jueves 21 mayo, 2026

El Desorden Mundial y la Tragedia Venezolana.

 Ni Maduro, Ni el Método Trump

La tragedia venezolana se ha convertido en el espejo más cruel del desorden global contemporáneo. Un régimen que comenzó como el expolio de un Estado, capturado por una élite militar y criminal derivó con el pasar del tiempo en una crisis humanitaria sin precedentes en Iberoamérica. Hoy, sin embargo, el problema ya no es solo Maduro; es también la deriva geopolítica que convierte a Venezuela en tablero de disputa y hace volar por los aires los últimos restos del derecho internacional.

La encrucijada —ni la patética dictadura chavista ni la peligrosa tentación de una intervención unilateral al estilo Trump— define una época en la que las soluciones simples resultan las más destructivas.

La maquinaria de la dictadura: decadencia, miedo y violencia

El régimen de Nicolás Maduro encarna la dictadura posmoderna del siglo XXI: sin legitimidad, sin proyecto, sin capacidad de gobierno, pero con sorprendente habilidad para perpetuarse. Su poder se sostiene sobre cuatro pilares: una economía colapsada que condena a millones al hambre, el narcotráfico como motor financiero, el control militar a través de privilegios y purgas internas, y la violación sistemática de los derechos humanos. El histrionismo del dictador —entre canciones propagandísticas, discursos delirantes y amenazas grotescas— no es signo de fortaleza, sino de miedo. La dependencia de asesores y escoltas cubanos, así como las filtraciones sobre contactos indirectos buscando algún tipo de indulgencia de Trump, confirman la desesperación de un régimen atrincherado y agónico.

La continuidad de Maduro es, sin dudas, el principal impedimento para la estabilidad regional. Ningún análisis serio puede negarlo. Pero denunciar su ilegitimidad no significa abrazar cualquier alternativa. Y aquí comienza el verdadero dilema moral y estratégico.

El método Trump: una oferta tan peligrosa como la dictadura

La filtración de la conversación en la que el presidente Donald Trump en la cual  advierte sobre un eventual despliegue de “tropas terrestres” en Venezuela bajo el pretexto del narcotráfico si Maduro no sale del país, no puede tomarse a la ligera. Su doctrina —una mezcla de maximalismo, impulsividad y desprecio por las normas internacionales— inaugura un tipo de injerencia que ni siquiera intenta disfrazarse de multilateralismo. El mensaje es claro: si Maduro no cae por sí solo, yo le empujo.

Pero aceptar esta lógica supone destruir los principios que han evitado un caos internacional mayor desde 1945. Como señala Hedley Bull en The Anarchical Society (1977): “Cuando los Estados sustituyen las reglas por la fuerza, no sólo destruyen la estabilidad del orden internacional; también siembran las condiciones para nuevas violencias. El uso de la fuerza unilateral, venga de quien venga, solo trae más muertos y perpetúa el ciclo de la violencia y la inestabilidad.

El peso de la historia: advertencias que no se pueden ignorar

La región ha pagado demasiado caro el intervencionismo estadounidense. Algunos episodios representativos:

  • Guatemala, 1954: la CIA derrocó a Jacobo Árbenz. La guerra civil posterior dejó más de 200.000 víctimas.
  • República Dominicana, 1965: intervención directa que causó miles de muertos y consolidó la inestabilidad.
  • Chile, 1973: la presión estadounidense contribuyó al golpe que destruyó una democracia e inauguró una dictadura sangrienta, con más de 3.000 muertos y desaparecidos.
  • Panamá, 1989: la invasión dejó entre 500 y 4.000 muertos.
  • Granada, 1983: la invasión produjo unos 45–70 muertos entre granadinos y cubanos, y 19 soldados estadounidenses fallecidos.
  • Nicaragua, década de 1980: la guerra de los Contras contra el gobierno sandinista dejó entre 30.000 y 50.000 muertos, según distintos estudios.
  • El Salvador, 1979‑1992: la guerra civil, con apoyo militar de EE. UU., causó unas 75.000 víctimas, muchas de ellas civiles; la masacre de El Mozote sola provocó entre 800 y 1.000 muertos.

Ninguna intervención resolvió problemas estructurales; todas agravaron la violencia y dejaron secuelas profundas. Esta historia obliga a rechazar de plano la opción militar en Venezuela.

La parálisis global: cuando nadie puede imponer reglas

La raíz del drama venezolano es la quiebra de las instituciones internacionales. El Consejo de Seguridad de la ONU está bloqueado por vetos; la OEA, fragmentada entre gobiernos ideológicos; Europa, ausente. Las potencias, al desobedecer las reglas que ellas mismas establecieron, han vaciado los mecanismos de resolución de conflictos. De ahí que países como Venezuela se conviertan en zonas de impunidad, donde los autoritarismos se enquistan y los actores externos actúan sin límites.

La crisis venezolana es, en este sentido, un síntoma del desorden global: un escenario donde la diplomacia falla, la coerción se normaliza y el ciudadano queda atrapado entre un tirano local y la amenaza de un salvador armado.

La única vía posible: transición democrática sin tutelas ni invasiones

Ninguna solución duradera puede ser hija de un tanque extranjero ni de negociaciones privadas entre potencias. La salida exige una transición democrática verificada, pero no tutelada. Eso implica tres líneas de acción:

  1. Rechazo absoluto a cualquier intervención militar estadounidense, directa o encubierta.
  2. Presión diplomática real, con sanciones específicas sobre el núcleo del poder del régimen, no sobre la población, y coordinadas internacionalmente para evitar atajos unilaterales.
  3. Apertura inmediata de un corredor humanitario verificable, administrado por agencias autónomas de la ONU y no por actores políticos.

Si se requiere supervisión electoral, esta debe provenir de organismos neutrales. La transición no puede estar subordinada ni al chavismo residual ni a una potencia con intereses estratégicos propios.

Europa, España y la irrelevancia autoprovocada

Europa —y especialmente España— han tenido una presencia desdibujada. La Unión Europea no logró articular una estrategia común y osciló entre el reconocimiento simbólico, en su momento, al liderazgo de Juan Guaidó a una pasividad posterior y una aparente indiferencia  ante los retrocesos democráticos. España, pese a su historia y vínculos culturales, tampoco ha sabido ejercer un liderazgo constructivo. Y la falta de coherencia europea facilita la narrativa de Trump: “Si ustedes no actúan, lo haré yo”.

El espejismo del Nobel y la manipulación geopolítica

Convertir el Premio Nobel para María Corina Machado en una herramienta para justificar una intervención militar es una manipulación política inaceptable y que perjudica la labor de la premio Nobel y el futuro de una futura democracia venezolana. El Nobel debe reconocer la labor de paz, no servir de pretexto para operaciones militares. Transformarlo en arma geoestratégica, insistimos, degrada la causa democrática venezolana.

Ni dictadura ni injerencia

La urgencia de poner fin al régimen de Maduro es indiscutible. Pero la solución no puede ser la sustitución de una tiranía por la anarquía internacional. Venezuela no necesita a Maduro; tampoco necesita convertirse en el próximo escenario de una intervención militar disfrazada de cruzada moral y sanitaria.

Solo una salida negociada, multilateral, legítima y respetuosa del derecho internacional puede reconstruir un país devastado. La tragedia venezolana exige algo más que fuerza: exige principios, inteligencia estratégica y una comunidad internacional que vuelva a creer en la ley como barrera frente al caos. Lo que no ha habido hasta ahora.

Ni dictadura. Ni método Trump. Solo democracia, soberanía y dignidad y respeto a la vida y los derechos de los venezolanos.

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