Entre la lectura diaria de la prensa y el ruido creciente de los comentarios, descubro una inquietud que va más allá de la política: la degradación de la palabra pública, la confusión entre crítica y odio, y el deseo de volver a una democracia donde discrepar no equivalga a levantar trincheras.
Cada mañana, con un tiempo por delante que se me antoja infinito, me dispongo a leer la prensa: la digital, inmediata y fugaz, y la de papel, más lenta, más ceremonial, casi doméstica. Nunca antes —salvo en aquellos años de Interior y en los que vinieron después, hechos de juicios, entrevistas y condenas— había prestado tanta atención al pulso diario de la información. Ahora me detengo en ella con una curiosidad distinta, quizá más serena, quizá más desconfiada; no tanto para perseguir la noticia como para escuchar el eco que deja en quienes la interpretan. En ese tiempo de lectura, dedicado más a la opinión que al simple recuento de los hechos, he descubierto también un territorio que antes apenas miraba: los comentarios de otros lectores al pie de los artículos. Entre la prisa, el ruido y la aspereza que a veces los habitan, surgen de cuando en cuando observaciones de verdadero interés, miradas laterales, matices inesperados que no sólo acompañan el texto principal, sino que lo prolongan y, en ocasiones, lo enriquecen.
Pero, junto a ese hallazgo, se ha ido imponiendo en mí una inquietud creciente. Me alarma, en grado sumo, el odio que destilan algunos de esos comentarios. Al principio quise verlos como algo casi anecdótico, como exabruptos aislados nacidos al calor de la indignación o de la impaciencia. Pensé que eran apenas una sombra en los márgenes de la conversación pública. Sin embargo, con el paso de los días, he comprobado que no sólo aumentan en número, sino también en intensidad. Y el término no lo empleo a la ligera: digo odio, no digo crítica. La crítica razona, matiza, discute, incluso combate; el odio, en cambio, simplifica, señala, deshumaniza y convierte al adversario en enemigo. Esa diferencia, que antes podía parecer sutil, hoy se me aparece como una frontera decisiva.
Esos comentarios, que tanta inquietud me producen, se dirigen de manera especial contra el Gobierno y contra el partido que lo sustenta. No encuentro en ellos apenas matices, ni dudas, ni siquiera esa saludable vacilación que acompaña a quien piensa antes de condenar. Por el contrario, muchos parecen escritos desde una certeza cerrada, alimentada por buenas dosis de rencor y por una crítica que, más que argumentar, insulta. No me siento señalado en lo personal; hace tiempo que dejé de ser militante del PSOE y no escribo desde una disciplina ni desde una consigna. Escribo, más bien, como ciudadano que valora y respeta la crítica, incluso cuando es severa, incómoda o frontal. Pero una cosa es la crítica, necesaria en cualquier democracia viva, y otra muy distinta el insulto, la descalificación sistemática o la amenaza. Ahí la palabra deja de servir al debate y empieza a degradarlo.
Con todo lo vivido y sufrido, comprenderán los lectores que no me sienta fácilmente alarmado ni asustado por ese tono, por áspero que resulte. He conocido épocas en las que las palabras no eran inocentes y en las que determinadas formas de señalamiento podían arrastrar consecuencias muy reales. Pero precisamente por eso me preocupa que, en muchos de esos comentarios, la crítica o el análisis de la noticia del día —o del acontecimiento que se anuncia— queden pronto desbordados por una mirada más turbia. Algunos no se conforman con discutir el presente: regresan a un pasado remoto, que con toda seguridad no han vivido ni padecido, y lo invocan con una ligereza que estremece. Enlazan así la discrepancia política actual con la Guerra Civil y con sus orígenes, como si aquel trauma colectivo pudiera ser utilizado todavía como munición verbal, como si la memoria de tanto dolor sirviera no para comprender, sino para alimentar de nuevo la confrontación.
No me gusta lo que veo. No me gustan algunas de las políticas de este Gobierno, ni en general el comportamiento, a mi juicio poco honesto, de su presidente: esa distancia creciente entre lo que afirma y lo que después cumple, entre lo que anuncia como una preocupación que le quita el sueño y aquello que, llegada la noche, parece no impedirle dormir. Tampoco me gusta esa forma de hacer política que consiste en abrir trincheras, en señalar de manera constante a la oposición, en instalar la idea de que sólo quien gobierna ocupa el lugar de la razón y de la verdad. Esa actitud empobrece la vida pública, estrecha el espacio del acuerdo y convierte la discrepancia en sospecha. Criticar todo eso me parece no sólo legítimo, sino necesario. Pero precisamente porque creo en esa crítica, me resisto a verla contaminada por el insulto, por el desprecio o por la amenaza. La democracia necesita oposición, vigilancia y palabra severa; lo que no necesita es una degradación moral del adversario hasta hacerlo irreconocible como parte de la misma comunidad política.
No sé si esas opiniones, colocadas al pie de esos artículos de fuerte contenido crítico y político, nacen siempre de lectores comunes que escriben movidos por su propio juicio, por su enfado o por sus convicciones. A veces me asalta la duda de si algunas de ellas no estarán redactadas por personas contratadas por otros partidos, por grupos organizados o incluso por empresas que venden opinión al servicio de quien pague. No lo afirmo, porque no tengo pruebas para hacerlo, y sería injusto convertir una sospecha en certeza. Pero el tono repetido, la coincidencia en los argumentos, la agresividad casi calcada y la ausencia de matices invitan, al menos, a preguntarse si toda esa indignación es espontánea o si una parte de ella responde a una estrategia deliberada para ensuciar la conversación pública, intoxicar el debate y hacer pasar por clamor ciudadano lo que quizá sea sólo una fabricación interesada.
Hemos llegado muy lejos. No son pocos, ni son de escasa gravedad —todo lo contrario—, los problemas a los que nos enfrentamos los españoles. Parece que cada día surge uno nuevo y que los de mañana amenazan con ser más graves que los de hoy. Algunos días me levanto con la sensación amarga de que ya no vivo del todo en aquel mundo idealizado de las democracias europeas, de la cultura política de Occidente, donde la discrepancia se entendía como parte natural del devenir democrático y no como una forma de enemistad. Siempre se ha dicho que una democracia veterana termina siendo, en cierto modo, aburrida: previsible en sus reglas, contenida en sus palabras, prudente en sus conflictos. Sinceramente, estoy deseando aburrirme de nuevo.


