Cuando la frivolidad amenaza la democracia
Por Kala G. Bondarenko
España vive atrapada en una guerra de trincheras que ya no se libra con ideas, programas o proyectos de país, sino con ruido, gestos teatrales y titulares fabricados para incendiar la mañana. La llamada “batalla cultural” ha dejado de ser un debate serio sobre principios, derechos, modelos de sociedad o límites del poder. Se ha convertido en un lodazal de decibelios, simplificaciones y consignas donde gana quien grita antes, exagera más y convierte cualquier asunto público en una pieza de consumo emocional.
En ese escenario, la figura del intelectual público, del analista riguroso o del periodista que fiscaliza al poder ha sido arrinconada por un nuevo personaje dominante: el todólogo multipantalla. Un espécimen mediático capaz de transitar en la misma semana por la geopolítica, la macroeconomía, el derecho constitucional, la criminología, la inmigración, la transición energética o la guerra de Ucrania con la misma ligereza con la que otros cambian de canal. No se trata solo de que opinen sobre lo que ignoran. Eso siempre ha existido. Lo grave es que hoy esa ignorancia se premia, se promociona y se convierte en autoridad pública.
El problema, por tanto, no es anecdótico. Es profundamente democrático. Cuando una sociedad sustituye el conocimiento por la ocurrencia, la información por el espectáculo y el debate por el combate de gallos, deja de formar ciudadanos y empieza a fabricar hinchas. Y una democracia poblada de hinchas es una democracia vulnerable: más fácil de manipular, más propensa al odio, más incapaz de distinguir entre una crítica legítima, una mentira interesada y una operación de agitación política.
El engranaje que sostiene esta farsa no se entiende sin la complicidad activa de las cadenas de televisión, sus directores, productores y responsables de contenidos. Los platós han dejado de ser espacios de explicación para convertirse en máquinas de excitación. No importa tanto comprender lo que ocurre como provocar una reacción inmediata. No importa la precisión, sino el corte viral. No importa el dato, sino el choque. No importa el servicio público, sino la audiencia.
Programas de la televisión generalista, tanto en cadenas privadas como públicas, han asumido una premisa peligrosa: cualquier rostro con desparpajo, seguidores en redes o capacidad para generar bronca puede ser elevado a la categoría de analista político. El resultado es devastador. Se sientan en las mesas personas cuya principal cualificación no es haber estudiado a fondo los asuntos sobre los que hablan, sino dominar el tono, la interrupción, la frase rotunda y la teatralidad del enfrentamiento.
Ese modelo no es inocente. Tiene consecuencias. Degrada la conversación pública. Debilita la confianza en las instituciones. Confunde a los ciudadanos. Alimenta la sospecha permanente. Y, sobre todo, crea un clima en el que la verdad deja de importar. En tiempos de incertidumbre, crisis social, corrupción, polarización política y desconfianza creciente, esa frivolidad no es entretenimiento: es combustible para el deterioro democrático.
Si analizamos el tablero mediático, la distribución de estos peones de la ligereza es casi simétrica. A un lado y a otro del espectro ideológico aparecen figuras que funcionan como soldados de una misma causa: la sustitución del pensamiento por el eslogan.
En la izquierda mediática, la televisión convencional ha prohijado perfiles cuya máxima virtud parece ser la ubicuidad. Gonzalo Miró es uno de los ejemplos más claros de esa mutación del famoso en opinador político. Su trayectoria pública procede mucho más del entretenimiento, la crónica social y el deporte que del análisis institucional o la reflexión política. Sin embargo, el espectador se lo encuentra opinando con aplomo sobre reformas legislativas, crisis de gobierno, inflación, judicatura o estrategias parlamentarias. El mérito ya no es saber, sino estar. No haber estudiado un asunto, sino ocupar una silla. No haber construido una posición intelectual, sino haberse convertido en un rostro reconocible.
El problema no es Gonzalo Miró en sí mismo. Cada cual puede opinar de lo que quiera. El problema es que el sistema mediático presente ese tipo de opinión como equivalente a la de un experto, un jurista, un economista, un historiador o un periodista de investigación. Ahí se produce el fraude democrático: cuando todas las voces parecen valer lo mismo aunque no todas aporten el mismo conocimiento. La igualdad democrática no consiste en que cualquier ocurrencia tenga el mismo peso que un análisis riguroso.
Algo parecido sucede con perfiles como Afra Blanco, presentada habitualmente como activista y sindicalista. Su capacidad de intervención televisiva es evidente: domina el gesto, la frase de impacto y la superioridad moral como recurso escénico. Pero demasiadas veces el debate público queda reducido a una sucesión de consignas, apelaciones emocionales y golpes retóricos. La política social, la economía, el trabajo o la desigualdad merecen algo más que pancarta televisada. Merecen datos, matices, memoria histórica, conocimiento técnico y capacidad de distinguir entre lo deseable y lo posible.
Sarah Santaolalla representa otro fenómeno característico de esta época: la hiperactividad mediática como sustituto de la autoridad intelectual. Saltar de un plató a otro, intervenir sobre todo y hacerlo siempre con seguridad no convierte a nadie en referencia pública. Puede convertirlo, eso sí, en un producto televisivo rentable. Y ahí está la clave: muchas cadenas ya no buscan expertos, sino atletas del eslogan. Personas capaces de sostener cualquier discusión, aunque el contenido sea secundario. Lo importante es que haya tensión, frase, gesto y circulación en redes.
Al otro lado de la trinchera, la derecha más dura y la extrema derecha digital han refinado el mismo mecanismo, aunque con una carga aún más corrosiva. Alvise Pérez entendió muy pronto que la desconfianza podía convertirse en negocio político. Su método se basa en una mezcla de filtraciones, insinuaciones, medias verdades, sospechas permanentes y una puesta en escena de falso justiciero. No necesita demostrarlo todo: le basta con sembrar la duda. No necesita construir una alternativa: le basta con destruir la credibilidad de todos los demás. Esa lógica es letal para una democracia, porque convierte la vida pública en un sumidero de sospechas donde nadie cree en nada salvo en el agitador que le confirma sus prejuicios.
Roma Gallardo representa el “sentido común” convertido en coartada contra el conocimiento. Su éxito se apoya en una fórmula simple: ridiculizar asuntos complejos mediante preguntas trampa, caricaturas ideológicas y una apelación constante a una supuesta calle enfrentada a las élites. Es un mecanismo viejo, pero eficaz. Se presenta el estudio como pedantería, el feminismo como delirio, la complejidad como engaño y la ignorancia como autenticidad popular. Ese antiintelectualismo no es una broma. Es una amenaza cultural seria. Las democracias necesitan pueblo, por supuesto; pero también necesitan pensamiento, instituciones, mediaciones, conocimiento experto y deliberación racional.
Vito Quiles encarna otro estadio de la degradación: el agitador que se disfraza de periodista. La técnica es conocida: perseguir, provocar, buscar el choque, forzar la escena y obtener un clip viral. No se trata de informar, sino de embestir. No se trata de preguntar, sino de acorralar. No se trata de fiscalizar al poder, sino de convertir la política en una secuencia de humillaciones públicas. Eso no fortalece la democracia. La convierte en un ring. Y cuando la democracia se convierte en un ring, tarde o temprano gana quien golpea más bajo.
El nexo de unión entre todos estos perfiles —de izquierda, derecha o extrema derecha— es la ausencia de una estructura intelectual sólida que sostenga muchas de sus afirmaciones. Son creadores de contenido disfrazados de analistas. Activistas disfrazados de expertos. Famosos disfrazados de intérpretes de la realidad. Agitadores disfrazados de periodistas. Su éxito no habla solo de ellos; habla de nosotros. De una sociedad cansada, irritada, emocionalmente sobrecargada y cada vez menos dispuesta a escuchar explicaciones largas.
La tragedia es que este ecosistema prospera precisamente cuando más necesitaríamos prudencia, rigor y responsabilidad. España atraviesa un momento delicado: descrédito institucional, sospechas de corrupción, enfrentamiento partidista extremo, erosión de la confianza pública y avance de discursos reaccionarios que explotan el cansancio ciudadano. En ese contexto, llenar las pantallas de opinadores inflamables no es una decisión neutra. Es jugar con cerillas en un pajar.
La democracia no se destruye solo con golpes de Estado, censuras o tanques en la calle. También se erosiona lentamente cuando se banaliza la mentira, cuando se premia al provocador, cuando se ridiculiza al experto, cuando se normaliza la sospecha sin pruebas, cuando los ciudadanos dejan de distinguir entre información y propaganda. La democracia muere muchas veces por cansancio, por confusión, por ruido, por hartazgo. Muere cuando la conversación pública se convierte en un vertedero y todos terminan pensando que nada es verdad, que todos son iguales y que solo queda elegir al más brutal.
Esa es la gran responsabilidad de los medios. No pueden presentarse como simples escaparates neutrales. Quien decide a quién invita, a quién promociona, a quién convierte en rostro habitual y a quién permite pontificar sobre cualquier asunto está configurando el espacio público. Está educando, o deseducando, a la ciudadanía. Está fortaleciendo la democracia o debilitándola.
Por eso conviene decirlo con claridad: la frivolidad política no es inocente. La ignorancia televisada no es simpática. El grito no es pluralismo. El insulto no es libertad de expresión. La provocación permanente no es periodismo. Y la multiplicación de tertulianos sin solvencia no es diversidad democrática, sino empobrecimiento deliberado del debate público.
España no necesita más profetas de la nada. Necesita menos ruido y más verdad. Menos espectáculo y más responsabilidad. Menos egos inflamados y más inteligencia colectiva. Porque cuando una sociedad entrega su conversación pública a quienes viven de simplificarlo todo, termina perdiendo la capacidad de comprender casi nada. Y una ciudadanía que ya no comprende lo que ocurre es una ciudadanía desarmada ante los demagogos.
La cuestión de fondo no es si estos personajes tienen derecho a hablar. Lo tienen. La cuestión es por qué los medios, las audiencias y los partidos han decidido convertirlos en brújulas de una época que necesita exactamente lo contrario: conocimiento, serenidad, coraje democrático y una mínima decencia intelectual.
Porque el verdadero peligro no es que los profetas de la nada hablen. El verdadero peligro es que una sociedad entera empiece a escucharlos como si tuvieran algo que decir.


