miércoles 22 julio, 2026

Lo honesto, lo útil y lo que nos queda por aprender

Cuando los siglos pasan en balde

Cicerón, que era un hombre con tiempo para escribir, pero no lo tuvo para salvar su cuello —lo perdió en diciembre del 43 a. C., por encargo de Marco Antonio—, dedicó sus últimos meses, pues se lo veía venir, a redactar un librito dirigido a su hijo Marco. Se titula De Officiis (Sobre lo útil), y en su tercer libro aborda un asunto que aún hoy se nos atraganta: ¿qué hacer cuando lo honesto y lo útil parecen chocar? ¿Debe un político preferir lo moral aunque pierda el poder, o lo ventajoso aunque huela a cloaca? El romano responde con una contundencia que suena ingenua, pero sigue siendo peligrosa: lo útil nunca está en contra de lo honesto. Si lo está, es falso provecho, una ganancia aparente que termina por devorar al que la busca.

Cicerón, estoico de conveniencia (más bien un abogado con alma de actor que se ponía la toga filosófica cuando le convenía), quería convencer a su hijo de que la política y la vida solo son sostenibles si se apoyan en la virtud. Y para ello ponía ejemplos: el comerciante que oculta que viene más grano en camino para vender el suyo a precio de oro; el general que finge firmar tratados que luego piensa violar; el gobernante que sacrifica la confianza pública para salvar su propio poder. Todos, en apariencia listos, acaban perdiendo lo único que mantiene unida a la ciudad: la confianza.

Si trasladamos la lección a la actualidad, el panorama resulta casi cómico. Hemos multiplicado los Remo muertos por la codicia de los Rómulos contemporáneos. Los ejemplos sobran, y el contraste con la tesis de Cicerón es tan brutal que produce risa amarga.

Trump o el arte de pleitear con uno mismo

Donald Trump, que ha convertido la política en un reality televisivo permanente, ofrece un catálogo perfecto de esa falsa utilidad que denunciaba el romano. El magnate puede ganar elecciones apelando a los instintos más primarios —“América primero” dicho con la voz engolada de un vendedor de teletienda— o no tomes «Paracetamol», la ONU no vale para nada…, pero el precio es el desprestigio institucional de ka democracia y crónica de la política de que aquí cualquiera puede estar. Cada victoria suya a corto plazo es un boomerang para el futuro de todos: erosiona la confianza, encierra al país en pleitos internos que no se sabe como pueden acabar y deja claro que lo “útil” de hoy es la ruina de mañana. Cicerón lo diría sin titubeos: “Lo que parece provechoso cuando viola la conciencia humana no puede llamarse provechoso”. El problema es que Trump nunca ha tenido paciencia para leer más de dos párrafos seguidos, salvo del telepronter si funciona, menos aún de un romano.

Putin y la resurrección de fantasmas imperiales

Después tenemos a Vladimir Putin, empeñado en resucitar el cadáver embalsamado del imperio ruso. La invasión de Ucrania se presentó como movimiento “útil”: recuperar territorio, proyectar fuerza, reclamar la historia. El resultado es un país atascado en una guerra interminable, sancionado, aislado y dependiente de sus pocos aliados. La “utilidad” imperial se revela, como advertía Cicerón, una ruina disfrazada. Roma cayó, entre otras cosas, por emperadores que confundieron poder con gloria y terminaron perdiendo ambas. El Kremlin debería tomar nota, aunque sospecho que no tienen en su biblioteca a Panecio (de Rodas) ni a Cicerón, sino manuales de gas y petróleo, drones y misiles nucleares.

Netanyahu o la utilidad que devora la justicia

Benjamin Netanyahu encarna la paradoja con precisión quirúrgica. Su discurso insiste en que aniquilar a los palestinos, fragmentar Gaza y domesticar Cisjordania es “útil” para garantizar la seguridad de Israel. Pero ¿a qué precio? El problema no van a ser los informes de organismos internacionales que se acumularan denunciando violaciones de derechos humanos, y lo que parece seguridad inmediata siembra la semilla de una inseguridad eterna. Lo que se gana en control territorial se pierde en legitimidad y respeto internacional, para un pueblo como el judío que tanto ha sufrido. Es la vieja trampa que Cicerón advertía: cuando el gobernante sacrifica la justicia, destruye la confianza en su propio poder. Y sin confianza no hay república, ni democracia, ni Estado que dure.

España: donde lo útil se disfraza de retórica

Aterrizamos en nuestra península, donde el debate no se libra en campos de batalla sino en platós, redes sociales y parlamentos nacional y regionales. Pedro Sánchez ha intentado recuperar para España un aura de “honestidad internacional” alzando la voz contra los abusos en Gaza y promoviendo el reconocimiento de Palestina. Muy feo sería todo si todo es cálculo electoral, que busca utilidad política interna inmediata con vidas humanas y las relaciones internacionales. Todo puede ser, visto, lo visto. Pero incluso si lo fuera, el gesto virtuoso de vincular utilidad con justicia: lo que beneficia a España en credibilidad exterior al alinearse con la dignidad humana, a él le perseguirá por los restos.

Enfrente, Alberto Núñez Feijóo se presenta como el hombre serio, el guardián de lo útil entendido como gestión responsable. El problema es que a veces parece atrapado en un laberinto de tacticismo: promete estabilidad, pero alimenta la confrontación; invoca consensos, pero se deja arrastrar por la crispación de su partido. Lo útil inmediato (agitar las aguas para desgastar al Gobierno) puede terminar siendo lo inútil estructural: reforzar la sensación de que la política española es un ring de boxeo sin árbitro.

Y en este escenario emerge Isabel Díaz Ayuso, maestra del exabrupto. Ha hecho de la provocación su herramienta de utilidad: cada escándalo personal o político se convierte en combustible para su relato victimista. La “utilidad” que obtiene es inmediata: titulares, fidelidad de su base, aura de resistencia. Pero a largo plazo, ¿qué queda? Un Madrid convertido en plató de confrontación permanente, un país dividido en eslóganes y un liderazgo que depende del ruido para sobrevivir y el puchero de los problemas cívicos cociendo en el fuego con agua sola . El comerciante ciceroniano que engañaba sobre el grano no lo hubiera hecho mejor.

Cicerón en el siglo XXI: un aguafiestas necesario

Al leer a Cicerón hoy, uno tiene la sensación de que su insistencia en la unidad entre lo honesto y lo útil es, más que una descripción, una advertencia desesperada. Él vivía la ruina de la República romana, con César muerto, Marco Antonio envalentonado y Octavio esperando su turno. Nosotros vivimos un mundo donde los líderes globales juegan con la mentira como si fuera plastilina y donde lo útil se mide en trending topics. Su mensaje, leído con ironía, es claro: no se dejen engañar, las trampas que parecen beneficios terminan hundiendo a los tramposos.

Lo curioso es que Cicerón no escribió para los grandes estadistas —ya sabía que eran incorregibles— sino para su hijo, para una generación futura. Quería dejar un manual de supervivencia moral. Su fracaso fue estrepitoso: su hijo se dedicó más al vino y a las fiestas que a la filosofía, para que no digan que la juventud de ahora está perdida. Pero el testamento de su padre quedó, y aún sirve de espejo incómodo.

Epílogo: el vicio de leer y pensar

En tiempos de ruido, la recomendación final es casi un acto de rebeldía: leer a los clásicos. No porque tengan recetas mágicas —Cicerón tampoco pudo detener a sus asesinos—, sino porque obligan a mirar más allá del titular, más allá de la utilidad inmediata. Leer a un romano que perdió su vida defendiendo la palabra es recordar que la política sin virtud se autodestruye. Pensar, que es el segundo vicio, nos vacuna contra la manipulación de quienes confunden lo útil con lo rentable, lo honesto con lo rentable y lo justo con lo rentable.

Solo los que tengan la extravagancia de cultivar esos dos defectos —leer y pensar— podrán escapar del embrujo de los vendedores de humo. Y en un mundo saturado de humo, quizá sea la única forma de volver a respirar.

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