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sábado 29 agosto, 2026

Marruecos y la mirada española

Hay algo que convendría introducir en el debate español sobre Ceuta y sobre la relación de España con Marruecos, incluso quienes formulan las críticas más moderadas, razonables y bienintencionadas siguen contemplando a veces Marruecos con categorías que pertenecen, en buena medida, al siglo pasado.

Es comprensible. La historia, los desencuentros, la cuestión del Sáhara, las crisis migratorias y la especial sensibilidad de Ceuta y Melilla han dejado una huella profunda en la percepción española. 

Pero precisamente por eso quizá sea necesario revisar algunos de los lugares comunes con los que seguimos interpretando cada movimiento de Rabat.

Marruecos no es ya simplemente el vecino del sur al que España debe contener, presionar o exigir explicaciones

Marruecos hoy, es un Estado con una estrategia propia, con intereses perfectamente definidos y con una creciente capacidad para relacionarse directamente con Europa, África, Estados Unidos y otras potencias. Puede gustarnos más o menos su política, pero sería un error pensar que siempre reaccionará de acuerdo con los parámetros que España considera razonables.

Por eso tampoco deberíamos convertir cada decisión marroquí en una partida de ajedrez en la que España tiene que demostrar que no se deja intimidar. 

A veces la diplomacia más eficaz no consiste en elevar el tono, sino precisamente en comprender qué quiere la otra parte, qué puede ofrecer y qué líneas rojas son realmente negociables..

Esto no significa ignorar los problemas. Ni mucho menos. Como sostienen muchos españoles sensatos, preocupados tanto por la seguridad como por la dignidad de las personas, la situación de Ceuta exige respuestas firmes, especialmente en materia de seguridad, inmigración, protección de los menores y coordinación europea. Y el Gobierno tiene la obligación de explicar sus decisiones, escuchar a la oposición y evitar que asuntos de esta trascendencia queden envueltos en una permanente sospecha de opacidad. 

La discrepancia política es legítima y necesaria; lo que no debería serlo es convertir una crisis compleja en un terreno abonado para el miedo, la demagogia o la confrontación permanente.

Pero sería deseable que esa crítica no terminara reforzando, sin quererlo, una visión de Marruecos como un actor esencialmente imprevisible, oportunista y obligado a responder ante España. Esa mirada puede ser tranquilizadora internamente, porque simplifica el problema, pero probablemente ya no describe adecuadamente la realidad.

Tampoco parece útil plantear cada crisis como una prueba definitiva de quién gana y quién pierde. En una relación tan compleja, España y Marruecos están condenados a entenderse en muchos ámbitos, incluso cuando discrepen profundamente en otros. La proximidad geográfica no es una elección y, en este caso, tampoco lo son muchas de las interdependencias económicas, migratorias y de seguridad.

Quizá la verdadera modernización de la política española hacia Marruecos pase por asumir algo incómodo, asumir que Marruecos ha cambiado y que España también tiene que cambiar su manera de mirarlo.

Se puede exigir, negociar, discrepar y defender los intereses españoles sin caer en la demonización. Se puede ser firme sin ser ingenuo, y dialogante sin ser débil. Y, sobre todo, se puede reconocer que algunas decisiones marroquíes responden a una lógica propia, aunque no compartamos esa lógica.

Las buenas intenciones de quienes reclaman más firmeza, más transparencia y mayor implicación europea son evidentes y merecen respeto. Pero quizá el debate ganaría mucho si, además de preguntarnos qué debería hacer Marruecos, empezáramos a preguntarnos qué parte de nuestra propia mirada sobre Marruecos necesita ser actualizada.

Porque el problema no es solamente que Marruecos haya cambiado. Es que, en ocasiones, seguimos mirándolo como si no lo hubiera hecho.

Juan Goytisolo, que hizo de las dos orillas del Mediterráneo una parte esencial de su obra y de su propia vida, nos enseñó a desconfiar de las fronteras cuando se convierten en fronteras mentales. Y esa quizá sea hoy una de las lecciones más necesarias, mirar al vecino no desde el miedo, sino desde el conocimiento; no desde los prejuicios heredados, sino desde la realidad; no desde la lógica de la confrontación, sino desde la conciencia de que compartimos un mismo mar y, en buena medida, un mismo destino.

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