miércoles 16 septiembre, 2026

Un calendario que no tiene nada de inocente

Por Driss Ajbali

De los asaltos migratorios de Ceuta y Melilla a las rutas de Lampedusa y Canarias, la presión migratoria pone de manifiesto un profundo desequilibrio entre las dos orillas del Mediterráneo. El sociólogo y ensayista Driss Ajbali, especialista en inmigración, analiza la mano invisible que podría estar detrás de los acontecimientos de Ceuta y se detiene en la responsabilidad de Marruecos en el control de las fronteras, su contencioso territorial con España y las expectativas europeas, situándose así en el centro de una ecuación en la que se entremezclan seguridad, geopolítica y fracturas de desarrollo.

Los acontecimientos del 30 de julio provocaron estupor. Por su carácter masivo, espontáneo e improvisado, desconcertaron incluso a los observadores más avezados. El 30 de julio, Fiesta del Trono, es en Marruecos un día festivo de una poderosa carga patriótica. Como si se anunciara la réplica de un terremoto, al día siguiente ya se fijó una nueva cita para el 15 de agosto. La elección de estas dos fechas no tiene nada de casual, por sí sola, parece dar crédito a la tesis de que existen manos invisibles detrás de la organización de unos intentos de desestabilización que apuntan a la vez contra Marruecos y España. Y si el 30 de julio es una fiesta nacional en Marruecos, el 15 de agosto —no se ha insistido lo suficiente en ello— es una festividad religiosa en prácticamente todos los países europeos. Y, además, una de las grandes fiestas del calendario cristiano: la Asunción.

Dos fechas, dos calendarios, y una sola intención, golpear en momentos en los que la vigilancia de los Estados puede estar más relajada.

Si el estupor fue enorme el 30 de julio, el Estado marroquí consiguió contener la marcha del 15 de agosto, cuyos participantes fueron esta vez, en su mayoría, subsaharianos. La demostración resulta reveladora, sin la voluntad y la colaboración activa de Marruecos, las alambradas y los puestos de vigilancia de Ceuta y Melilla no resistirían una semana. Se olvida que, desde 2005, Marruecos viene haciendo el trabajo, no el de “conserje” o “gendarme” de Europa, sino el de un Estado que asume sus responsabilidades fronterizas, aunque no haya renunciado a la esperanza de recuperar algún día sus dos ciudades ocupadas. El endurecimiento progresivo de las autoridades marroquíes ha ido sellando, desde 2005, las rutas migratorias hacia Ceuta y Melilla. La prueba es que, a lo largo de los últimos veinte años, la presión migratoria se ha desplazado hacia otras rutas, primero hacia Lampedusa, a través de Túnez, y después hacia la ruta marítima de las islas Canarias.

En realidad, el fenómeno de los asaltos colectivos a las fronteras apenas tiene dos décadas de existencia. Hay que distinguirlo de los grandes éxodos que marcaron el periodo de la Guerra Fría, con los que no comparte ni la lógica ni la escala. Entre 1975 y 1990 se produjeron, ciertamente, tres oleadas migratorias sucesivas, a raíz de la guerra de Indochina y, posteriormente, de la guerra de Vietnam. Aquel fenómeno fue bautizado como el de los “boat people”, antepasado del actual “harraga”.

En 1980, 125.000 cubanos abandonaron la isla a través del puerto de Mariel para buscar refugio en Estados Unidos. Lo hicieron con la autorización de Fidel Castro, que llegó incluso, para la ocasión, a abrir las puertas de las cárceles y de los hospitales psiquiátricos. Aquel éxodo masivo plantearía a los estadounidenses no pocos problemas. Oliver Stone, como guionista, se inspiraría en aquellos acontecimientos para el comienzo de Scarface, donde un deslumbrante Al Pacino desplegaría toda la medida de su talento.

Tanto en la península indochina como en los asaltos sobre Miami, aquellos desplazamientos tenían una naturaleza geopolítica y se inscribían en un contexto de congelación política. La actual oleada de asaltos colectivos de migrantes responde, en cambio, a una lógica completamente distinta, plantea los términos de la relación entre países ricos y países pobres, entre el Norte y el Sur. Estos asaltos son la expresión de la desesperación. Interpelan por todo el sufrimiento, la pobreza y el cambio climático que llevan consigo —hablamos ya abiertamente de migraciones climáticas—. Son el último recurso para escapar de sociedades en las que la posibilidad de un futuro mejor se ha convertido en una esperanza cada vez más escasa.

Las cifras hablan por sí solas. El nudo del problema se encuentra en la enorme brecha de desarrollo entre dos continentes que prácticamente se tocan. Según los últimos datos disponibles, el PIB africano alcanza los 2,409 billones de euros, frente a los 17,9 billones de la Unión Europea. Respectivamente, el 2,5 % y el 16,1 % del PIB mundial. El PIB de Marruecos, por ejemplo, representa aproximadamente el 9,6 % del español. España genera 10,5 veces más riqueza que Marruecos. El norte de Marruecos, en su proximidad inmediata con España, recuerda en cierto modo a la mexicana Tijuana frente a la estadounidense San Diego, en aquella otra frontera en tensión, el PIB de Estados Unidos es 16,8 veces superior al de México. Así pues, la frontera no separa únicamente a dos Estados. Separa también dos niveles de desarrollo, y es esa brecha, más que cualquier otra variable, la que determina la presión migratoria.

Ceuta y Melilla, tierras europeas

Ceuta y Melilla ya no son únicamente españolas, se han convertido también en europeas. La Unión Europea financia la política de lucha contra la inmigración irregular tratando a estas ciudades ocupadas como las centinelas de su frontera sur. De hecho, se han convertido en dependencias europeas, al igual que los departamentos y territorios de ultramar franceses o las islas dispersas de soberanía neerlandesa, francesa y danesa. Es lo que llevó a Estelle Youssouffa, diputada por la primera circunscripción de Mayotte, a resumir la situación con una fórmula elocuente: “Mayotte es Ceuta y Melilla al cuadrado”. Marruecos se ha encontrado así, con sus dos ciudades ocupadas, convertido muy a su pesar en una referencia mundial de la presión migratoria. Es víctima de la historia y de la geografía, que parecen haberse confabulado contra él. Estas dos ciudades no son únicamente una de las escasas rutas migratorias terrestres hacia Europa, son, a día de hoy, la única. Todas las demás rutas son marítimas. Lampedusa, en el frente italiano; Lesbos, en el extremo nororiental del mar Egeo; o las Canarias, archipiélago español en el Atlántico.

Los episodios más significativos de cruces masivos o de intentos coordinados de entrada irregular en territorio europeo se concentraron a mediados de la década de 2000. ¿Habrá que recordar que, en la historia reciente, el primer asalto de este tipo se produjo en Marruecos, en el otoño de 2005? Aquella acción, inédita hasta entonces, constituyó una verdadera innovación y provocó, en su momento, un estupor inconmensurable. El Estado marroquí, obligado a enfrentarse prácticamente solo a aquel nuevo fenómeno, tuvo que hacer frente con premura a un acontecimiento sin precedentes. ¿Habrá que recordar también que, diez años después, Marruecos procedió a regularizar a varios miles de subsaharianos, en una iniciativa que fue pionera en el mundo árabe y musulmán?

Por fuerza de las circunstancias, Marruecos se ha convertido en la última frontera terrestre del Sur del espacio Schengen. Resulta insultante reducirlo a la condición de guardián o gendarme de Europa. Es, más bien, un muro de contención que asume su papel, pagando el precio de que sus propias ciudades ocupadas hayan adquirido el poco envidiable rango de barómetro mundial de la presión migratoria.

De 2005 a 2026, la ecuación apenas ha cambiado. Y las fechas del 30 de julio y del 15 de agosto no son, en este sentido, más que el último episodio de una ecuación que dura ya veinte años, la de una brecha de desarrollo que ni las alambradas ni los cañones de agua podrán borrar por sí solos.*

* Ceuta y Melilla forman oficialmente parte del espacio Schengen, aunque cuentan con un régimen de excepción único en Europa. Las normas de circulación son diferentes de las que rigen en la península. Los controles de identidad y documentación no se realizan únicamente en los pasos fronterizos con Marruecos, sino también a la salida de ambas ciudades —por barco o avión— hacia España o hacia el resto de Europa.

 Traducido al español por: Abdelhamid Beyuki

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