Lamento que no me entiendas insultador
El insultador político no necesita argumentos: tiene bilis. Y la bilis, como todo el mundo sabe, es una fuente inagotable de sabiduría. Él no se informa, se inflama. No debate, explota. Y cuando escribe, no busca convencer: busca descargar, como quien golpea un cojín, pero en público.
Su vocabulario es limitado pero intenso. Tres o cuatro palabras clave, bien gritadas, le sirven para explicar presupuestos, política exterior y filosofía moral. ¿Datos? Sospechosos. ¿Contexto? Manipulación. El insultador lo tiene claro: si una frase no se puede corear, no vale.
Se considera un rebelde con casa (si con casa), aunque repita exactamente las mismas frases que otros diez mil insultadores idénticos. Cree que va contracorriente mientras nada feliz en un océano de consignas recicladas. Es único. Como todos.
El insultador vive convencido de que está “diciendo lo que nadie se atreve”. Lo cual es curioso, porque lo dice casi todo su mundo, todo el tiempo y en mayúsculas. Pero esa ilusión de valentía es fundamental: sin ella, tendría que aceptar la idea terrorífica de que quizá solo está siendo ruidoso. Y el bien no hace ruido.
Lo mejor llega cuando el insultador se siente censurado. Nadie le ha prohibido hablar, pero alguien le ha dicho que así no está diciendo nada. Eso le indigna profundamente. ¿Cómo que no aporta? ¿Cómo que no convence? Si ha insultado con ganas. ¿Qué más se le puede pedir a un ciudadano comprometido?
Mientras tanto, los que lo envían observa encantado. Porque no hay nada más tranquilizador para un gobernante que una oposición a base de berridos. El insulto no exige respuesta, no obliga a rectificar y no deja huella. Es ruido blanco: molesta un rato y luego desaparece.
La crítica inteligente, en cambio, es peligrosa. Por eso molesta. Por eso se ridiculiza. Por eso se intenta ahogar bajo toneladas de exabruptos. Pensar cansa. Insultar relaja.
Así que sí, sigue insultando. Sigue creyendo que gritar es coraje y que la mala educación es rebeldía. Otros seguirán haciendo lo realmente incómodo: pensar, señalar y recordar. Sin aplausos, sin espuma… y con mucha más puntería. Espero no tener que dejar de escribir, o hablar porque me amenacen como le ha ocurrido otros compañeros de esos insultadores.
Manuel Palomo
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