El instante, según el afortunado relato de Javier Cercas, fue el de la entrada intempestiva del teniente coronel Antonio Tejero en el Congreso y la actitud gallarda de Adolfo Suárez, el vicepresidente Gutiérrez Mellado y Santiago Carrillo, los únicos que permanecieron sentados en sus escaños, encarando a la tropa golpista, en lugar de hurtar el cuerpo y lanzarse al suelo. Algunos piensan que el relato de Cercas no es una obra de historia. Yo pienso lo contrario. Quizás no sea fiel a algunas convenciones del género, como la nota a pie de página, pero es una narración que reconstruye e interpreta lo que sucedió aquel día de febrero. Y lo hace con estilo, con arte, algo de lo que no pueden presumir muchos historiadores.
Ahora este relato inspira un guion para una serie televisiva. Están de moda las series. Son como películas por entregas. Modernos folletines para ver. Es conveniente que se recuerden estos hechos de un pasado que no pasa, el período de lo que llamamos Transición, los años que discurren entre la muerte de Franco y la estabilización del régimen democrático, en 1982. Es oportuno, en particular, para los que -como Pablo Iglesias y consortes- descalifican la Transición como insuficiente, como un pacto entre élites que aseguraron la subsistencia de parte del régimen anterior; o bien condenan un pacto que alumbró, según ellos, un franquismo sin Franco.
La serie, como el libro de Cercas, muestra a las claras que la amenaza de intervención militar fue constante. Las crónicas magistrales que escribía para El País Miguel Ángel Aguilar, advirtiendo del «ruido de sables», nos ponían el alma en un puño, a ritmo casi a diario. Este ruido condicionó las posturas de todos, gobierno y partidos de oposición, en aquel momento político. Este ruido y la ofensiva terrorista, sobre todo de ETA, que alimentaba el malestar militar. Influyó en la política del PCE, desde luego, obligándole a renunciar a su estrategia de ruptura para hacerla primero «pactada» y diluirla luego en un consenso genérico; una renuncia que afectó a los símbolos -la bandera rojigualda- y a su preferencia por el régimen republicano. Pero renuncia también la de las élites que venían del franquismo, obligadas a abandonar cualquier propósito de reforma limitada, que no diera paso a la legalización de todos los partidos, la amnistía y unas elecciones libres. Gobierno y PCE fueron los interlocutores más relevantes. El PSOE apenas se desperezaba de varias décadas de inacción.
Los cuatro episodios de la serie reflejan esta realidad. Ningún actor encarna a Felipe González, el hombre que se alzaría al final con el santo y la peana, agavillando la cosecha que otros sembraron. La Transición, como Saturno, acabó devorando a sus hijos, anulando políticamente a los que más habían puesto en ella.
Es notable el parecido, en el gesto, en ese adelantar la mandíbula inferior, en las pausas al hablar, del actor que encarna a Carrillo, Eduard Fernández; aunque el líder comunista era más bien escurrido de carnes. Doy fe de que era capaz de dejar el pitillo al pronunciar un discurso. El asunto de la matanza de Paracuellos – víctimas de las sacas de la cárcel Modelo sobre todo- y su responsabilidad, nunca bien aclarada, le perseguirán hasta su muerte. Los que allí fueron sacrificados no eran todos militares ni fascistas, como el guionista pone en boca de Carrillo a título de justificación o disculpa. Nada, ni siquiera una guerra, puede justificar la matanza de enemigos indefensos.
Suárez era un hombre de una cordialidad desbordante. No se limitaba a coger la mano del interlocutor, sino que le echaba el otro brazo sobre los hombros, en un simulacro de abrazo. Sabía hacer amigos. No tenía eso que se llama ideología ni un compromiso fuerte con su pasado falangista. Era audaz y descarado. Fue la elección ideal, redonda, para dirigir el cambio político. Pero no valorada en su momento.
Lo que viene a demostrar que el rey Juan Carlos no era ese bobalicón que retrata la serie televisiva. El hombre que facilitó la llegada a España del régimen representativo y, a la vez, disfrutó de la vida y se granjeó una sólida fortunita como comisionista privilegiado, podía serlo todo menos tonto. Sostener, como hacen algunos -llamémosle el factor Urtasun, o la imbecilidad en persona- que las trapacerías erótico-económicas han de primar sobre la clarividencia política, es preferir la anécdota sobre la categoría. En algunas esferas políticas se observa una extraña tabla de valoración: Escándalo ante la picaresca económica y comprensión y tolerancia ante la complicidad y el pacto con antiguos terroristas y separatistas. Un puritanismo selectivo, acorde con las conveniencias políticas.
Una ausencia clamorosa, espectacular, tremebunda de la serie: el discurso televisado de Juan Carlos la noche del 23F, dando la cara, tieso y de uniforme, en plan de jefe de las fuerzas armadas, poniendo firmes a sus hombres. Fue el momento en que los españoles sobresaltados pudimos retirarnos a dormir. Ese sí que fue el instante decisivo, el que nos permite ahora echar lodo sobre la figura del «emérito «. Mucha moralina que arguye poca altura de miras. Era el último que faltaba, el rey, después de Suárez y Carrillo. La historia no siempre reconoce méritos, o lo hace a destiempo, como con Suárez, de manera póstuma. El antiguo monarca es un hombre anciano que apenas se tiene en pie. Un hombre que mando mucho y que no se resigna al anonimato obligado por su nuevo papel. Pero ello, más que invitar al repudio o a la risa, debe inspirar piedad. Que el hombre que puso firmes a la tropa desmandada permanezca en un exilio vergonzante es, creo yo, profundamente injusto. Una castigo, una desgracia que convendría reparar. Si no en esta serie de episodios, en la que seguirá, después del paréntesis actual, en el próximo gobierno, continuando la historia de España.

- El mazapán que mira al revés
por Campo y Alma Castilla-La ManchaLa primera nevada de diciembre llegó a Toledo sin hacer ruido, como si no quisiera despertar a las piedras antiguas. Desde la Puerta del Cambrón, la ciudad parecía hecha de azúcar glas. Las luces de Navidad colgaban sobre las calles estrechas y, entre el olor a castañas asadas, había un perfume más tenue y más - El vino de los buenos días o de los días buenos
por Campo y Alma Castilla-La ManchaLa campanilla de la puerta de la farmacia sonó con el timbre suave de siempre, ese que Alberto decía que era casi un villancico perpetuo, porque sonaba más en diciembre que en todo el resto del año. Afuera, la calle del barrio madrileño se llenaba de luces en los arboles y bolsas de regalo; adentro, - El Aceite, de verdad, del Abuelo Cándido
por Campo y Alma Castilla-La ManchaLa helada de diciembre había dibujado encajes en los cristales cuando Cándido abrió la puerta del patio. El aire de La Mancha le golpeó la cara como un recuerdo: seco, limpio, con ese olor indefinible a tierra dormida y a leña que empieza a arder en las chimeneas. Se abrochó el abrigo, tomó la gorra - El queso con alma
por Campo y Alma Castilla-La ManchaEl coche cruzaba la llanura manchega como quien vuelve a leer un libro querido, en cada página, en cada kilómetro hay el recuerdo de un tiempo placentero. Fernando bajó la velocidad al ver, a lo lejos, los molinos recortados contra el cielo de diciembre. —Mira, Jose —susurró, sin dejar de mirar al frente—. Siguen ahí.






