Hoy me siento a escribiros con el corazón en la mano, porque lo que os quiero contar no está en ningún libro, sino en los rincones de Jaén, en las calles, en sus gentes y en nuestra memoria viva.
El franquismo fue una terrible dictadura, como todas, que en España vivimos en carne propia. La vivimos, porque si una, dos o más generaciones la sufren, también la sufren las siguientes. Hay que saber sanar las heridas, superar, pero no olvidar. El recuerdo es la única garantía de que no se vuelva a repetir, para evitar volver a cometer los mismos errores, después de los cuales no sirve saber quién fue culpable o más culpable.
El franquismo empezó a quedarse atrás con la muerte del Dictador, pero ello no supuso ni el fin de la dictadura ni la recuperación de la libertad ni de los derechos ciudadanos. Sí, fue el inicio de un largo camino y, cuando se empieza a transitar por él, hay que preservar y cuidar la senda para no apartarse nunca.
Manuel Palomo nos presta sus palabras y sus recuerdos para emocionarnos al recordar ese camino que hay que saber recorrer. Para que las calles no guarden lágrimas, no existan dolores que no se cuenten, ni miedos, sean mucho o poco. Para que no haya gente que pierda y nadie que calle. Y, sobre todo, para que los nietos sigan manteniendo el espíritu de Cándido, la esperanza y el futuro.

Cuando tenía 14 años conocí a un hombre llamado Cándido. Cada mañana me llevaba a pasear por las calles del barrio, y a veces nos sentábamos en un bar llamado El Marqués, en el Arrabalejo de Jaén. Allí se juntaban obreros, represaliados, sindicalistas, y gente a la que algunos llamaban de “mal vivir”, pero que para mí eran los guardianes de una memoria profunda y honesta. En ese bar, entre risas y silencios, me contaban historias que dolían y enseñaban a la vez.
Hace unos años cerraron El Marqués y lo convirtieron en una pizzería o yo qué sé qué, y eso me dio una rabia tan grande… Hoy, mientras pensaba en todo esto, he tenido ganas de pegarle un ladrillazo al parque porque ya no están los patos donde vosotros, Daniel y Vega, solíais echarles pan. Los patos, digo yo, deberían poder hablar, porque seguro que saben muchas de esas historias que también me contó Cándido en ese lugar.
“Escucha, niño,” me decía Cándido con voz suave, “estas calles guardan lágrimas que no se ven, dolores que no se cuentan. Aquí hubo miedo, mucho miedo. Gente que perdió mucho, y aprendió a callar para sobrevivir.”
Recuerdo también aquel día en que, durante uno de esos paseos, nos encontramos con un hombre mayor, un represaliado que quiso hablarnos. Sus ojos tenían la tristeza de quien ha vivido injusticias, pero también la dignidad de quien nunca permitió que le arrebataran la esperanza. Cándido y él intercambiaron miradas cómplices que hablaban de dolor, sí, pero también de empuje para seguir adelante.
Yo era un niño entonces, lleno de preguntas, y con cada palabra de Cándido y de aquel hombre, empecé a comprender que la democracia no es solo un sistema político, sino un milagro frágil, un regalo conquistado con coraje y lágrimas.
Cuando Cándido murió, no enterramos solo su cuerpo. Enterramos su pensamiento valiente, su voz que nunca calló y sus sueños de justicia. Pero su espíritu sigue vivo en vosotros, en sus nietos mayores, y en vosotros, mis nietos pequeños, la esperanza y el futuro.
Cándido era un hombre “cándido” de verdad, puro, honesto, que enseñaba que la valentía no es no tener miedo, sino enfrentarlo con el corazón abierto.
Os hablo de esto porque hoy, más que nunca, veo sombras que intentan regresar disfrazadas de discursos que niegan lo que pasó y quieren borrar lágrimas y luchas.
Y os digo algo que me emociona profundamente: cada día vivo en democracia contento, aunque a veces los que gobiernan no defiendan mis ideales, porque así lo quiso el pueblo. Eso es democracia: respetar la voluntad de la mayoría sin perder la esperanza ni el respeto.
Os pido que no olvidéis nunca que la democracia es un regalo muy caro, que viene de quienes lucharon en silencio y con valentía.
Recuerdo a Rosario, que lloró un día del año por la pérdida de su padre, pero que al mismo tiempo brindaba por la democracia, por esa libertad que se conquistó con tanto sacrificio y que hoy nos permite vivir con dignidad.
Cuando paseo y siento la voz de Cándido en mi recuerdo, siento la responsabilidad de proteger la libertad, la verdad y la justicia, y de mantener viva la esperanza para que el miedo nunca vuelva a encadenarnos.
Llevad en vuestro corazón esa memoria como un tesoro. Cuando os hablen de libertad, recordad que significa respeto, coraje y amor.
Que sepáis que Jaén, con todas sus heridas, es también el hogar de la esperanza. Y solo amando la libertad y luchando por ella podremos sanar esas heridas y construir un futuro sin miedo.
Os abrazo con todo mi amor y os dejo esta carta para que siempre llevéis con vosotros el legado de un hombre bueno, puro y valiente llamado Cándido, y de todos los que dieron todo para que la libertad viva.
Con todo mi cariño,
Manuel.
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