No hay nada como un conflicto internacional para conocer las verdaderas convicciones democráticas de nuestros dirigentes nacionales e internacionales. La guerra contra Irán iniciada por Israel e Estados Unidos nos está dando la medida de la idea que tienen estos dirigentes de cómo deben ser las relaciones internacionales. Los atacantes ya los conocemos: son dos déspotas —Netanyahu y Trump— acostumbrados a saltarse las leyes cuando les conviene. El primero utiliza la guerra para protegerse de un asedio judicial por corrupción que se cierne sobre él desde hace varios años y, el segundo, está en horas bajas dentro de su país y se enfrenta a unas elecciones cruciales en noviembre que podrían poner al Congreso y el Senado en su contra.
Pero, en esta acción, demuestran además una grave irresponsabilidad: han incendiado una región, ya de por sí inestable, que atesora gran parte de las reservas mundiales de petróleo y gas natural. Su guerra ha involucrado ya a una docena de países, incluyendo uno —Chipre— de la Unión Europea, ha paralizado el tránsito por el estrecho de Ormuz, por donde circula una parte importante de dichos recursos, y provocará una espiral inflacionaria en todo el planeta. Recordando el resultado de las guerras iniciadas por Estados Unidos en Afganistán e Irak, la actual corre el riesgo de sumir a Irán en un caos semejante de guerra civil e inestabilidad por muchos años, dado que no existe un modo sencillo de sustituir al régimen despótico de los ayatolás. También podría ser el inicio de una guerra mundial —estas empiezan así, por una concatenación de decisiones irresponsables— ya que hay intereses globales en juego de China, Rusia y Occidente. O de una nueva ola de terrorismo islamista.
Tras las dos terribles guerras mundiales del siglo XX, se puso en pie un esbozo de legalidad internacional —la Organización de Naciones Unidas, la Corte Penal Internacional, la Corte de Justicia de La Haya— cuyo fin era dirimir los futuros conflictos de forma pacífica. Se proclamó la inviolabilidad de la soberanía de cualquier país y se prohibió el uso unilateral de la fuerza. Solo las resoluciones de la ONU podían instar a usar la fuerza en circunstancias extremas y nunca por parte de un solo país. Lo coherente con este marco hubiera sido condenar la acción unilateral de Israel y Estados Unidos y llamar a las partes a reanudar la vía diplomática.
Sin embargo, el mundo real es más complejo que cualquier tratado y, ante esta agresión, ha habido reacciones para todos los gustos. Canadá y Australia —aliados históricos de los Estados Unidos—, Alemania —defensora a ultranza de Israel— e Italia —cuya jefa de gobierno sintoniza con Trump— se han puesto incondicionalmente del lado de los agresores. Desprecian toda legalidad internacional y justifican la acción en base a la defensa del mundo libre. Se comportan como lamebotas de los déspotas: cualquier cosa que estos hagan les parecerá justificado. El flamante jefe supremo de la OTAN, el holandés Mark Rutte, ha tenido —de nuevo— una actuación lamentable en el mismo sentido.
Francia y Reino Unido, inicialmente dispuestos a participar en las acciones arguyendo poseer bases militares en la región, han dado después un paso atrás y ahora solo contemplan acciones defensivas. También han denunciado que la agresión no cuenta con ningún respaldo legal. España, Suecia, Dinamarca, Irlanda y Eslovenia han sido mucho más contundentes y han denunciado la agresión como peligrosa para la paz mundial y contraria al orden internacional. España incluso ha vetado el uso de las bases estadounidenses en suelo español. La resultante de esta disparidad de criterios dentro de la Unión Europea ha sido un comunicado conjunto descafeinado llamando a la contención y a la negociación, pero sin mencionar a los agresores. La mayoría de los países de la UE, y ella misma, se están comportando como conejos asustados que temen importunar a sus supuestos aliados. Ya vimos una reacción similar con ocasión de los salvajes bombardeos israelíes en Gaza que se llevaron por delante la vida de 70.000 civiles, un tercio de los cuales eran niños.
Entrando en la escena nacional, para el líder de Vox, Santiago Abascal, la ecuación es muy sencilla: o se está con “las tinieblas de los ayatolás” o se está con “el mundo libre” que para él representa Estados Unidos, haga lo que haga. En la estrecha mente de este lamebotas de Trump, no cabe la posibilidad de que se pueda estar a la vez contra el régimen de Irán y contra la agresión unilateral a un país. Lo que es coherente con las escasas convicciones democráticas de las que este líder hace gala a menudo, ya se trate de las mujeres, de los inmigrantes o del respeto institucional.
El caso de Núñez Feijóo es algo más complejo. La obsesión de este hombre por utilizar cualquier suceso para atacar a quien —según él— fue el culpable de que no pudiera ser Presidente le lleva a adoptar posturas inverosímiles para un partido democrático conservador. Ante las amenazas de Trump a España por no permitirle usar las bases, lo coherente para quien se dice patriota hubiera sido cerrar filas con el Gobierno y defender la soberanía de España que, en este caso, coincide además con la legalidad nacional sobre el uso de las bases y con la legalidad internacional. Lejos de eso, acusa a Sánchez de poner a España en peligro y de no situarse al lado de “sus aliados”, sin ninguna referencia a la legalidad internacional. Posición que le convierte en otro lamebotas de Trump y que, ademas, nos hace albergar serias dudas sobre cuáles serían sus políticas en la esfera internacional en el caso de gobernar. La señora Diaz Ayuso se sitúa en esa misma posición, si bien con su peculiar estilo agresivo y faltón. Recopilando sus últimas iniciativas —medalla a Milei, viaje a Florida anunciando otra medalla para Estados Unidos, posicionamientos diversos al lado de Trump— uno se pregunta si pretende hacerse un nombre en la internacional ultra con vistas a una hipotética presidencia suya de España.
En cualquier caso, este es el mundo que habitamos: líderes complacientes con los déspotas, líderes asustados como conejos, muy poca dignidad internacional y una ausencia flagrante de convicciones democráticas. Son oportunas aquí las palabras de Edmund Burke: «Lo único necesario para que triunfe el mal es que los hombres buenos no hagan nada».
Ricardo Peña
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