Nueva York, 22 de septiembre de 2026. En la sede de las Naciones Unidas se inauguraba el debate general del 81.º período de sesiones: discursos solemnes, traductores al límite de sus auriculares y el mundo entero tratando, una vez más, de ponerse de acuerdo consigo mismo. Pero la imagen del día no llegó desde el podio de mármol verde, sino desde los pasillos del hemiciclo. Delcy Rodríguez, presidenta encargada de Venezuela, abandonó su asiento y emprendió una pequeña expedición diplomática entre filas, delegaciones y trajes oscuros. La acompañaban dos miembros de seguridad, como si en vez de buscar al presidente del Gobierno de España fueran tras una maleta extraviada en una estación. Al cabo de la travesía apareció Pedro Sánchez, casualmente ocupado con el teléfono móvil. Rodríguez esperó unos segundos; él interrumpió la llamada, se incorporó a medias y llegaron el apretón de manos, los dos besos y una conversación brevísima, resumida en una frase de inevitable resonancia doméstica: «Tenemos que hablar». Y todo ello con las cámaras que cubrían el acontecimiento lanzadas detrás de la jefa del Estado venezolano por el pasillo, siguiéndola con la misma precisión y diligencia con que los cámaras de Televisión Española persiguen una escapada en una etapa de la Vuelta a España. Solo faltaban la moto de enlace, el helicóptero y un comentarista anunciando que la mandataria acababa de coronar la fila de delegaciones y se disponía a entrar en el último kilómetro.
Según fuentes de La Moncloa, ella pidió que siguieran hablando sobre la situación de Venezuela y él respondió que España estaba comprometida con el futuro de la región. Todo lo demás —la tensión de una mandíbula, la inclinación de una cabeza, la temperatura política de cada beso— quedó a cargo del vasto departamento de imaginación de periodistas, tertulianos y especialistas espontáneos en lenguaje corporal. La escena tenía, desde luego, su carga. Rodríguez ocupa hoy la jefatura encargada de un país donde el petróleo pesa tanto en la geografía como en la política, y su llegada al poder no puede separarse del giro impuesto por Washington tras la caída de Nicolás Maduro. Bajo la luz diplomática de la ONU, cada paso parecía admitir varias lecturas: cortesía, necesidad, tanteo o simple voluntad de no dejar una conversación pendiente.
A la vista de lo filtrado por La Moncloa —y admitiendo que en diplomacia una filtración ilumina tanto como disimula—, podría pensarse que el futuro de Venezuela empieza a jugarse a tres bandas: Delcy Rodríguez, que ocupa el poder en Caracas; Donald Trump, que desde Washington dispone de palancas tan contundentes como el petróleo, las sanciones y el reconocimiento internacional; y Pedro Sánchez, dispuesto a mantener abierto el canal español. La ironía es que, en estos momentos, la dirigente venezolana parece gozar de una recepción más cálida en la órbita de la Casa Blanca que el propio presidente del Gobierno de España. En este extraño billar diplomático, la bola española aspira a intervenir en la carambola, aunque nadie haya explicado todavía quién sostiene el taco ni qué reglas rigen la partida.
Me pregunto incluso si Delcy Rodríguez, una vez recibida la bendición —laica, petrolera y perfectamente fotografiada— de la Administración norteamericana, no intentará ocupar también el viejo espacio de Acción Democrática. El partido no necesita ser refundado porque aún existe, pero la política conoce resurrecciones más sorprendentes: bastaría quizá con apropiarse de su memoria socialdemócrata, presentarse como la heredera inesperada de Carlos Andrés Pérez y esperar el pistoletazo de salida de una carrera electoral todavía sin fecha ni reglamento. En la otra calle correría María Corina Machado, una oposición errante a la que se le niega el regreso al país y que contempla con comprensible estupor cómo Washington corteja ahora a quien debía ser su adversaria. Ni siquiera haber entregado a Trump la medalla física de su Premio Nobel de la Paz —el galardón, como aclaró la institución, no puede transferirse— parece haberle asegurado la preferencia del árbitro. A este paso, cuando por fin comience la carrera, puede que Delcy ya esté en la meta, Trump sostenga la pistola de salida y María Corina siga preguntando por dónde se entra al estadio.
Y aquí entraría Pedro Sánchez, no solo como presidente del Gobierno español, sino como presidente de la propia Internacional Socialista. Si la conversión socialdemócrata de Rodríguez llegara a consumarse —hipótesis que por ahora pertenece más al terreno de la imaginación política que al de los hechos—, Sánchez podría oficiar la ceremonia, extender el certificado de buena conducta ideológica y conducirla en volandas hasta la organización. La operación tendría, sin embargo, un pequeño inconveniente: Acción Democrática ya ocupa allí la representación histórica venezolana y uno de sus dirigentes figura en el órgano de dirección. Antes de abrirle a Delcy la puerta grande habría que explicar a los viejos adecos si asistían a una reconciliación, a una absorción o a su propio funeral político. Pero en este mundo patas arriba hasta las conversiones disponen de protocolo, padrino y fotografía de familia.
Venezuela no es para mí un país enteramente contemplado desde la distancia. Conocí a Carlos Andrés Pérez, presidente en dos ocasiones, dirigente de Acción Democrática y figura destacada de aquella socialdemocracia latinoamericana vinculada a la Internacional Socialista. No es que mantuviera con él encuentros frecuentes, pero sí tuve contacto con los servicios de inteligencia venezolanos, con los que colaboramos en aquellos años agitados, alrededor del proceso que condujo a la desmovilización del M-19 en Colombia y de otros asuntos de una América Latina que vivía demasiado cerca de las guerrillas, las revoluciones y los despachos donde se intentaba impedir que unas acabaran alimentando a las otras. Recuerdo también la isla de Contadora, convertida entonces en una especie de sala de espera de la paz centroamericana, y la constelación de dirigentes que giraban alrededor de aquellas gestiones: Carlos Andrés Pérez, Felipe González y Manuel Antonio Noriega, jefe de la Guardia Nacional panameña. Eran tiempos en que una conversación discreta podía pesar más que un comunicado y en que los interlocutores cambiaban de condición con una rapidez inquietante: el mediador de hoy podía ser el problema de mañana. Noriega terminó su carrera política de la peor manera, derrocado tras la invasión estadounidense de Panamá y llevado ante la justicia norteamericana. Quizá por eso, cuando ahora veo a los mandatarios perseguirse por los pasillos de la ONU para decirse «tenemos que hablar», no puedo evitar pensar que esas cuatro palabras han movido más historia que muchos discursos completos.
En este mundo en el que ahora vivo, con casi todo «patas arriba» —expresión muy gráfica: basta imaginar una mesa volcada, enseñando al techo lo que debería apoyarse en el suelo—, cualquier gesto me llama la atención. Dispongo de tiempo y, sobre todo, de una necesidad casi obstinada de entender lo que sucede; pero cuanto más miro, menos seguro estoy de haber comprendido. Por eso escenas como aquel saludo se me resisten. Ya durante la Guerra Fría contemplaba perplejo la célebre escena, tantas veces contada y discutida en sus detalles, de Nikita Jrushchov, primer secretario del Partido Comunista de la Unión Soviética, blandiendo un zapato ante su pupitre en las Naciones Unidas. A mí no me parecía entonces el jefe de una superpotencia, sino un niño malcriado que reclamaba a su madre un capricho denegado. Tal vez la política internacional consista también en eso: adultos muy serios haciendo gestos de infancia mientras el resto del mundo intenta averiguar si anuncian una guerra, una negociación o simplemente una rabieta.
Mientras contemplaba aquel recorrido, recordé una búsqueda menos trascendente, aunque entonces me pareció de importancia universal. Yo estaba a punto de abandonar la infancia y entrar en ese territorio incierto que llamábamos juventud. Una noche, en el cine California, la película terminó, el público se marchó y yo seguí clavado a la butaca, con los ojos en la pantalla y el santo en el cielo. Pasadas las doce, mi padre y el acomodador me buscaban entre pasillos y filas vacías. No llevábamos reloj; a esas edades solo se tenía uno si había caído como regalo de primera comunión, junto a la medalla, el misal y la obligación de no perderlo. Quizá por eso la caminata de Delcy Rodríguez me resultó tan familiar. Ella buscaba a Sánchez; mi padre me buscaba a mí. La diferencia es que yo no tenía petróleo, ni guardaespaldas, ni una conversación pendiente sobre el porvenir de una región. Tenía, eso sí, una película aún encendida dentro de la cabeza y la certeza de que los adultos siempre aparecen justo cuando comienza la mejor escena.
En la ONU, como en los viejos cines de barrio, hay quien mira la pantalla, quien busca a alguien entre las butacas y quien llega tarde al significado de las cosas. Yo sigo mirando, ya sin mi padre ni aquel acomodador que vinieran a avisarme de que la función ha terminado, y quizá por eso me resisto a abandonar la sala. Confío en que, cuando por fin se enciendan las luces, alguien nos explique la película; aunque sospecho que los protagonistas tampoco han leído el guion y que el reloj de primera comunión se les ha parado a todos a la misma hora. Y colorín colorado, este cuento se ha acabado… al menos hasta que algún mandatario vuelva a decir «tenemos que hablar» y las cámaras salgan otra vez corriendo por el pasillo.


