martes 17 marzo, 2026

Claudia Múgica

La Transición fue una maravilla. La dictadura, hija de los vencedores de la guerra civil, se moría de vieja, como su jefe y símbolo, Francisco Franco, Generalísimo de los militares, apodado el Caudillo y Jefe del Estado por la Gracia de Diós. Fallecido tranquilamente en su cama de hospital, había situado como sucesor suyo a Juan Carlos de Borbón, nieto del último Rey de España antes de la II República, Alfonso XIII. De este modo, Franco eliminó una perpetuación sin él del autoproclamado Régimen y al entregar a su muerte su poder absoluto al futuro Juan Carlos I daba la señal del cambio venidero que solo podía ser democrático, aunque sin dar la receta el viejo dictador.
Juan Carlos pudo coadyuvar al cambio desde el Trono contando con el empuje de un pueblo español que quería democracia y ser europeo, así como de unos políticos que supieron maniobrar para que prevaleciera una reconciliación presidida por el olvido de las culpas y barbaridades de cada parte que debían quedar para los historiadores más que para el día a día para, así, poder pensar en todos sin excluir a nadie. Ya pidió Azaña en 1938 “paz, piedad y perdón”.
El invento, aplaudido con admiración fuera de España, funcionó bien hasta que pasaron un par de generaciones. La de los nietos parece preferir olvidar el pasado reciente y recordar el pasado anterior, y no al revés, abandonando de este modo la reconciliación para revivir las confrontaciones de tiempos anteriores y dejar de lado los entendimientos esenciales entre derecha e izquierda que en la Transición, y también después, permitieron, vía el “consenso”, pactar con “los otros” para reducir discrepancias y hacer que el país progrese de un modo aceptable para una gran mayoría y no sea un territorio donde solo unos puedan estar satisfechos a costa de otros que si llegan al poder invertirán los logros y las satisfacciones.
Tres situaciones muestran el deterioro actual de la convivencia. Pedro Sánchez representa la primera al polarizar desde el “no, es no” la sociedad española. Pueden los suyos reprocharlo legítimamente también a sus adversarios, pero quien gobierna ya desde 2018, ocho años, es quien más debe buscar y promover la unidad en el país y no su división como hace el actual inquilino de La Moncloa, renegando con ello de la Transición.
En Sevilla se fue recientemente al garete un evento que quería subrayar que con los odios que desembocaron en la Guerra Civil perdieron todos los españoles. Ya no importaba con el paso del tiempo quiénes ganaron o perdieron la guerra civil, se prefería subrayar que ese desgarro tan profundo hizo perdedores a todos, una reflexión importante que parecía que ya se podía hacer noventa años después del inicio de esa horrible contienda. Sin embargo, el escritor David Uclés ha preferido con otros aferrarse a la derrota de la II República para reprochar a la Transición que perdonara también a la dictadura, olvidando que el bando republicano no fue tampoco irreprochable ni durante la guerra ni antes. Habrá pues que esperar a que en 2036 se calmen quizás definitivamente unas aguas ahora todavía insalubres en estas condiciones y se recuerde más la convivencia tan importante de la Transición contemplando, por ejemplo, una fotografía tan representativa de reconciliación como una de Fraga y Carrillo juntos.
ETA se disolvió, pero no su espíritu. Dejaron, por fin, de matar y se incorporaron a la vida política aparentemente sin amenazas ni chantajes. Sin embargo, desde los órganos políticos que sucedieron en sus demandas apenas se ha condenado los crímenes de la banda terrorista que, incluso, mató más en democracia que en dictadura. Al no lamentar esos crímenes no dejan de hacerlos suyos en opinión de muchos. Su apoyo a los etarras que salen de prisión y que tuvieron las manos manchadas de sangre, aunque ya esté seca, lo certifica incrementando en dolor de las víctimas.
Una joven vasca, Claudia Mujica, simboliza, con las asociaciones de víctimas del terrorismo, el rechazo a esta actitud del nacionalismo vasco, no siempre solo del extremista, que azuza a las nuevas generaciones buscando la confrontación, exaltando en definitiva un pasado terrorista en lugar de apaciguar las aguas con un verdadero olvido, no uno en el que los asesinos son los héroes.
España no va por buen camino. No porque haya problemas difíciles de resolver, sino porque hay muchos que solo quieren resolverlos a su gusto sin intentar que el país avance en su conjunto y no a base de tirones que luego parece que deben compensarse con otros en dirección contraria.

Carlos Miranda, Embajador de España

  • España 1992: un año de esfuerzo y satisfacción-I
    En esta entrega de «Recuerdos que no se deben de olvidar», Rafael Vera analiza el emblemático año 1992. Bajo el título «Un año de esfuerzo y satisfacción», el autor rememora la transformación de una España que deslumbró al mundo con la Expo de Sevilla y los Juegos de Barcelona. Un relato de ambición y gestión política que reivindica el éxito colectivo frente a los desafíos de seguridad de la época. Una mirada imprescindible a la intrahistoria de los hitos que definieron nuestra modernidad actual.
  • La Conspiración. I- La denuncia contra Garzón.
    Un nuevo capítulo de “Recuerdos que no deben olvidarse”, de Rafael Vera. En esta entrega relata la denuncia que presentó contra el juez Baltasar Garzón en 1995 y el clima político, judicial y mediático que rodeó aquellos años convulsos de la democracia española. Una historia incómoda que ayuda a entender un tiempo que muchos no conocieron, otros han olvidado y algunos quizá prefieren no recordar. Cuando se cierra un ciclo vital, especialmente tras años dedicados a una actividad pública de gran trascendencia, rodeado de las mismas personas y enfrentando duros retos diarios, surge la sensación de que el futuro traerá
  • 200 años del Cuerpo Nacional de Policía
    En el bicentenario de la Policía Nacional, Rafael Vera recorre dos siglos de historia que son también dos siglos de transformación del Estado español. Desde su origen en 1824 hasta la modernización democrática y tecnológica actual, el artículo combina memoria institucional y experiencia personal. Especial atención merece la integración de cuerpos en 1986 y el difícil tránsito desde una policía heredada del franquismo a un modelo profesional y constitucional. Un texto que invita a reflexionar sobre seguridad, libertades y modernización democrática.
  • ¡Basta ya! Un grito de cólera
    Es una lástima que recuerdos tan tristes, que surgen cuando las tragedias cobran una dimensión insoportable, vuelvan a adquirir protagonismo muchos años después. Aquel final, del que solo sabemos que ETA decidió dejar de matar, sin arrepentimiento público ni declaración alguna de no volver a matar
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    En un tiempo de terrorismo global, polarización política y debates simplificados sobre el pasado, este texto de Rafael Vera recupera la memoria de una etapa decisiva en la lucha contra ETA. Un relato incómodo y detallado sobre seguridad, Estado, sacrificio y decisiones límite, cuya comprensión sigue siendo clave para entender la España actual.
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    ¿Cómo se fraguó la seguridad de nuestras embajadas cuando España decidió, por fin, mirar de frente a Israel en 1986? Rafael Vera nos traslada a un Líbano desangrado por la guerra civil para narrar el angustioso secuestro de un agente del GEO y la audaz misión de rescate en el corazón de Beirut. Un relato de diplomacia al límite, espías y el sacrificio de hombres como Pedro de Arístegui, que lo dieron todo en una época donde cruzar la «Línea Verde» podía ser un viaje sin retorno. El 17 de enero de 1986, España e Israel establecieron por primera vez
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  • La condición humana
    Para aquellos que desde el Gobierno actual piensan que el olvido es la muerte de las cosas, o que hay que aprender a olvidar para poder seguir adelante, les tengo que recordar que el olvido es un viaje a la nada; si el olvido que imponen es la ausencia del recuerdo, la memoria de las víctimas y nuestra propia memoria

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