lunes 8 junio, 2026

Las guerras de Trump. Rebeliones imposibles, terrorismo probable y una Europa permanentemente desorientada (II)

En el artículo anterior advertía que la acumulación de fuerzas, amenazas cruzadas y el deterioro diplomático convertían el conflicto con Irán en un «disparo anunciado». Si se fijan, no es muy diferente a lo sucedido en Venezuela.

El disparo se produjo. Pero lo decisivo no es solo el ataque conjunto de Estados Unidos e Israel ni la muerte del líder supremo iraní; lo decisivo es que el sistema internacional ha cruzado ya definitivamente un umbral, dejando la puerta cerrada tras de sí.

Como escribió Hannah Arendt —en estas ocasiones siempre es bueno refugiarse en las lecturas de la lúcida judía alemana—: “la violencia puede destruir el poder, pero nunca puede crearlo” (On Violence, 1970). La reconstrucción del mundo tras la II Guerra Mundial es una obra imperfecta fruto del miedo. Los vencedores se sabían capaces de pegarse entre ellos. Por ello, la pregunta no es únicamente si asistimos a la destrucción de un régimen (tiránico, sin duda), sino si estamos acelerando la erosión de un orden más amplio que, con todas sus imperfecciones derivadas del miedo de los unos a los otros, contenía la fuerza dentro de ciertas reglas.

La lógica estratégica del ataque: “prevención” o redefinición del equilibrio

Washington y Tel Aviv han defendido la operación como un acto de legítima defensa preventiva ante un programa nuclear y misilístico considerado una amenaza creciente. Nada muy diferente a lo que lleva sucediendo más de una década. El debate aparentemente jurídico es inevitable y recurrente. El artículo 51 de la Carta de las Naciones Unidas limita la legítima defensa a casos de “ataque armado”. La doctrina de la “amenaza inminente” ha sido históricamente controvertida; hasta hoy, donde es la fuerza y no la ley la que define la inmediatez.

Michael Walzer, en Just and Unjust Wars [1], sostuvo que la anticipación solo es moralmente defendible cuando la amenaza es inmediata, visible y no evitable por otros medios. Nada de eso se cumple en este caso, pues la amenaza no era mayor que hace diez años.

La cuestión central hoy es que la verificación nuclear se encontraba deteriorada, pero no era inexistente, lo cual fue un logro difícil de conseguir. El OIEA seguía operando, aunque con limitaciones. El paso a la acción preventiva implica asumir que la diplomacia y la inspección ya no bastaban.

En las últimas horas, análisis de Chatham House han subrayado que el ataque no buscaba únicamente neutralizar capacidades técnicas, sino redefinir el marco estratégico regional. Algo que ya estaba sobre la mesa con la convergencia entre Netanyahu y Trump tras la llegada de este último a la Casa Blanca: alterar la correlación de fuerzas antes de que Irán consolidara una “capacidad de umbral” nuclear. El Royal United Services Institute (RUSI) había advertido semanas atrás que el despliegue acumulado de activos aéreos y navales indicaba algo más que presión negociadora. No se trata de un episodio táctico; es una apuesta estratégica para reconfigurar el equilibrio regional con la convicción de que el momento era favorable.

La muerte del líder supremo: sucesión, IRGC y militarización

La muerte del líder supremo no equivale automáticamente a la caída del sistema. La Constitución iraní prevé que la Asamblea de Expertos nombre un sucesor. Pero como explican Steven Levitsky y Lucan Way en su teoría de los “regímenes híbridos” (Competitive Authoritarianism), la estabilidad no depende solo de normas formales, sino de redes de lealtad y control coercitivo.

Hoy el actor decisivo, como coincide todo el mundo, es la Guardia Revolucionaria Islámica (IRGC). En contextos de guerra y transición simultánea, los aparatos coercitivos tienden a expandir su influencia. Samuel Huntington, en un libro clásico de geopolítica que los nuevos analistas ignoran (Political Order in Changing Societies, 1968), sostiene que “la institucionalización fuerte puede sostener regímenes bajo presión externa”. Las guardias pretorianas son el último baluarte para la defensa del imperio, y el IRGC no es un pretoriano cualquiera, no solo por sus capacidades militares, sino por su “concienciación ideológica”.

¿Puede caer el régimen? A corto plazo es improbable, aunque algunos comentaristas de plató lo hayan asegurado estos días. Más plausible es una transformación hacia un modelo más abiertamente militarizado y secular, y menos clerical: una república militarizada con fachada constitucional que, incluso, a los intereses económicos de Trump le puede venir bien. Pues a él y a su entorno la libertad del pueblo iraní y la situación de las mujeres, específicamente, les importa un bledo.

El espejismo de la rebelión inmediata

En las últimas horas, el expresidente Donald Trump ha declarado que “ahora el pueblo iraní debe rebelarse”. La frase encierra una absurdez peligrosa. Pensar que una sociedad sometida durante décadas a un sistema de control político, militar y cultural puede levantarse de la noche a la mañana tras un ataque externo es históricamente ingenuo. ¿Conocen ustedes algún caso así? Pretenderlo sería tan irreal como imaginar que el franquismo habría caído por manifestaciones universitarias aisladas en los años sesenta. Las transiciones requieren una fractura en el aparato coercitivo y una alternativa política articulada. Ni una ni otra se dan en este caso, como tampoco se daban en la «guerra de Trump» del mes pasado (Venezuela).

La oposición iraní es heterogénea: reformistas debilitados, activismo juvenil urbano, diáspora organizada y figuras simbólicas en el exilio. Reza Pahlavi, hijo del último Sah, vive en Estados Unidos y carece de una estructura interna significativa. Recordemos que el propio ayatolá Jomeini vivió exiliado en Francia antes de la revolución de 1979; el contexto histórico y social de entonces no es el actual.

Como señalaba recientemente The Economist, el descontento social en Irán es profundo, pero no existe un liderazgo unificado capaz de disputar el poder estatal. Además, la historia demuestra que las agresiones externas suelen reforzar las cohesiones nacionalistas. En las últimas horas, unos centenares salieron a la calle y otros celebraron la desaparición del líder iraní (esto fue noticia en los telediarios). Eso sí: miles lloraron la muerte de Ali Khamenei. Las sociedades no son homogéneas, la iraní tampoco, pero hay una inmensa mayoría religiosa e ideológicamente radicalizada. Han sido muchos años de concienzuda labor del régimen hiperreligioso. La idea de una rebelión instantánea ignora la complejidad del tejido social y una forma de pensar que no tiene nada que ver con la nuestra.

Irán como avispero: lecciones ignoradas

Otras administraciones estadounidenses fueron conscientes de que Irán es un avispero geopolítico: se puede entrar, pero la salida es incierta. Henry Kissinger, siempre tan sabio como malignamente calculador, advertía que en Oriente Medio “no hay soluciones, solo opciones”. La guerra preventiva abre una dinámica que difícilmente se clausura con rapidez. Irán conserva capacidades relevantes:

  • Misiles balísticos y de crucero capaces de saturar defensas.
  • Flota de drones probada en conflictos regionales y más económicos que los miles de interceptores norteamericanos.
  • Red de aliados: milicias en el Líbano, Irak, Siria y Yemen, y grupos en todo el mundo capaces de ser “despertados” en cualquier momento (me temo que ya lo han sido).
  • Capacidad de presión sobre el estrecho de Ormuz, por donde transita cerca del 20% del petróleo mundial.

Irán no necesita vencer convencionalmente; le basta con encarecer y prolongar el conflicto. El tiempo jugará, en todos los sentidos, a su favor.

China y Rusia: el tablero global se tensa

China importa una parte sustancial de su crudo del Golfo. Un conflicto prolongado amenaza su seguridad energética y su estabilidad económica. Pekín no tiene interés en que el suministro quede condicionado por Washington. La reacción china, hasta ahora diplomática, podría traducirse en un mayor alineamiento estratégico con Teherán mediante el aporte de armas. Ni más ni menos que lo que ha hecho y está haciendo Occidente (Estados Unidos incluido) con Ucrania. Otro ingrediente a la coctelera.

Rusia, por su parte, observa con ambivalencia. En Ucrania no ha logrado la resolución favorable prometida por Trump; cualquier distracción occidental puede beneficiarle para continuar por la vía militar. Pero la inestabilidad regional también complica su propia posición de aspirante a hegemón en la zona.

Raymond Aron definía la Guerra Fría como “paz imposible, guerra improbable”. Hoy la ecuación se invierte: guerra en expansión, paz en retroceso.

[1] Guerras Justas e Injustas: Un Argumento Moral con Ilustraciones Históricas (1977) : Interesantes reflexiones de Walzer tras la Guerra de Vietnam. Existe una edición en castellano.


[1] Guerras justas e injustas: un argumento moral con ilustraciones históricas (1977). Interesantes reflexiones de Walzer tras la guerra de Vietnam. Existe una edición en castellano.

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