Ricardo Peña
El 20 de noviembre de 1975 murió Franco. Para los que nacimos bajo el franquismo, fue una muy buena noticia. Y no por la muerte de una persona, sino porque él era el nudo gordiano que sujetaba la dictadura y, sin él, era difícil que sobreviviera. Pese a ello, aún pasaron año y medio y no pocas muertes hasta las primeras elecciones democráticas de junio de 1977, porque la dictadura se resistía a desaparecer. Pero, el resultado final —la democracia que disfrutamos hoy— mereció la pena. Eso es lo que conmemoramos estos días: el tránsito a la etapa democrática más longeva de los últimos dos siglos y cuarto de la historia de España. Y la más fructífera.
Para los que no vivieron la Transición, los que sí lo hicimos —en mi caso, como activista político antifranquista— podemos afirmar que el franquismo era todavía muy fuerte a la muerte de Franco, aunque no lo suficiente como para detener la marea social que reclamaba libertades, y que el antifranquismo también era muy fuerte, pero no lo suficiente como para barrer la dictadura y liquidar todas sus estructuras. Hubo 17.000 huelgas en ese periodo y murieron por represión o, a manos de fuerzas al servicio del régimen, cerca de 200 personas. El objetivo era obviamente frenar el proceso democrático o, al menos, descafeinarlo. El rey Juan Carlos no trajo la democracia —como él exageradamente afirma—, pero más por inteligencia que por convicción, se puso del lado de los demócratas y facilitó el proceso.
El resultado de este “empate” de fuerzas fue una democracia real, pero conservando a no pocos franquistas incrustados en los intersticios del poder, notablemente en el ejército, la policía y el aparato judicial. La democracia ha tenido que ir democratizando estas estructuras a lo largo de los años y no es seguro que lo haya conseguido del todo. Una de las peores consecuencias del empate fue que, todo lo que tuviera que ver con la dictadura o la guerra civil, se cubrió de un espeso manto de silencio y ello ha impedido a las generaciones posteriores conocer esta parte de su historia. Según una encuesta reciente del CIS, el 21,3 % de los españoles piensan que los años del franquismo fueron buenos o muy buenos, porcentaje que sube al 26,8 % en el caso de los varones.
Por eso, en esta época de mentiras que viajan a la velocidad de la luz por las redes sociales, y para evitar que las generaciones más jóvenes se dejen seducir por cantos de sirena interesados, se hace necesario volver a relatar lo que fue el franquismo. Los que lo vivimos con suficiente edad tenemos la obligación moral de ofrecer nuestro testimonio.
Para empezar, la mitad femenina de la población estaba sometida a una falta de derechos comparable a la que hoy sufren las mujeres afganas. Las mujeres no podían trabajar, abrir cuentas corrientes, ni comprar o vender bienes sin el permiso del marido, que era, por ley, su representante legal. A las madres republicanas encarceladas les secuestraron sus hijos y estos fueron dados a familias “adecuadas” para que no germinara en ellos el “gen marxista”, según la teoría oficial. El adulterio era un delito en el caso de la mujer, pero no en el del hombre. Se suprimió el aborto y el divorcio, este último con carácter retroactivo sobre los divorcios realizados en la República.
La educación estaba abrumadoramente en manos de la Iglesia Católica y, en los planes de estudio, la religión era una asignatura obligatoria, evaluable y con siete horas de clase semanales. En mi colegio, que era de los pocos laicos, se nos obligaba a confesar y comulgar una vez al mes.
Los medios de comunicación carecían de libertad alguna. La censura actuaba sin freno contra ellos, contra el cine, la televisión y los libros que se vendían en las librerías. Sólo las consignas del régimen eran accesibles y omnipresentes. Al no existir internet, la única forma conseguir informaciones diferentes era escuchar radios extranjeras o viajar fuera del país. Pero no podías traer de vuelta libros prohibidos, porque eras registrado en la aduana.
Ser homosexual era un delito perseguido por una ley “de vagos y maleantes” que les equiparaba a los chorizos. También las manifestaciones afectivas heterosexuales en público podían ser multadas.
Si uno se significaba contra la dictadura, lo pagaba, no solo con la cárcel sino también con su desarrollo profesional. Numerosos estudiantes y profesores fueron separados de la universidad por participar en actos antifranquistas o escribir contra el régimen. Franco encarceló y reprimió todo lo que pudo y mantuvo los fusilamientos hasta el final de su vida. Los últimos los firmó un mes antes de su muerte.
Y, en cuanto a la economía, no es cierto que el franquismo trajera desarrollo más allá del simple crecimiento vegetativo. La corrupción entre los franquistas campaba por sus respetos al no haber una prensa independiente que pudiera denunciarla. España estuvo sumida en un atraso y pobreza económicas al menos hasta veinte años después de la guerra. El PIB per cápita de antes de esta, solo se volvió a alcanzar tras diecisiete años. Los servicios públicos eran raquíticos: a la muerte de Franco, solo el 11,7 % del PIB se destinaba a gasto público, cuando en Francia, por ejemplo, rozaba el 50% en esa fecha.
Por si no bastase el testimonio personal, todo esto está documentado en los libros de historia, que son los instrumentos adecuados para informarse de forma objetiva sobre nuestro pasado, especialmente en los libros de autores extranjeros como Paul Preston, Hugh Thomas o Gerald Brenan. Las redes sociales, en cambio, están infectadas de revisionismo histórico, especialmente por parte de los grupos de extrema derecha, interesados como están en denigrar la democracia y, por contraposición, en ensalzar la dictadura franquista. Como dato, Vox mantiene 2,4 millones de seguidores en redes, casi igual a la suma de los seguidores del PP y del PSOE, lo que significa que vuelca la mayor parte de sus energías en las redes, que es donde abundan los jóvenes, más propensos a la manipulación que el resto de los adultos.
Nuestra democracia es imperfecta, todas lo son. Y es seguro que desatiende muchos problemas. Pero su cura no está en reemplazarla por una dictadura sino, en corregir sus deficiencias. La propia democracia ofrece caminos para ello, que son la crítica en los medios, la creación de nuevos partidos y las propias elecciones periódicas, que permiten castigar los malos desempeños. Todo esto, queridos jóvenes, no sería posible en una dictadura.
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