viernes 9 octubre, 2026

                            El VERANO de Los ASESINOS

Cincuenta años. El 27 de septiembre de 1975 fueron ejecutados cinco militantes de ETA y el FRAP, acusados de varios asesinados de policías y guardias civiles. Fueron juzgados por tribunales militares siguiendo un procedimiento sumarísimo. Con este motivo se han publicado varios libros, Uno de ellos, El verano de los inocentes, del que es autor el periodista Roger Mateos, es el que ha tenido mayor repercusión. El típico libro de la editorial Anagrama, que gusta siempre de un punto de sensacionalismo comercial. Otro, Terrorismo y represión. La violencia en el ocaso de la dictatura franquista, es un libro académico, editado por el sello de Tecnos, de autoría colectiva, coordinado Gaizka Fernández Soldevila -investigador acreditado con varias publicaciones sobre de violencia terrorista y otras dos autoras: María Jiménez y Josefina Martínez. A la vez, se han verificado varios actos de homenaje a los ahora tildados de víctimas y de “luchadores por la libertad”. Vayan a cualquier librería donde haya mesas con novedades editoriales y estantes con los autores, muchos autores y títulos, ordenados de manera alfabética. El libro de Mateos lo encontraran sin esfuerzo, al alcance de la mano, en la mesa.

Los libros aludidos tienen un carácter y valor desigual. Les adelanto que es preferible, con mucho, el libro escondido que el libro manifiesto. Roger Mateos se centra en el FRAP, en su deriva hacia lo que llamaban “lucha armada” y, sobre todo, en el fusilamiento de uno de sus miembros, Xosé Humberto Baena. Es una investigación porfiada aunque basada fundamentalmente en entrevistas a los supervivientes del comando que asesinó al policía armada Lucio Rodríguez Martín, así como a otros militantes y dirigentes. También recaba otros testimonios, el de los familiares de Baena, el de los abogados defensores. El FRAP, Frente Revolucionario Antifascista y Patriota, pretendía ser el frente de masas de un partido minúsculo, el PCE (m-l), Partido Comunista de España (marxistaleninista), una escisión del PCE dirigido por Santiago Carrillo; un partido grupuscular y sectario, acérrimo partidario de Stalin, fascinado por la violencia, estrechamente vinculado y financiado por la Albania de Enver Hoxa, la tiranía que decía gobernar la tierra del hombre nuevo. Es un libro, básicamente, de historia oral, a ratos tedioso, de redacción un tanto anárquica, deslavazada, en que los que tuvieron algo que ver con las víctimas -con exclusión de los verdugos- desgranan sus recuerdos, ¡ay!, tan mediatizados por el tiempo.

 A lo largo de los veinte años que ha durado su pesquisa, comenzada en 2002 -confiesa que el PCE (m-l) ha sido siempre su obsesión-, ha tenido tiempo el autor para consultar varios documentos, entre otros los relacionados con el entrenamiento de terroristas en campos militares de Albania que, la verdad sea dicha, no aportan nada que sea de interés. Se empeña Roger Mateos en establecer de una vez por todas la culpabilidad o inocencia de Baena, presunto autor material del asesinato del policía Lucio Rodríguez Martín, poniendo en duda la versión oficial. Digamos que la inocencia de Baena es casi el punto de partida de su investigación, cuyo desarrollo y conclusión es simplemente la acumulación de indicios y suposiciones, más de las segundas que de los primeros, para corroborar la hipótesis previa. Pregunta a familiares (¿acaso van a pensar que su hermano o su hijo era un criminal?); pregunta, casi suplica, en varias ocasiones a los conmilitones de Baena, los que formaban el comando asesino, para que confirmen o desmientan su autoría. ¡Qué ingenuidad! ¿Por qué habrían de inculparse, cincuenta años después de los hechos, cuando las responsabilidades han prescrito? ¿Por qué habrían de señalar a Baena como autor de los disparos, o del miembro que navaja en mano, aguardaba por si había que rematar a la víctima? Fue Humberto Baena el que disparó? ¿Era el que portaba la navaja? Roger Mateos resalta las últimas palabras que Baena pudo pronunciar delante de sus familiares, afirmando que no fue él quien apretó el gatillo hasta agotar el cargador. Y ello, le habilita para tildar de farsa siniestra un juicio que condenó a un inocente. Más todavía, a un héroe que quizás calló para no inculpar a un compañero de armas. Una conclusión aventurada porque, aunque probablemente se empleó la tortura en los interrogatorios, a pesar de que el procedimiento sumarísimo apenas dejaba espacio y tiempo a los defensores, las pruebas de que Baena y sus compañeros salieron aquel día del mes de julio a matar, a matar a lo loco, a salga lo que saliere, siguiendo instrucciones de su partido, son numerosas e irrefutables. Lo cual, ni que decir tiene, no justifica el empleo de la pena de muerte.

Vanguardia Obrera, 1979

El problema del libro de Mateos es la identificación -con las personas, no con su ideología, dice-, la comprensión y hasta amistad que siente con los verdugos. Admira su “nivel de compromiso”, en contraste con la pasividad de la mayoría de los españoles. Avala la versión de que la manifestación del 1 de mayo de 1973 en Vigo -la patria de Humberto Baena- fue pacífica, desdeñando los testimonios de la prensa local que habla del empleo de navajas y cócteles molotov. La manifestación de Madrid de 1973, algo así como la presentación en sociedad del FRAP fue de una violencia extrema, con un policía muerto a cuchilladas y cerca de 20   heridos entre la fuerza pública. Así lo ordenó la dirección del FRAP. ¿Por qué iba a ser diferente la viguesa dos años después? A raíz de esta manifestación Baena sufrió la primera detención.

 Sostiene Mateos que aquellos jóvenes eran “luchadores por la libertad”; y ello, pese a tener como ídolos a Stalin y Hoxa. Unos luchadores bastante sanguinarios, capaces de dispararle un escopetazo a quemarropa al guardia civil Antonio Pose, en agosto de 1975. Dice sentir por ellos una especie de solidaridad. Se le nota fascinado por alguno de estos líderes terroristas. Ante Blanco Chivite -al que tutea y llama Manolo mientras conversan en una terraza- exclama: “tenía delante a todo un mito (¿¡) de la lucha antifranquista”. Recoge de manera aprobatoria el testimonio de un militante: “Los camaradas fusilados fueron luchadores antifranquistas, no terroristas”. Llega a decir que muchos militantes del FRAP ni siquiera sabían ubicar a Albania. Cosa harto improbable. Basta ojear Vanguardia Obrera, el periódico del PCE (m-l) para leer cómo la propaganda y las referencias a Albania eran abrumadoras. En 1979, PCE (m-l) tenía hasta un local abierto en Madrid, en la calle Alcántara 50, la Librería Internacional, “distribuidora exclusiva de textos de la república popular y socialista de Albania”, con revistas como Albania hoy, Albania nueva; el partido tenía sedes abiertas de las principales ciudades españolas. Eso, claro, ya en plena transición, cuando el FRAP había abandonado el terrorismo.

Roger Mateos -es un periodista joven, con tantas pretensiones con poco vuelo y unas obsesiones algo extravagantes- parece desconocer que la memoria no es una fotografía, depósito fijo, establecido de una vez por todas, sino que es algo vivo, que muda y se acomoda con los tiempos y circunstancias. La memoria posee marcos sociales, como ya estudió el precursor de su estudio Maurice Halbwachs. La memoria es capaz de transformar a un terrorista como Manolo, en un luchador por la libertad, elevándolo a la categoría de mito. En 2025 pocos son capaces de reconocerse en el hombre que fueron en 1975. La memoria no es historia; la memoria es creadora, en muchos casos, pura fantasía a voluntad del cliente o de un gobierno que pretende reconstruir el pasado, haciéndolo obligatorio, con el fin de apoyar sus políticas presentes.

Algún que otro error de bulto tiene el libro de Roger Mateos. El haber adoptado las filias y las fobias de los militantes del FRAP tiene algunos inconvenientes Afirma que el PCE, calificado de revisionista por sus adversarios, se lavó las manos ente los fusilamientos de septiembre del 75, “miró hacia otro lado”, y ello es radicalmente falso. El periódico del PCE, Mundo Obrero, por entonces semanario, ejemplifica la actitud del partido. Una cosa era impedir que los abogados vinculados a la organización defendieran a los acusados por terrorismo, de la ETA o del FRAP, y otra muy distinta el impulsar las manifestaciones de rechazo a los juicios y a las condenas en España y en Europa.  “Lucharemos por las vidas de Garmendia y Otaegui hasta el último segundo” (MO, 1ª semana, sept 1975) (Garmendia seria indultado, en su lugar sería fusilado Juan Paredes Manotas, Txiqui). “Contra el terror franquista. ¡No más penas de muerte!” (MO, 4ª semana, sept. 1975). La posición del PCE era lógica. El régimen había tratado de vincular al PCE después del atentado mortífero de la calle del Correo, en 1974, y ahora trataba de orillar esa amalgama.  Y la última: “¡Asesinados! Condenamos con la máxima energía el crimen” (MO, 1ª semana, octubre 1975). Carrillo declaró entonces: “El terrorismo individual no es el camino y menos aún los atentados indiscriminados de los que parece reclamar la responsabilidad el FRAP” (MO, 2ª semana sept. 1975). Con razón, porque el terror justificaba mayores desmanes del régimen y dificultaba una transición pacífica a la democracia.

Cuanto peor, mejor, ha sido siempre el lema de los terroristas, no el de los demócratas; en palabras de Raúl Marco, un miembro de la ejecutiva del PCE (m-l): “Es preferible que las vigas carcomidas del régimen se pudran del todo para que el edificio se derrumbe y España pueda reconstruirse desde cero”. El mismo Raúl Marco, que parece el único hombre lúcido entre gente alucinada, incluido el narrador, afirma en otro lugar: Queríamos evitar que cuajara la transición pactada entre la oposición moderada y los elementos reformistas del régimen”. Curiosos luchadores por la libertad eran estos que se proponían impedir su llegada –“liberalismo podrido en su jerga”-por todos los medios, incluido el crimen.

Permítaseme servirme de la memoria personal, acaso infiel. El 26 de septiembre del 73 fue una noche calurosa. En Madrid, al menos. La prensa había anunciado los nombres de los que iban a fusilar o a indultar; un lote que dividieron en partes iguales. “Seis indultos y cinco condenas de muerte”, titulaba ABC. Mis camaradas y yo pasamos toda la tarde fabricando pegatinas: papel basto, engomado por una cara, de unos 10X7 cms. Teníamos una imprentilla de juguete. Una pequeña plancha de plástico con rieles en los que se acoplaban letras móviles de goma -caricatura del invento de Gutenberg). Se pasaban por una almohadilla entintada y se marcaban sobre el detestable papelón. Pero, qué mala sombra, nos faltaba una D. Solo teníamos una y necesitábamos dos. Aserramos con una cuchilla de afeitar el palito central a una B y nos arreglamos malamente. Podía leerse. DICTABURA NO, DEMOCRACIA SI. Se hizo la noche. Al cabo de un rato de andar pegando aquel texto antidictaburial, riéndonos de nosotros mismos, teníamos el paladar pegado a la boca, a fuer de ensalivar las dichosas pegatinas. En aquella noche trágica, la noche más larga según la mistificadora y bella canción de Aute, había espacio para la risa. No en vano teníamos veinte años, algunos menos de los que iban a ser fusilados. Nosotros estábamos contra Franco, no a favor de Stalin no de Enver Hoxa o de una Euskadi independiente y euskaldún. No éramos partidarios de sustituir a un tirano local por otros peores. Éramos, a nuestro modesto nivel, luchadores por la libertad, sin darnos mucha importancia, alejados de cualquier ademán heroico, sin aprobar a los víctimas inminentes ni a sus victimarios.

El libro coordinado por Gaizka Fernández es un texto serio, obra de historiadores profesionales, mucho más preocupados por establecer un relato verosímil, basado en documentos, informes oficiales, etc. usando la memoria de los testigos tan solo como un elemento más. Preocupado por recordar a las víctimas antes que por asentar la inocencia de los verdugos. El libro establece de partida unas cifras de escalofrío. Entre ETA, el FRAP y los GRAPO, asesinaron a 498 personas entre 1976 y 1982, 68 de ellas durante los últimos años del franquismo, 33 tan sólo en 1975.

Gaizka Fernández defiende que el objetivo fundamental de las organizaciones terroristas no era acabar con la dictadura, sino sustituirla por otra, ya fuera de corte etno-socialista o comunista, en versión estalininiana. Prueba de ello es que el terror de ETA llegó a su apogeo cuando España era ya una democracia y gozaba de una constitución liberal.  Los cuatro consejos de guerra que se celebraron en 1975 no respetaron las garantías imprescindibles en un juicio justo. Pero ello no invalida o nulifica los hechos sórdidos, inhumanos, que fueron cometidos por los terroristas. Las condenas a muerte fueron un resultado del oportunismo político. El gobierno Arias, agobiado por los atentados, recusado por el búnker de irredentos, acusado de debilidad, abandonado por los reformistas, desacreditado el llamado “espíritu del 12 de febrero”, es decir, la promesa de paulatina liberalización, Arias necesitaba un golpe de efecto. Y el resultado fueron cinco fusilamientos.

Por un ejercicio de prestidigitación y por obra de las leyes sobre la llamada “memoria democrática” (sic) los asesinos de ayer se han transformado hoy en héroes, mártires y luchadores por la libertad. Salvador Puig Antich, un chico de buena familia, militante de un efímero Movimiento Ibérico de Liberación, atracó bancos y su grupo asesinó a un empleado que “se puso gallito”. Era el 2 de marzo de 1973. En agosto, asesinó en un forcejeo al subinspector Francisco Anguas. Un año después sería condenado a muerte por garrote vil.

 El 5 de marzo de 2016 la alcaldesa de Barcelona Ada Colau inauguró un mirador con vistas a la ciudad en el barrio de Les Roquetes con su nombre. En la plaza se ha colocado un monumento de pésimo gusto en memoria del joven anarquista.  Colau reivindicó en su intervención la memoria anarquista de la ciudad y reclamó la Barcelona «anticapitalista, feminista y antisistema». Como si un chico con problemas, como era Puig Antich, pudiera compararse a Buenaventura Durruti. También condenó la impunidad de los crímenes del franquismo. De las víctimas, ni palabra.

Pocos años después, el gobierno de Pedro Sánchez decidió anular, en octubre de 2024, la sentencia que condenó a muerte a Puig Antich, en aplicación de la Ley de Memoria Democrática de 2022, “por la persecución y violencia padecidas por razones políticas, ideológicas y de conciencia durante la dictadura y el reconocimiento de la condición de víctima”. Asombroso. Una vez anulada la sentencia, solamente le faltó ordenar la resurrección del cadáver.

La metamorfosis más sonada fue, y sigue siendo, la de dos terroristas de ETA, que fueron fusilados con los militantes del FRAP en septiembre de 1975. Juan Paredes Manotas (no Manot), Txiqui, nacido en Villanueva de la Serena (Badajoz), prototipo del buen maketo, autor de varios delitos de sangre, el del subinspector José Díaz Linares, ametrallado en las cercanías de su casa, participante en varios atracos. Ángel Otaegui, nacido en Azpeitia, que inició su actividad criminal haciendo seguimientos de futuras víctimas, y fue colaborador necesario en el asesinato del guardia civil Gregorio Posada Zurrón.

Vanguardia Obrera, 1979

El culto a la memoria de Txiqui y Otaegui no es de ahora. Desde su muerte. Ambos pistoleros se transformaron en “héroes del pueblo”. Telesforo Monzón, fundador de Herri Batasuna, defendía que la violencia de ETA, aparte de tener un efecto nacionalizador, necesitaba de héroes, de mártires y símbolos de la patria. En el primer aniversario del fusilamiento de Txiqui y Otaegui, un manifiesto establecía que “para nuestro pueblo no son terroristas ni tienen las manos manchadas de sangre. Son revolucionarios que han luchado por la liberación social y nacional de Euskadi” (cit. Por Gaizka Fernández, p. 166). De hecho, la izquierda abertzale bautizó el 27 de septiembre como Gudari Eguna. El de este año lo han celebrado en Navarra, lejos del escenario funerario de otras veces, ante la tumba de los mártires, ejemplo de kitsch funerario.

El acto contó con la presencia de miles de personas entre cuyos asistentes se encontraban el secretario general de EH Bildu, Arnaldo Otegi, y la portavoz de la coalición en el Parlamento de Navarra. Procedieron a la inversión habitual: ¿Yo terrorista? Nada de eso. Terrorista son los demás. el Estado, el franquismo que, al parecer, contra toda apariencia, sigue vivo y coleando: “No vamos a permitir que los franquistas reescriban la historia; los terroristas fueron los franquistas, no los que fusilaron, no aquellos que 90 años después siguen enterrados en las cunetas”, reivindicó el secretario general de Sortu. “No vamos a criminalizar jamás a Txiki y Otaegi porque es criminalizar la lucha antifascista y blanquear el franquismo y el fascismo”, sentenció Arkaitz Rodríguez. No se puede, concluyó, “poner la alfombra roja a esos que ahora amenazan con meter en la cárcel no ya a los independentistas, sino a ‘Perro’ Sánchez (sic)

Lo pintoresco de esta inversión radical del significado de unos personajes detestables es la credulidad de algunos escritores. Antonio Muñoz Molina reseñó entre elogios el libro de Roger Mateos, en su habitual prosa enrevesada, escribiendo lo que parecen ser vagos recuerdos de aquel 26 de septiembre. “Salíamos insomnes y aturdidos a la calle y la normalidad de lo cotidiano era otra injuria. Cruzábamos una mirada con otras personas cabizbajas, pero era una mirada huidiza de miedo y de vergüenza

Miedo. Miradas huidizas. La verdad es que no me fijé, teniendo la boca seca y pastosa por el engrudo en aquella tórrida noche de septiembre. Insomnio, ni antes ni ahora. Bien despiertos para no transformar, entre grandes aspavientos de indignación antifranquista, a los verdugos en víctimas. Esa es la verdadera injuria; el olvido y la ofensa para los que verdaderamente padecieron en sus carnes -policías, guardias civiles, gente común- los efectos de estos revolucionarios de pacotilla, sedicentes luchadores por la libertad, durante el inacabable verano del 75, un verano que no fue el de los inocentes, sino el de los asesinos.

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