de exclusión de Pauli (1925) y la mecánica ondulatoria de Schrödinger (1926)— coincidieron con el desastre de Annual, donde murieron 10.000 soldados españoles y la secuela de la dictadura de Primo de Rivera (1923-1930).
Cuando en Europa y Estados Unidos se investigaban las fuerzas nucleares (1935-1939), la antimateria (1932-1939), los rayos cósmicos (1930-1939) y la fisión del uranio (1939-1946), España estaba ocupada en una sangrienta guerra civil (1936-1939) y entrando en un túnel para la ciencia —la dictadura de Franco— que duraría cuarenta años.
El único efímero florecimiento de la investigación española fue debido a la Junta de Ampliación de Estudios —creada en 1907 y presidida inicialmente por Santiago Ramón y Cajal—, que fomentó la ciencia mediante la concesión de becas para investigar en el extranjero y que pervivió hasta que Franco la suprimió en 1939. Solo un nombre español aparece en el libro de Sánchez Ron y es precisamente el de un físico aragonés —Miguel Antonio Catalán— becado por esta institución, que trabajó sobre los espectros atómicos con Alfred Fowler (Imperial College de Londres) en 1920-21 y con Arnold Sommerfield (Universidad de Munich) en 1924-25.
En la etapa democrática —a partir de 1977— las cosas mejoraron, pero de un modo desesperantemente lento. España nunca alcanzó en todo este tiempo el nivel promedio de inversión en investigación de la Unión Europea, manteniéndose sistemáticamente por debajo de la mitad de dicha inversión. Y ello pese a ser la cuarta potencia por tamaño de PIB. En 2024 alcanzamos, con la ayuda de los fondos Next Generation, el 1,5 % del PIB (unos 24.000 millones), cuando el promedio de la UE estuvo en el 2,24%. Un 44% fue inversión pública y, el resto, privada. Nos faltarían, por tanto, 12.000 millones para estar simplemente en la media europea.
La investigación de la universidad pública representa cerca del 60% de toda la inversión pública en I+D y, en los últimos años, se ve aquejada por una conjunción de factores que hacen cada vez más difícil realizar esa labor. Uno de ellos, la infrafinanciación de que son objeto las universidades por parte de la mayoría de las comunidades autónomas, que son las responsables de sufragar sus gastos corrientes y sus plantillas. Otro, la tremenda carga burocrática que soportan desde que se inventaron las agencias de acreditación y verificación de titulaciones. Cada poco tiempo, los profesores deben emitir informes detallados, estadísticas y justificaciones para alimentar la voracidad de las agencias. A ello hay que añadir la burocracia asociada a solicitar, gestionar y rendir cuentas de los proyectos de investigación competitivos que convoca la Agencia Española de Investigación. Un simple viaje a un congreso o la compra de un material puede conllevar rellenar numerosos permisos y justificaciones. La conjunción de unas plantillas escasas, con la consiguiente sobrecarga docente, y la descomunal burocracia dificultan cada vez más que los profesores se dediquen al estudio y a la creación de conocimiento, actividades que deberían ocupar, junto con la docencia, la mayor parte de su tiempo.
Otra enseñanza que extraigo del libro de Sánchez Ron es que los países más ricos son aquellos que más han invertido previamente en ciencia y no a la inversa. Al comienzo del siglo pasado destacan sobre todo los científicos ingleses y alemanes, con ocasionales aportaciones de Francia, Dinamarca y Países Bajos, lo que coincide con las dos potencias que fueron dominantes hasta la Segunda Guerra Mundial. A partir de los últimos años veinte, van tomando el relevo los Estados Unidos y Japón y empieza a despuntar la Unión Soviética. En la actualidad, la Unión Europea ha quedado atrás en ciencia y son dominantes los EE.UU. y China. Esta última lleva invirtiendo grandes cantidades en investigación desde hace al menos treinta años. Entre 1991 y 2018, su inversión se multiplicó por 35 y, en 2024, invirtió más de medio billón de euros. El conjunto de la UE no llegó a 400.000 millones ese mismo año.
Pasó ya la época en que se dudaba del talento investigador de los españoles. Estos han demostrado ser tan capaces como los que más cuando se les proporciona el entorno apropiado. Es una decisión estratégica si España —y también Europa— desea estar entre los países avanzados o conformarse con ser un país de servicios y de solaz para los turistas. Se trata de si apostamos o no por el mucho talento que atesoran nuestras universidades y centros de investigación y, en caso afirmativo, de dedicar la suficiente inversión.
Por si alguien duda de los beneficios que reporta la investigación, voy a citar solo algunas de las tecnologías a las que ha dado lugar la investigación en física cuántica, para que se pueda juzgar el impacto que han tenido en nuestras vidas: los semiconductores —y, por tanto, los computadores y los teléfonos móviles—, los diodos LED —y, por tanto, nuestra iluminación actual y los televisores— la resonancia magnética, la tomografía por emisión de positrones —o sea, los PET que detectan el cáncer—, las células fotoeléctricas, los paneles fotovoltaicos —que nos dan energía gratis y no emiten de CO2—, el láser, la microscopía electrónica y, como consecuencia, la nanotecnología con sus numerosas aplicaciones médicas y de creación de nuevos materiales.


