EL CONFLICTO DEL SAHARA
Álvaro Frutos Rosado
¿El Mes de la Solución del Conflicto del Sáhara?
El Plan de Autonomía Marroquí ante la encrucijada de la ONU
El calendario guarda a veces ironías cargadas de historia. Octubre de 2025 no será un mes cualquiera: el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas volverá a reunirse para renovar el mandato de la MINURSO, justo en el 50º aniversario de la Marcha Verde. Medio siglo después de aquel éxodo multitudinario hacia las arenas del Sáhara, el conflicto parece acercarse, al fin, a una salida política. Por primera vez en cincuenta años, la idea del autogobierno saharaui dentro de Marruecos emerge como la única vía posible, la más realista, para cerrar una herida que ha dividido pueblos, familias y diplomacias durante generaciones.
No será sencillo: ningún desenlace de esta magnitud lo es. Se necesitarán pactos amplios y, sobre todo, un ejercicio de voluntad política sincera. Lo que está en juego no es solo el futuro de un territorio, sino también la credibilidad de la ONU, la estabilidad del Magreb y la paz en un Sahel acosado por el terrorismo y la fragilidad de los Estados. Estamos, sin duda, ante un punto de inflexión decisivo, comparable a esos momentos en que la historia parece detenerse para que los pueblos decidan su destino.
Entre la Expectativa y la Consagración de una Solución
Los pasillos de la ONU resuenan con rumores: el Informe del Secretario General y la resolución que lo seguirá podrían inclinar la balanza definitivamente hacia la autonomía marroquí, dejando atrás la promesa incumplida del referéndum de independencia.
Desde 2007, Marruecos ha defendido su plan como una salida “seria, creíble y realista”, fórmula que Estados Unidos, Francia y un número creciente de países —entre ellos España, en medio de gran polémica— han hecho suya. Medios como Swissinfo o Security Council Report confirman que el lenguaje de las últimas resoluciones —“realista, viable y mutuamente aceptable”— apunta cada vez más en esa dirección.
Y sin embargo, el derecho a la autodeterminación sigue vivo. Naciones Unidas no lo ha borrado de sus resoluciones, aunque aparezca diluido, casi escondido. El Frente Polisario y Argelia lo reclaman como bandera irrenunciable, y su eco resuena aún en las dunas.
La gran novedad está en que ese derecho podría consagrarse de una forma distinta: cuando el pueblo saharaui vote en un referéndum para aprobar un estatuto de autogobierno, y más tarde, al elegir mediante urnas su propia Asamblea o Parlamento autonómico, ese será el verdadero acto de autodeterminación. No el referéndum clásico que divide entre independencia o integración, sino uno que consagre la capacidad del pueblo saharaui para gobernarse a sí mismo. Ahí se abre un camino histórico: el de una soberanía compartida, pragmática, capaz de dar futuro a lo que lleva medio siglo atrapado en el pasado.
La Autonomía como Camino: Entre Rabat y Madrid
El Sáhara Occidental no caminaría solo. Marruecos ha iniciado desde la Constitución de 2011 un proceso de Regionalización Avanzada, que otorga competencias administrativas, financieras y de desarrollo a sus 12 regiones. El Sáhara sería, pues, la culminación de esa descentralización. Y no sería un caso aislado: regiones como Tánger-Tetuán-Alhucemas o Beni Melal-Jenifra ya buscan su propio autogobierno, en un país que intenta abrirse a una nueva modernidad política.
El espejo, inevitable, es el de España. Pese a tensiones y desafíos, el modelo autonómico español ha mostrado que un Estado centralista puede transformarse en un mosaico de identidades sin romperse. Sanidad, educación, cultura, infraestructuras: todo ello se gestiona en manos de gobiernos regionales que expresan sus propias voces y acentos.
España, tras su giro de 2022 al apoyar la propuesta marroquí, está llamada a jugar un papel crucial. No solo como mediador histórico, sino como guía práctica: transferencia de competencias, financiación autonómica, encaje constitucional de identidades regionales. Allí donde Rabat duda, Madrid podría enseñar lo que aprendió a fuerza de ensayo y error.
Ganadores, Riesgos y el Peso de la Historia
Una solución autonómica ofrece luces y sombras:
- Para Marruecos, supone consolidar su integridad territorial y obtener un reconocimiento internacional de facto sobre el Sáhara. Un triunfo político, pero también un reto: abrir espacios de autogobierno en un sistema que siempre ha temido la disidencia.
- Para los saharauis, implica renunciar a la independencia plena, pero también ganar la posibilidad de gobernar su desarrollo, su economía y su cultura hassaní. Medio siglo de promesas rotas se cambiaría por instituciones reales, por la esperanza concreta de una vida mejor.
- Para España y la Unión Europea, significaría cerrar un foco de inestabilidad, reforzar la cooperación con Marruecos, y aliviar tensiones en una región que mira con recelo a Argelia. Europa necesita calma en su frontera sur: energía, comercio y seguridad dependen de ello.
El riesgo existe: si la autonomía se percibe como una mera anexión disfrazada, puede alimentar una resistencia más viva y un retorno a la violencia. Pero si se percibe como un acto real de autogobierno, el Sáhara podría, por primera vez en 50 años, levantar la vista hacia el futuro.
Octubre, un Conflicto Menos
En un mundo atravesado por guerras —desde Ucrania hasta Oriente Medio, desde el Sahel hasta el Cáucaso—, lograr una salida política en el Sáhara Occidental no sería un triunfo menor. Sería demostrar que la diplomacia aún puede tejer soluciones en un tiempo de desgarros.
Octubre de 2025 no será el mes del final, pero sí de la confirmación diplomática. Con el apoyo de Estados Unidos, Francia y España, la autonomía marroquí está a punto de alcanzar la legitimidad internacional necesaria para convertirse en la única vía realista y creíble. Y lo hará sin enterrar el derecho de autodeterminación, sino transformándolo en un referéndum de autogobierno y en elecciones libres, las que escribirán la primera página de un Sáhara dueño de su destino.
Quizá sea este el inicio del fin de una espera que ha durado medio siglo. Y entonces recordaremos las palabras de Octavio Paz: “la esperanza es la memoria del porvenir”. Porque lo que el Sáhara necesita ya no son quimeras, sino futuro.

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