Tanto Nixon como Trump afrontaron el dilema fundamental de toda potencia hegemónica: cómo mantener un orden global favorable a sus intereses cuando los recursos internos no alcanzan para sostenerlo.
Es relativamente fácil para los políticos cambiar de colaboradores, sean estos funcionarios profesionales o temporalmente acreditados como asesores, pero es imposible para los servidores públicos mudar a sus responsables.