martes 17 marzo, 2026

Esto no es un cuento

Todo parecido con la realidad no es pura coincidencia, es una lástima.

Era un pequeño pueblo, casi ignorado por los demás, salvo por el agua de sus manantiales, que tenía propiedades curativas y, por ello, desde hacía algún tiempo tenía muchos visitantes que aumentaban poco a poco y hacían que todos los pobladores vivieran ahora un poco mejor y ya no pasaran el hambre de antaño.

En aquel pueblo había una casa totalmente derruida; hacía cuarenta años, dicen, que fue una hacienda señorial. Las causas de la destrucción no vienen al caso, o quizás sí, ya veremos.

En un momento dado, a aquella casa llegó un chico joven acompañado de otros jóvenes; no cualesquiera: todos eran los herederos de los dueños. Ellos sí sabían las causas; al parecer, de todo hubo un poco. Las desavenencias en la propia familia de cómo debían subirse más pisos al inmueble para hacerlo más grande y también, pues, porque había otros pobladores que querían que las únicas casas del pueblo fueran las suyas. Eso fue hace tiempo, casi cuarenta años.

Aquel joven, aquellos jóvenes, sin nada de nada, con su buena voluntad y firmeza, en poco tiempo levantaron de nuevo el edificio; no solo eso, sino que le hicieron muy grande y lindo. Lo dijeron todos; incluso fueron orgullo de los pueblos cercanos. En aquel viejo edificio remozado cabía ahora mucha gente, su familia y otras, y todos convivían con armonía, se saludaban amigablemente por la escalera y, cuando discrepaban por algo, lo hacían con elegancia. Aunque otros del pueblo les increparan fuera de tono y de manera desabrida, ellos sabían lo que les costó construir aquella casa y no querían para nada que lo pasado volviera. Eso era tragar, sin duda.

El joven recordaba aquella canción, que “no era una canción” (así se titula), que sí cantaba un viejo “comunista”, que decía: «No te armes de razón, aquí cabemos todos o no cabe ni Dios».

Aquel pueblo, gracias al impulso, ganas y saber hacer de aquel joven y de los otros, dejó de vivir solo del agua del manantial y se pusieron manos a la obra y bien, y empezaron a vivir de muchas otras cosas. Fue un tesón contagioso de muchos que pronto hizo olvidar que aquella casa un día estuvo derruida, a punto de que llegara el bulldózer de una constructora y lo dejara todo en un solar.

El tiempo pasó, siempre pasa, y el joven dejó de ser el presidente de aquella comunidad que él había creado, y un buen día supo que tenía que dar un paso atrás para que otros lo dieran adelante. Lo supo él. Cuando, llegado el momento, se sentó en el butacón, otros decidían cuándo había que cambiar las ventanas, engrasar el ascensor, pagar al portero… esas cosas que se hacen cuando las casas funcionan y lo que hay que hacer es que mejoren en su funcionamiento; ya saben, creo que todos sabemos.

Y el tiempo seguía pasando; al joven le sustituyeron sus hijos y, a sus hijos, sus nietos. Eso sí lo sabemos todos: es la vida. El joven ya era viejo, pero ahí estaba. La salud le respetó; se movía, más torpe, mucho más torpe, pero se movía. Y pensaba, y hablaba; una suerte, una bendición.

A los que dirigían ahora la casa, esa tan buena que habían heredado y que el viejo impidió que fuera un solar, no les gustaba lo que decía. Les contrariaban sus reproches, lo mismo que hacía tanto les llevaban los demonios sus consejos.

—¿Quién es el viejo para aconsejar? Ahora somos nosotros los que decidimos cuándo se abren y cierran las ventanas. ¡Solo nosotros! —dijo una de las nietas pequeñas, que gritaba desde lo alto de un poyete que ella no sabía qué hacía ahí, aunque era un muro de carga de la casa.

A veces los viejos son muy pesados; los menos viejos también, y los no viejos no creen, o no saben, que llegarán a ser viejos y pesados. Tampoco a veces saben que los viejos saben dónde están las piedras en el camino y que, a veces, escucharles nos impide tropezarnos en ellas.

Un día, no muy lejano, el abuelo habló desde su rincón. Ese abuelo hablaba mucho y no hablaba ni bajito ni con balbuceos. Uno de los que vivían ahora en la casa, con derecho propio sin duda, dijo algo que, sin duda, sobrepasaba las cláusulas de inquilinato:

—¡Que se vaya el viejo! Si no se calla, que ese viejo se vaya.

Otra inquilina no tardó en sumarse:

—Sí, que se vaya y así, donde tiene su mecedora, ponemos unos Line Array (1).

El viejo de aquella casa no era cualquier viejo; tampoco fue cualquier joven. Levantó una casa, no para él, sino para todos; y no solo trabajó para la casa y la familia, ni para los de su bloque del barrio: trabajó para todo aquel pueblo, para que todos vivieran mejor.

Él siempre pensó que, en la casa, en el barrio, en el pueblo y en el mundo, o cabemos todos o no cabe ni Dios… aunque discrepen los unos de los otros y otros discrepen de él.

Saber discrepar es esencial; y lo importante es saber aceptar la discrepancia, pero para ello hay que saber lo que era reconstruir una casa en ruinas…

(1) Sistema de reproducción de sonido profesional compuesto por módulos dispuestos en línea vertical para cubrir áreas grandes con sonido uniforme.
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