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sábado 29 agosto, 2026

Calipso en Ceuta

No sabía si nadaba hacia Ceuta o si huía de ella.

Aquella noche habían desaparecido los cuatro puntos cardinales. Solo quedaban un mar negro, un cielo sin estrellas y cuerpos que se agitaban a su alrededor como restos de un barco hundido antes de alcanzar la orilla.

Era demasiado joven. Tan joven que la palabra migrante parecía demasiado grande para su edad.

Dijo que tenía dieciséis años. Después dijo quince. Luego dejó de saberlo. Quizá la edad, como el nombre, era una de esas cosas que el mar podía borrar.

Llevaba un pantalón deportivo negro, una chaqueta ligera y, atado a la cintura, una pequeña bolsa de plástico. Dentro había un teléfono apagado antes de entrar en el agua.

En la pantalla estaba la fotografía de su madre.

No quería perderla.

Cada vez que sentía que el peso del agua la arrastraba hacia abajo, tocaba la pequeña bolsa con la mano.

Aquí está mi madre.

Aquí está mi casa.

Aquí queda una razón para seguir viva.

Entonces oyó un grito.

Se volvió.

Un muchacho agitaba los brazos. Su cabeza desapareció bajo el agua, volvió a emerger durante unos segundos y volvió a desaparecer.

Ella no gritó.

Había comprendido que el mar solo comprueba cuánto puedes resistir antes de llevarte consigo.

Cuando aparecieron las luces de Ceuta en el horizonte, no creyó lo que veían sus ojos.

La ciudad parecía suspendida sobre el agua, blanca, iluminada, cercana, casi irreal.

Extendió una mano hacia ella, como si la ciudad pudiera devolverle el gesto y agarrarla.

Entonces escuchó una voz detrás:

—¡Alto!

No supo de dónde venía.

Había hombres, gritos, pasos golpeando el agua, luces que atravesaban la oscuridad.

Ella siguió avanzando.

Alguien intentó hacerla retroceder. Se aferró a una roca, se abrió la rodilla y gritó.

Nadie pareció escucharla.

O quizá alguien la escuchó y no pudo llegar hasta ella.

En medio de aquella confusión vio a otra muchacha pedir auxilio. Después desapareció detrás de los cuerpos de los hombres.

Unos minutos más tarde había dejado de gritar.

Solo quedó el sonido del mar.

A la mañana siguiente, las redes sociales estaban llenas de historias.

Un vídeo de diecisiete segundos. La imagen de un hombre corriendo con un niño en brazos. La grabación de una mujer llorando mientras buscaba a su hijo. El testimonio de un joven que aseguraba haber sido golpeado.

Otra muchacha, sin nombre, contó que algunos de los que habían conseguido llegar fueron agredidos y que varias chicas habían desaparecido durante horas antes de reaparecer con la ropa desgarrada.

Después llegaron relatos todavía más terribles.

No todos pudieron ser confirmados.

Pero las historias de miedo no necesitan un sello oficial. Les basta con parecer posibles.

Pasaban de un teléfono a otro, crecían con cada reenvío, hasta que el propio mar parecía haberse convertido en testigo de un juicio sin jueces.

Y en medio de todo aquello nadie sabía nada de la muchacha de dieciséis años.

El sol de África caía con dureza sobre los últimos días de julio cuando un trabajador de la limpieza la encontró junto al muro de un antiguo cuartel abandonado.

Estaba encogida sobre sí misma, descalza, mordiéndose los labios mientras respiraba con dificultad.

Cuando el hombre se acercó, ella retrocedió.

—No tengas miedo.

Retrocedió aún más.

Su cuerpo temblaba. Sus ojos parecían buscar algo en un lugar que nadie más podía ver. No dijo una palabra.

Al otro lado de la ciudad, Sabah abría la ventana de su casa.

Rozaba los sesenta años. Musulmana, ceutí, nacida en la ciudad y criada entre sus calles. Conocía los callejones que no aparecen en los mapas, el olor del mar antes de la tormenta, el olor del pescado fresco en los mercados.

Y sabía también que la ciudad que amaba no era siempre inocente.

Seguía las noticias en su teléfono. Leía, cerraba la pantalla y volvía a leer.

Algunos comentarios le producían vergüenza.

Sus vecinos hablaban de invasores. Otros, de animales. Otros evocaban a Tarik, a Musa, la traición del conde don Julián y todas las viejas historias con las que algunos pretendían explicar el presente.

Los que habían muerto en el mar, mientras tanto, no eran más que una cifra.

Al mediodía recibió una llamada de una amiga que colaboraba como voluntaria.

—Sabah, ¿todavía tienes sitio en casa?

—¿Para quién?

—Para una chica…

—¿Cuántos años tiene?

—Es muy pequeña.

Sabah guardó silencio.

—Estoy fuera —dijo finalmente—. Intento conseguir algo de comida. Los mercados están cerrados y no he podido comprar suficiente. Volveré dentro de una hora. Llevadla a mi casa y esperadme allí.

Cuando Sabah entró, la muchacha estaba sentada en una silla de plástico.

Levantó los ojos.

No se movió.

Sabah se sentó frente a ella. No le preguntó su nombre, de dónde venía ni cómo había llegado.

Puso una botella de agua sobre la mesa.

—Soy Sabah.

Silencio.

—Si quieres dormir, duerme.

Silencio.

—Si quieres llorar, llora.

Silencio.

Sabah la miró un instante.

—Y si no quieres hacer nada, no hagas nada.

Por primera vez algo se movió en el rostro de la muchacha.

No era una sonrisa.

Era algo parecido al reconocimiento.

Como si dijera: Por fin alguien que no quiere nada de mí.

La primera noche no durmió.

Cada vez que cerraba los ojos regresaban el agua, los gritos, las luces, una mano que intentaba agarrarla y otra que la empujaba. Risas. Insultos. Una habitación cuyo lugar no podía recordar.

No recordaba todo.

Quizá aquello fuera una forma de misericordia.

Cuando comenzó a temblar, Sabah entró en la habitación y se sentó a su lado.

No dijo nada.

Después de unos minutos, la muchacha habló:

—No me toques.

Sabah retiró la mano.

Pasó un rato.

—¿Estás enfadada conmigo?

—¿Por qué iba a estarlo?

—Porque he venido a…

Se interrumpió.

Sabah la miró.

—¿A dónde has venido?

—Aquí.

Sabah comprendió.

Sonrió con tristeza.

—Hija, no eres una extraña aquí.

Luego preguntó:

—¿Has cruzado el mar?

La muchacha bajó los ojos.

Tres días después empezó a hablar.

Se llama Nadia.

O eso dijo.

Conservaba el teléfono. En la pantalla rota aparecía la fotografía de una mujer y un niño pequeño. Una vida entera escondida detrás de un cristal resquebrajado.

—Mi madre no sabe que he cruzado.

—Lo sabrá —respondió Sabah.

—¿Cómo?

Sabah no contestó.

Sonrió.

Hay promesas que son mentira incluso cuando nacen de un corazón bueno.

Aquella tarde Sabah le preguntó:

—¿Por qué viniste?

Nadia respondió sin pensarlo:

—Quería vivir.

Después añadió:

—Quiero ser enfermera.

—Lo serás.

Nadia se rio.

Era la primera vez.

Pero su risa se quebró casi inmediatamente.

Una semana después llegó la decisión: Nadia sería trasladada a un centro para menores.

Sabah sabía que su presencia en aquella casa era provisional.

La ayudó a recoger sus pocas cosas, el teléfono y un viejo brazalete que le había regalado.

—No lo quiero —dijo Nadia.

—Llévatelo.

—¿Por qué?

—Porque mi madre me lo dio cuando yo tenía casi tu edad.

Nadia miró el brazalete.

—¿Dónde está tu madre?

Sabah permaneció en silencio.

—Murió.

Nadia tomó entonces el brazalete y lo cerró en su mano.

—Entonces, ¿por qué me lo das?

—Porque tú lo necesitarás más que yo.

Y la abrazó.

Esta vez Nadia no retrocedió. Hundió el rostro en su hombro y lloró.

—Algún día volverás a los brazos de tu madre —le dijo Sabah.

Nadia apartó la mirada.

—No sé si podré.

—¿Por qué?

—No sé si podré vivir después de todo esto.

Sabah cerró los ojos un instante.

—Vive por ella.

Nadia levantó la cabeza.

—No pienses ahora en mañana —continuó Sabah—. Mañana es otro mar y nadie sabe qué esconde el mar. Vive solamente este día. Respira. Come algo. Duerme si puedes. Deja que tu corazón recuerde que todavía late.

Guardó silencio.

—No permitas que lo que te hicieron se convierta en tu nuevo nombre. Tú no eres lo que otros hicieron contigo. No eres aquella noche, ni aquel mar, ni las manos que te empujaron hacia el miedo. Eres más que todo eso.

Le secó una lágrima con el pulgar.

—A veces no sobrevivimos porque seamos fuertes. Sobrevivimos porque conseguimos aplazar la caída un día más. Y luego otro. Y otro. Hasta que, de repente, descubrimos que hemos recorrido una distancia que creíamos imposible.

Nadia miró hacia la ventana.

La luz era pálida.

—Tu madre no necesita que regreses siendo la misma —dijo Sabah—. Te abrirá los brazos tal como eres ahora, rota, asustada, silenciosa. No importa. Una madre no espera que sus hijos vuelvan enteros. Solo espera que vuelvan.

Y volvió a abrazarla.

Un mes después, Sabah recibió una llamada del centro.

Una joven funcionaria la esperaba.

—Tenemos un problema.

—¿Qué ha pasado?

—Nadia ha desaparecido.

Sabah se quedó inmóvil.

—¿Cómo que ha desaparecido?

—Salió del centro durante la noche.

—¿Adónde?

—No lo sabemos.

Sintió un frío repentino en el pecho.

—¿Dejó algo?

La funcionaria le entregó una pequeña bolsa.

Dentro estaban el teléfono y una fotografía.

Después sacó un papel.

Era la letra de Nadia.

Solo tres palabras:

«Quiero a mi madre. Perdóname.»

Sabah permaneció mirando aquellas palabras.

—¿La habéis buscado?

—Hemos avisado a la policía.

Fuera, la ciudad continuaba su vida.

Los autobuses circulaban. Los cafés estaban abiertos. Los niños corrían por las calles.

Todo seguía como si nada hubiera ocurrido.

Aquella noche Sabah abrió su teléfono.

Seguían allí las imágenes de los días anteriores, los que habían cruzado, los que no llegaron, las noticias, los comentarios, los insultos, los comunicados.

Entonces apareció un vídeo nuevo.

Duraba apenas unos segundos.

Una voz masculina decía:

—Han encontrado a una chica en una zona rocosa.

Sabah dejó de respirar.

Amplió la imagen.

No estaba segura.

Pero vio el brazalete.

El brazalete que había dado a Nadia.

El teléfono cayó de su mano.

Al día siguiente encontraron el cuerpo de una muchacha.

A pocos metros del lugar donde habían encontrado a Nadia por primera vez.

Unos dijeron que el mar la había devuelto.

Otros que nunca había regresado al mar.

Un tercero afirmó que la verdad aparecería en la investigación.

Los medios publicaron la noticia:

«Muere una menor migrante en circunstancias desconocidas.»

Horas después desapareció entre otras noticias.

Una semana más tarde, Sabah estaba frente al mar.

Sacó el teléfono y abrió aquella fotografía antigua.

Nadia reía.

Era una risa pequeña, tímida, casi invisible.

—Le prometí que viviría un día más —dijo Sabah al mar.

Después calló.

El mar estaba tranquilo.

Demasiado tranquilo.

De regreso a casa encontró un sobre blanco bajo la puerta.

No tenía nombre.

Dentro había una fotografía de Nadia frente a un muro blanco. En su mano llevaba el brazalete.

Detrás de ella aparecía una mujer cuyo rostro no podía verse.

En el reverso de la fotografía había una sola frase:

«Sabah, no me busques. He encontrado a mi madre.»

Sabah se sentó en el suelo.

Leyó la frase una vez.

Después otra.

Y una tercera.

Por un instante empezó a creer que Nadia había sobrevivido.

Entonces sonó el teléfono.

Número desconocido.

Sabah contestó.

Nadie habló.

Solo escuchó una respiración.

Después, una voz lejana, apenas un susurro:

—Sabah…

La línea quedó en silencio.

Sabah permaneció inmóvil, con el teléfono pegado al oído.

No supo si había escuchado la voz de Nadia.

O la del mar.

*En la mitología griega, Calipso es la ninfa que acoge a Ulises después del naufragio y lo retiene durante años en su isla. Sabah es, en este relato, una Calipso invertida: no retiene a la muchacha que llega del mar, sino que la acoge, la protege y, finalmente, abre para ella la puerta de salida.

Sabah existe. Es una mujer de Ceuta que, durante los acontecimientos de finales de julio, ayudó a personas que intentaban alcanzar la ciudad. El resto pertenece a la ficción. Una mezcla de testimonios, relatos escuchados y hechos de los que fui testigo. La frontera entre realidad y ficción, como la frontera entre el mar y la tierra, no siempre permanece visible.

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