domingo 14 junio, 2026

Contradicciones en la Sombra

El Blanqueamiento del Terrorismo

El espejo moral roto de la geopolítica

El despertar cotidiano en el panorama geopolítico actual es un ejercicio constante de confrontación con la miseria humana. Las noticias de guerras y hostilidades no solo agotan nuestra capacidad de asombro, sino que hieren progresivamente la humanidad que nos define, sometiéndonos a una sensación de impotencia ante la crueldad. En esta vorágine de conflictos, el escenario de Gaza ha adquirido una centralidad ineludible, polarizando el debate global hasta un punto de fractura moral. La crítica internacional se ha tornado furibunda y casi monolítica contra las acciones militares de Israel, a menudo descritas con la gravísima acusación de genocidio, mientras que, paradójicamente, el foco sobre la naturaleza del adversario, el grupo terrorista Hamás, es constantemente difuminado o, peor aún, silenciado.

Este ensayo se propone desvelar y argumentar las profundas contradicciones inherentes a una defensa de la causa palestina que, por omisión o por conveniencia ideológica, ignora o minimiza las maldades fundacionales de Hamás y el terrorismo islamista que representa. Sostenemos que la obsesión por condenar las acciones de un Estado —por muy cuestionables que sean dentro del marco del derecho internacional— sin exigir de manera simultánea y perentoria la liberación de los rehenes y la renuncia a la lucha armada por parte del grupo terrorista, constituye un peligroso blanqueamiento del terrorismo. Este enfoque selectivo no solo distorsiona la realidad del conflicto, sino que socava los pilares morales y de justicia que Occidente dice defender, abriendo una puerta a la normalización de la violencia cobarde como herramienta política legítima.

I. La Asimetría de la Condena: Del furor contra Israel a la amnesia sobre Hamás

La reacción global ante la respuesta militar de Israel en Gaza ha sido inmediata, masiva y profundamente condenatoria. El ataque del 7 de octubre de 2023, perpetrado por Hamás, desencadenó una respuesta cuya severidad ha generado una crisis humanitaria de proporciones catastróficas. Es moralmente necesario e intelectualmente obligatorio criticar y exigir responsabilidades por cada vida civil perdida en Gaza. Sin embargo, el problema radica en la asimetría de la condena, en el desequilibrio moral que parece regir la percepción del conflicto. El mundo se apresura a señalar los presuntos crímenes de guerra de una de las partes, mientras guarda un silencio cómplice o una ambigüedad calculada respecto a las maldades que dieron origen a la espiral de violencia.

Hamás no es un interlocutor político comparable a un gobierno estatal, sino una organización fundamentalista islámica, clasificada como terrorista por múltiples naciones y bloques supranacionales. Su carta fundacional llama a la destrucción de Israel y su método operativo es la siembra del terrorismo por cualquier medio. El ataque del 7 de octubre, caracterizado por la brutalidad contra civiles, violaciones, torturas y el secuestro masivo, fue un acto que trasciende la confrontación militar para ubicarse en el ámbito de la barbarie.

El furibundo ataque contra Israel, que en muchos ámbitos ha derivado en un antisemitismo apenas velado, se produce sin la debida contextualización que exige la liberación de los rehenes que Hamás retiene. ¿Cómo puede una voz que clama por la justicia y el fin del sufrimiento ser creíble si ignora a los secuestrados? Exigir el cese de las hostilidades sin incluir la liberación inmediata e incondicional de los rehenes es una postura moralmente fallida. Constituye, en esencia, un mensaje de permisividad hacia el uso de seres humanos como escudos y moneda de cambio, un acto que viola los derechos humanos fundamentales y que consagra la violencia terrorista como una táctica eficaz.

II. La Lucha Cobarde y el Legado del Terrorismo Islamista

La crítica a la defensa de Gaza por parte de ciertos sectores debe incidir en que esta defensa, al omitir la denuncia a Hamás, contribuye a un blanqueamiento del terrorismo islamista, una ideología que ha sembrado una estela de muerte y destrucción en todo el mundo occidental y más allá. Es crucial recordar que la lucha que denominamos «cobarde» no es una metáfora, sino una realidad palpable: el terrorista ataca lo indefenso, al civil, al transeúnte, al ajeno al conflicto militar.

Los apologetas de la condena unilateral a Israel parecen padecer una amnesia histórica selectiva. Es necesario hacer la pregunta incómoda: ¿Cuántos atentados han cometido las organizaciones judías en Europa o Norteamérica? ¿Cuántos inocentes han asesinado en nuestros países? La respuesta es un abismo que contrasta con el sangriento legado de los movimientos islamistas.

Fueron acaso los judíos los que:

  • Lanzaron los aviones contra las Torres Gemelas en Nueva York, asesinando a miles de trabajadores inocentes, en un acto que redefinió el terrorismo global.
  • Secuestraban aviones o barcos como el Achille Lauro, donde se asesinó a un parapléjico solo por su identidad judía.
  • Pusieron las bombas en los trenes de cercanías de Madrid (11-M) o en Francia.
  • Conducían las furgonetas que se lanzaron sobre inocentes transeúntes en las Ramblas de Barcelona o en ciudades francesas.

A cuántos miles de estadounidenses y europeos han asesinado los judíos en actos de terrorismo de esta índole? El contraste es abrumador y, sin embargo, la narrativa actual tiende a ignorar este historial, permitiendo que la organización responsable de la última matanza, Hamás, sea vista por algunos como un movimiento de resistencia legítimo, en lugar de lo que es: una célula terrorista con ramificaciones y planes activos de violencia global. La reciente detención de individuos de Hamás en Alemania que pretendían atentar subraya, con una claridad escalofriante, que este movimiento no ha demostrado síntoma alguno de querer abandonar su lucha cobarde. El terrorismo no es una fase; es una estrategia ideológica y militar.

III. La Crisis de la Inteligencia: Ideología y la Erosión de los Valores Ilustrados

La incapacidad de gran parte de la izquierda internacional de adoptar una postura equilibrada ante este conflicto revela una crisis profunda de la inteligencia y una traición a los principios que históricamente la han definido. Surge la pregunta: ¿Por qué este apoyo sistemático a pueblos o regímenes cuya religión o ideología les permite violar los derechos humanos, carecen de libertad de expresión, y están regidos por dictaduras o teocracias? La respuesta yace en la adopción de un maniqueísmo ideológico que simplifica la complejidad del mundo en la única dicotomía de «opresor vs. oprimido», donde Israel es automáticamente colocado en la primera categoría, sin importar la naturaleza del segundo.

Esta visión simplista es el resultado de un proceso de erosión intelectual más amplio, un fenómeno que se ha aprovechado de un momento de relajo en la humanidad. La comodidad material ha derivado en un olvido de la vida intelectual, permitiendo que las bases ideológicas de nuestra civilización—justicia, libertad, fraternidad—sean desprestigiadas y convertidas en conceptos absurdos por poderes que buscan la sumisión. Se ha perdido la capacidad de aplicar el pensamiento crítico y la razón para analizar un conflicto donde ambos lados presentan fallas morales, pero donde uno se sustenta en la lógica del terrorismo.

La sumisión intelectual se impone cuando la ideología ciega la vista ante los hechos históricos y las evidencias actuales. Se blanquea el terrorismo porque conviene a la narrativa de deconstrucción del orden occidental, olvidando que los valores de la Ilustración (Igualdad, Libertad, Fraternidad) fueron conquistados con dolor y son infinitamente más difíciles de mantener que de perder.

IV. La Exigencia Ineludible: Rehenes y el Fin del Blanqueamiento

Para revertir este naufragio moral y salir de la política de «dibujos animados» que nos ha impuesto el frentismo global, es imprescindible establecer un punto de inflexión ético. El primer paso ineludible es la exigencia, sin paliativos ni condiciones, de la liberación de los rehenes que Hamás retiene.

Esta demanda no es un mero gesto humanitario; es la línea roja que separa la moralidad de la complicidad. Mientras Hamás siga utilizando a civiles secuestrados como herramienta de presión política, cualquier movimiento o discurso que no lo condene de manera explícita y prioritaria está, de facto, legitimando el terror. Es un acto de doble moral exigir un alto el fuego por razones humanitarias sin exigir, con la misma vehemencia, la liberación de aquellos que fueron arrancados de sus hogares y retenidos como ganado.

El mundo debe recordar a los secuestrados por Hamás no como una nota a pie de página, sino como la principal prueba de cargo de la barbarie de esta organización. La negación a liberar a los rehenes es una declaración de intenciones: Hamás no busca la paz ni un acuerdo duradero, sino la continuación de la lucha por la vía terrorista. Aceptar esta realidad y actuar en consecuencia es el único camino para detener el blanqueamiento del terrorismo y para que la justicia, en su sentido más amplio, prevalezca.

Conclusión: Un llamado a la inteligencia y la fraternidad

La situación en Gaza, con su compleja historia y su trágica realidad actual, exige un rigor intelectual y una integridad moral que el debate internacional actual ha demostrado no poseer. Es innegable que las acciones de Israel deben ser juzgadas con la máxima severidad si se demuestra la violación de las leyes de la guerra, pero esta crítica no puede ser un cheque en blanco para el terrorismo. Al señalar únicamente la crueldad de la respuesta, e ignorar la crueldad ideológica y operativa de la agresión inicial, caemos en una profunda y peligrosa contradicción.

El sistemático olvido de las maldades de Hamás, de su historial terrorista en Occidente y de su negativa a liberar a los rehenes, supone un blanqueamiento del terrorismo islamista, que no tiene intención de abandonar su lucha cobarde. El apoyo internacional que ignora estos hechos no es un acto de solidaridad, sino una traición a los principios de justicia, libertad e igualdad que definen la civilización occidental.

Para recuperar el rumbo, la humanidad debe unir su bienestar material al ejercicio de la inteligencia crítica. Debemos negarnos a vivir en una era de «dibujos animados» ideológicos y exigir la verdad completa. La liberación incondicional de los rehenes de Hamás es el primer paso moral. El segundo, y más duradero, es el rechazo frontal a toda forma de terrorismo, sin excusas ni atenuantes, recordando que la lucha por los valores ilustrados requiere un compromiso constante y la valentía de condenar la barbarie, venga de donde venga. El futuro de nuestra conciencia depende de ello.

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