miércoles 16 septiembre, 2026

Marruecos, España y la modernidad

Mirarnos de otra manera 
Quizá la última lección sea también la más sencilla, españoles y marroquíes hemos perdido demasiado en guerras, disputas y desencuentros alimentados por miradas que el tiempo ya debería haber superado.
El mundo ha cambiado y seguirá cambiando, y nosotros, a ambas orillas, también. Ha llegado el momento de que unos renuncien a mirar por encima del hombro y otros a vivir instalados en la sospecha permanente.
No se trata de negar las diferencias ni de ocultar los desacuerdos, sino de aprender a gestionarlos desde el respeto, el conocimiento y la confianza. Porque estamos llamados, inevitablemente, a compartir parte de nuestro destino.
Después de tantos errores de la historia, quizá la verdadera modernidad consista en dejar de mirarnos desde las heridas del pasado para reconocernos como socios necesarios en la construcción del futuro.

Hay ocasiones en que la mejor manera de hablar de Marruecos es empezar hablando de España.

No porque Marruecos no tenga problemas. Los tiene, y muchos. Tampoco porque su proceso de modernización pueda presentarse como un éxito acabado. No lo es. La sociedad marroquí sigue reclamando cambios profundos en materia de libertades, igualdad, justicia social, educación, instituciones y participación política. Y sería un error, tan grave como el que ahora algunos desde España pretenden discutir, convertir cualquier crítica a Marruecos en una defensa automática de su sistema.

Pero hay algo que debería preocuparnos más, la facilidad con la que seguimos hablando de Marruecos sin conocer suficientemente Marruecos. Y esa carencia no es nueva.

Un Estado que no nació en 1956

Hay una primera confusión histórica que convendría superar. Marruecos no nació como Estado en 1956.

En 1956 recuperó su independencia. No es exactamente lo mismo.

Mucho antes del Protectorado existía una estructura política, religiosa y territorial articulada alrededor de la institución del sultán y del Majzén. Su funcionamiento, por supuesto, no respondía a los cánones del Estado-nación europeo contemporáneo. Tenía sus propias lógicas, sus propias limitaciones y también sus espacios de autonomía y negociación con las tribus y las ciudades. Pero reducir toda aquella realidad a una especie de vacío político sobre el que Europa vino a construir un Estado moderno es repetir, casi sin querer, una vieja mirada colonial. La historiografía reciente ha insistido precisamente en la necesidad de superar esa simplificación.

El Protectorado tampoco fue, jurídicamente, una simple colonia.

El Tratado de Fez de 30 de marzo de 1912 se llamó precisamente Tratado para la organización del Protectorado francés en el Imperio jerifiano. Fue firmado por Francia y el sultán Moulay Abd el-Hafid. Su primer artículo hablaba expresamente de conservar el prestigio tradicional del sultán, las instituciones religiosas y un Majzén jerifiano reformado. Al mismo tiempo, concedía a Francia una capacidad decisiva sobre las reformas administrativas, judiciales, educativas, económicas, financieras y militares, así como sobre la política exterior y la seguridad.

La paradoja está ahí, el Protectorado conservaba formalmente la soberanía del sultán, mientras vaciaba buena parte de su capacidad efectiva de decisión.

Y España entró en aquella arquitectura como potencia protectora de una zona determinada mediante el acuerdo franco-español de noviembre de 1912. El territorio marroquí quedó así dividido entre distintas zonas de influencia, con un régimen internacional específico para Tánger.

Decir, por tanto, que Francia «creó» Marruecos y que España simplemente administró una parte de un territorio nacido entonces es una simplificación excesiva. Más exacto sería decir que las potencias europeas intervinieron sobre un Estado preexistente, lo sometieron a un régimen de tutela y reorganizaron profundamente su territorio y sus instituciones.

Esto no es una cuestión de palabras. Es una cuestión de perspectiva.

Porque si empezamos la historia de Marruecos en 1956, estamos condenados a no comprender lo que ocurrió antes.

La independencia no fue el nacimiento de un pueblo

1956 fue una ruptura histórica extraordinaria, pero también una continuidad.

El nuevo Estado heredó instituciones, fronteras, administraciones y problemas producidos durante el Protectorado. Heredó también una sociedad que había vivido una transformación profunda, una élite nacionalista que había luchado por la independencia y una monarquía que había logrado convertirse, durante el proceso independentista, en uno de los principales símbolos de continuidad nacional.

Por eso, la historia contemporánea de Marruecos no puede explicarse como el relato de un Estado joven que, después de 1956, intenta aprender a ser Estado.

Es mucho más complejo.

Es la historia de un Estado antiguo obligado a atravesar una modernización impuesta desde fuera, una experiencia colonial singular, una lucha nacionalista, una independencia negociada y, posteriormente, un difícil proceso de construcción de un Estado moderno sin romper la continuidad de la monarquía.

Comprender esa complejidad no significa justificar sus fracasos.

Significa, sencillamente, no equivocarse de diagnóstico.

Y aquí aparece España

Resulta curioso que desde España se hable a veces de la modernización marroquí con una seguridad que no siempre se corresponde con el conocimiento que tenemos de la historia marroquí.

Y resulta todavía más curioso cuando esa mirada procede de sectores de la izquierda española.

Porque la izquierda española tampoco tiene una historia especialmente brillante en su relación intelectual con Marruecos.

Durante buena parte del Protectorado, una parte considerable de la izquierda española contempló Marruecos fundamentalmente desde el prisma colonial, militar o de la oposición a la guerra. Comprendió poco las estructuras sociales, religiosas, tribales y políticas que estaban detrás de aquella sociedad.

Otros sí lo hicieron.

Algunos africanistas y funcionarios del Protectorado conocieron Marruecos con una profundidad que buena parte de la izquierda española no alcanzó. El problema es que ese conocimiento fue utilizado, demasiadas veces, no para construir una relación entre iguales, sino para administrar, controlar y movilizar políticamente el territorio.

La paradoja histórica es terrible.

Quienes mejor conocían Marruecos no siempre fueron quienes mejor querían a Marruecos. Y quienes mejor querían combatir el colonialismo no siempre hicieron el esfuerzo de conocer suficientemente a los marroquíes.

Cuando llegó la Guerra Civil, aquella contradicción adquirió consecuencias trágicas.

Franco y los africanistas comprendieron rápidamente algo que otros no habían comprendido; comprendieron que Marruecos no era simplemente el escenario de una guerra colonial. Era una sociedad con estructuras de autoridad, vínculos personales, lealtades religiosas y militares y una capacidad de movilización que podía resultar decisiva.

El resultado lo conocemos.

Miles de marroquíes fueron incorporados al ejército sublevado y utilizados en una guerra que no era la suya.

Dos pueblos pagaron las consecuencias de una relación que España nunca terminó de comprender.

¿Quién puede dar lecciones de transición?

Aquí aparece una segunda cuestión.

España puede y debe hablar con Marruecos. Debe hacerlo con franqueza. También puede defender los derechos humanos, las libertades públicas y las reformas democráticas. No hay ninguna razón para que España renuncie a sus valores cuando mira hacia el sur.

Pero dar lecciones es otra cosa.

La Transición española fue un proceso extraordinario. Nadie debería negarlo. Después de una dictadura de casi cuatro décadas, España consiguió construir un sistema democrático estable y abrirse a Europa.

Pero la Transición tampoco fue un milagro sin sombras.

Fue posible gracias a una determinada correlación de fuerzas, a una generación política concreta, a una coyuntura internacional favorable y, sobre todo, a una voluntad de pacto que permitió que antiguos adversarios políticos aceptaran convivir bajo unas reglas nuevas.

Marruecos ha seguido otro camino.

Y probablemente no podía seguir exactamente el mismo.

Pretender que la transición española constituye una plantilla universal que Marruecos debería reproducir sería desconocer tanto a Marruecos como a España.

La comparación puede ser útil, la copia, no.

Hay algo que España debería reconocer

Hay, incluso, un capítulo en el proceso marroquí contemporáneo que debería obligarnos a cierta modestia.

La Instancia de Equidad y Reconciliación, creada en 2004, abordó los abusos cometidos durante los llamados «años de plomo». Fue una experiencia singular en el mundo árabe y musulmán, aunque también es legítimo señalar sus límites y discutir hasta dónde llegó realmente la rendición de cuentas. Algunos estudios académicos la han interpretado precisamente como una forma de reforma controlada desde la propia monarquía.

Pero hay un dato que resulta difícil ignorar.

España, a día de hoy, no ha creado un mecanismo equivalente para afrontar globalmente la memoria de las violaciones de derechos humanos de su dictadura.

Esto no convierte a Marruecos en una democracia perfecta.

Pero sí debería impedir que España se coloque automáticamente en la posición del profesor y Marruecos en la del alumno.

Hay lecciones que viajan en ambas direcciones.

Marruecos tampoco es el país que algunos imaginan

Existe además otro error, el de creer que Marruecos está inmóvil.

No lo está.

Ha cambiado profundamente durante las últimas décadas. Ha cambiado su economía, sus ciudades, sus infraestructuras, su estructura social, su relación con África, su posición internacional y, sobre todo, la relación de una parte de sus jóvenes con el mundo.

El problema no es que Marruecos no haya cambiado.

El problema es que la velocidad del cambio social es superior a la capacidad de adaptación de algunas de sus instituciones.

Ahí está probablemente uno de sus grandes desafíos.

La cuestión no es si Marruecos llegará a la modernidad. La cuestión es qué tipo de modernidad quiere construir y hasta qué punto será capaz de conciliar continuidad monárquica, tradición religiosa, pluralismo político, igualdad social, libertades individuales y una sociedad joven profundamente conectada al mundo.

Esa discusión merece algo más que el viejo vocabulario de «Estado fallido», «modernidad perdida» o «retorno al siglo XX».

El problema también está en nuestra mirada

Hay algo especialmente preocupante cuando se interpreta cada crisis entre España y Marruecos como la repetición de una vieja amenaza.

Ceuta y Melilla. El Sahara. La inmigración. El Estrecho..

Cada episodio termina siendo leído con categorías heredadas del pasado.

Y así resulta muy difícil entender el presente.

Marruecos tiene intereses nacionales. España también. Marruecos tiene contradicciones internas. España también. Marruecos utiliza la geopolítica para defender sus posiciones. España hace exactamente lo mismo.

La diferencia es que cuando lo hace Marruecos hablamos a menudo de «estrategia», «presión» o «irredentismo», mientras que cuando lo hace España solemos llamarlo «política exterior».

Quizá deberíamos empezar por reconocer que los Estados no actúan movidos por sentimientos, sino por intereses.

Y que conocer al otro no significa estar de acuerdo con él.

Los españoles que sí intentaron comprender

España ha tenido, afortunadamente, otra tradición.

Hubo españoles que hicieron el esfuerzo de mirar Marruecos más allá del tópico colonial, del exotismo y del miedo.

Hubo arabistas, historiadores, periodistas, diplomáticos, escritores y africanistas que entendieron que aquel país no podía reducirse a un territorio situado al otro lado del Estrecho.

Nombres como Emilio García Gómez, Rodolfo Gil Benumeya o Tomás García Figueras, desde posiciones muy diferentes y con resultados igualmente discutibles en algunos casos, forman parte de esa historia de conocimiento. Y la historiografía española contemporánea ha avanzado mucho en la revisión crítica del Protectorado, hasta estudiar sus mecanismos administrativos, judiciales, religiosos y sociales con una distancia que antes era difícil.

No todos ellos pensaron igual.

Precisamente por eso son interesantes.

Lo que necesitamos hoy no es una nueva generación de españoles que venga a explicar Marruecos a los marroquíes.

Necesitamos españoles que quieran entender Marruecos antes de juzgarlo y por consiguiente explicarlo a los españoles.

La verdadera modernidad

Quizá el problema esté incluso en la palabra.

¿Qué entendemos por modernidad?

¿La europeización?

¿La secularización?

¿El liberalismo político?

¿El desarrollo económico?

¿La igualdad entre hombres y mujeres?

¿El Estado de derecho?

¿La democracia?

Probablemente sea todo eso, pero también algo más profundo:

la capacidad de una sociedad para transformar sus instituciones sin destruir su propia continuidad histórica.

Y aquí Marruecos tiene un desafio enorme.

Pero España tampoco debería olvidar que su propia modernización fue lenta, conflictiva, incompleta y, en buena medida, tardía.

España no entró definitivamente en la modernidad en 1975.

Como tampoco Marruecos entró en la modernidad en 1956.

Los procesos históricos no funcionan así.

Una última pregunta

Quizá haya llegado el momento de formular una pregunta incómoda.

¿Hasta cuándo vamos a seguir intentando comprender Marruecos con categorías que pertenecen al siglo pasado?

La pregunta no es sólo para la derecha española.

Es también, y quizá especialmente, para la izquierda.

Porque si la derecha española ha padecido históricamente una tentación de superioridad colonial, una parte de la izquierda ha sufrido el problema de mirar a Marruecos desde categorías ideológicas que, aunque bienintencionadas, tampoco han conseguido comprender la especificidad de su historia.

Y cuando una sociedad no comprende a su vecino, termina inventándolo.

Lo convierte en amenaza, víctima, dictadura, aliado, problema migratorio, cuestión territorial, o en socio estratégico.

Pero rara vez en lo que realmente es, en una sociedad compleja, contradictoria, orgullosa de su historia, atravesada por profundas desigualdades, sometida a fuertes transformaciones y todavía buscando su propia fórmula de modernidad.

España no necesita estar de acuerdo con esa fórmula. Pero debería conocerla.

Porque quizá la verdadera asignatura pendiente de España en relación con Marruecos no sea enseñarle la modernidad.

Sea aprender, por fin, a mirarlo sin el espejo del Protectorado.

Y tal vez entonces descubramos algo incómodo, que hablar de la modernidad de Marruecos obliga inevitablemente a hablar también de la modernidad española.

Y que quien pretende dar lecciones sobre el futuro debería empezar por revisar honestamente su propia historia.

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