miércoles 10 junio, 2026

¿Y la educación para cuándo?

En España discutimos casi todo… menos lo verdaderamente importante.

Los medios de comunicación, los tertulianos profesionales y la política cotidiana parecen girar siempre alrededor de los mismos asuntos: la batalla partidista, el escándalo del día, la última maniobra “táctica” de un gobierno o de la oposición. La política, convertida en frivolidad del bien y el mal, espectáculo permanente, coloniza el espacio público. Y ahora sin pudor, pasamos de la política a la guerra. La guerra que es un drama moral en si y una quiebra de los lo que deberían ser los valores humanos lo convertimos en debate geopolítico, sea como arma electoral o como instrumento de propaganda o como ejercicio de tener razón, que más da.

Pero hay algo profundamente revelador en esta obsesión colectiva de caminar hacia ninguna parte: mientras discutimos sobre los ruidos del presente, apenas hablamos del futuro. Que es lo que podría hacer que un futuro presente fuera mejor.

El futuro de un país no se decide en las tertulias, ni en los discursos parlamentarios, ni siquiera en las crisis internacionales que llenan titulares durante unas semanas. El futuro de un país se decide, silenciosamente, en sus aulas.

En sus escuelas.

En su sistema educativo.

La educación no es una política pública más. Es la condición de posibilidad de todas las demás. Sin educación no hay innovación, sin conocimiento no hay desarrollo, sin investigación no hay prosperidad. Y sin una ciudadanía formada, crítica y libre, tampoco hay democracia que pueda sostenerse en el tiempo.

Por eso el reciente informe publicado recientemente por la Fundación de las Cajas de Ahorros (FUNCAS), elaborado por Ismael Sanz, sobre el abandono educativo temprano en España debería ocupar mucho más espacio en el debate público del que realmente ocupa. (Pincha aquí para leerlo tú mismo entero)

 No se trata de una estadística más ni de un informe técnico destinado a especialistas. Se trata de un espejo en el que España debería mirarse para entender uno de sus problemas estructurales más persistentes.

El estudio ofrece una radiografía rigurosa y actualizada de una cuestión que condiciona el futuro del país: el número de jóvenes que abandonan el sistema educativo antes de completar la educación secundaria superior y sin continuar ningún tipo de formación.

Y aunque los datos contienen algunos motivos para el optimismo, también plantean interrogantes que deberían inquietarnos.

Según el informe, la tasa de abandono educativo temprano en España se situó en 2025 en el 12,8 %, el nivel más bajo de toda la serie histórica.

Es una mejora notable si recordamos de dónde venimos. En 2002 la tasa alcanzaba el 30,9 %, lo que convertía a España en uno de los países europeos con mayores niveles de abandono escolar.

La evolución durante las últimas dos décadas ha sido clara: una reducción sostenida que ha permitido recortar más de la mitad del problema.

Pero las cifras también muestran el reverso de la historia.

A pesar de los avances, España sigue siendo el segundo país de la Unión Europea con mayor abandono educativo temprano, solo por detrás de Rumanía.

Y aún nos encontramos muy lejos del objetivo europeo del 9 % fijado para 2030.

Es decir, hemos avanzado, pero seguimos llegando tarde.

El abandono educativo temprano mide el porcentaje de jóvenes entre 18 y 24 años que no han completado estudios de secundaria superior —bachillerato o formación profesional— y que además no siguen ningún tipo de formación.

En términos humanos, no es solo una cifra estadística. Es la historia de miles de trayectorias vitales que se quedan a mitad de camino.

Quien abandona prematuramente la educación tiene más probabilidades de sufrir desempleo, precariedad laboral, bajos salarios y exclusión social. Pero el problema no es solo individual. También es colectivo.

Un país con una elevada tasa de abandono escolar pierde talento, reduce su capacidad productiva y limita su potencial de innovación.

En otras palabras: el abandono educativo temprano no es solo un problema educativo. Es un problema económico, social y democrático.

El informe de FUNCAS aporta además algunos datos especialmente reveladores que ayudan a entender las raíces del fenómeno.

Uno de los más llamativos es la brecha de género.

En 2025, la tasa de abandono entre los hombres alcanzó el 15,9 %, mientras que entre las mujeres se situó en 9,5 %.

Es decir, los chicos abandonan el sistema educativo casi seis puntos más que las chicas.

Este fenómeno, persistente en España y en otros países europeos, plantea preguntas sobre el funcionamiento del sistema educativo y sobre los modelos sociales que influyen en las trayectorias escolares.

Pero quizá el dato más inquietante del informe es el que tiene que ver con el origen socioeconómico.

La tasa de abandono entre jóvenes de origen extranjero alcanza el 30,7 %, triplicando prácticamente la de los jóvenes españoles, situada en torno al 9,8 %.

La desigualdad social también aparece con claridad cuando se analiza el nivel educativo de las familias.

Cuando la madre tiene solo estudios primarios o inferiores, la tasa de abandono alcanza el 32,9 %. Pero cuando posee estudios superiores, se reduce hasta el 2,4 %.

La educación, por tanto, reproduce —si no se corrige— las desigualdades sociales.

Este dato debería hacernos reflexionar profundamente sobre el futuro de la Educación.

Porque si algo debería garantizar el sistema educativo es precisamente lo contrario: que el origen social no determine el destino de las personas.

El informe también subraya las enormes desigualdades territoriales dentro del propio país. Mientras comunidades como el País Vasco registran tasas cercanas al 3-4 %, otras regiones superan ampliamente el 20 %.

Es difícil imaginar una política pública eficaz cuando el mapa educativo refleja diferencias tan profundas. ¿Tal vez la territorialización de las competencias educativas, no es la solución a nada?

España ha conseguido avances importantes en los últimos años gracias a varias políticas educativas: la expansión de la Formación Profesional, los programas de refuerzo escolar o las iniciativas destinadas a prevenir el abandono en los primeros años de secundaria.

Pero el problema sigue siendo estructural.

Durante décadas, el sistema productivo español —basado en sectores como la construcción, el turismo o los servicios de baja cualificación— ofrecía oportunidades laborales relativamente accesibles para jóvenes con baja formación. En ese contexto, abandonar los estudios no parecía una decisión especialmente costosa.

¡Hoy el mundo es otro!.

La economía del conocimiento exige cada vez más cualificación, capacidad de aprendizaje continuo y competencias tecnológicas. Las sociedades que no inviertan en educación quedarán relegadas en la competencia global.

Por eso el informe de FUNCAS no debería leerse solo como un diagnóstico del presente, sino como una advertencia sobre el futuro.

España ha avanzado, sí.

Pero aún no ha resuelto uno de los grandes dilemas de su modernización: cómo construir un sistema educativo capaz de ofrecer oportunidades reales a todos los jóvenes, independientemente de su origen social, su lugar de nacimiento o su entorno familiar.

La educación no puede ser una política secundaria.

Debe ser el eje central de cualquier proyecto de país.

Porque mientras discutimos sobre guerras, alianzas militares o estrategias electorales, el verdadero campo de batalla del futuro está en otro lugar: en las aulas.

Allí se decide qué sociedad seremos dentro de veinte o treinta años.

Un país puede permitirse muchos errores políticos. Puede sobrevivir a crisis económicas, a cambios de gobierno, a malos gobiernos, o incluso a turbulencias internacionales.

Pero lo que ningún país puede permitirse es renunciar al conocimiento.

Cuando una sociedad descuida la educación, no está cometiendo solo un error de política pública.

Está hipotecando su futuro.

Y esa es, probablemente, la forma más silenciosa —y más peligrosa— de derrota colectiva.

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