En el evento IFE 2026, Karina Fuerte, editora en jefe del Observatorio del Instituto para el Futuro de la Educación del Tecnológico de Monterrey, recogió un dilema sobre la IA que no podemos obviar: «La inteligencia artificial es la nueva salsa picante de la educación; la usamos para esconder el mal sabor de una comida de mala calidad». La frase, tan provocadora como certera, pone el dedo en la llaga. El propósito de las universidades, tal y como las hemos venido entendiendo en los últimos 200 años, no puede ser seguir tendencias, ser un simple laboratorio de algoritmos al servicio del mercado. La universidad liberal es un espacio de libertad para que, desde la tecnología existente en cada momento, la sociedad pueda imaginar y promover su futuro. Un espacio especialmente privilegiado para minimizar las presiones de los poderes políticos, económicos o religiosos en la construcción del bien común.
Como los expertos en comunicación digital dicen que son pocos los lectores que dedican más de un minuto a un artículo, adelantemos la conclusión: la IA acelera y evidencia las contradicciones que acumulan las instituciones de educación superior, pensar la educación superior desde la IA puede ser un punto de inflexión, la oportunidad para construir una universidad ejemplar, para alertar a la comunidad universitaria sobre su responsabilidad con la esperanza.
Una reflexión preterida
La IA nos enfrenta a la deriva que nos lleva a confundir entretenimiento y educación, negocio y aprendizaje. Ahí está el ejemplo de la principal plataforma universitaria Coursera, con más 150.000 inscripciones en sus cursos al día, que nombró como nuevo CEO a un alto directivo de Amazon Prime Video y Alexa. Greg Hart afirmó que el futuro del aprendizaje es “ofrecer experiencias tan adictivas como una serie de streaming”. La educación se incorpora de pleno en la guerra por la atención, los estudiantes son el producto y los profesores los comerciales. Ver la educación como un bien de consumo nos lleva a un oxímoron aterrador, por más que en su resolución haya oportunidades de negocios inimaginables.
Igualmente, la aceptación de la IA en la universidad sin una transformación y liderazgo institucional tiende a acercarlas a un espectáculo de ficción. Una forma radical de credencialismo que podríamos llamar Wrestlingnización, en referencia a los 1.000 millones de seguidores con los que cuenta el WWE Championship. Unos simulan que enseñan, otros simulan que aprenden y las instituciones certifican y organizan los eventos.
Cuando la experiencia universitaria no aporta pensamiento crítico y amplitud mental, esto es, la capacidad de entender el mundo, no solo de realizar tareas. Una cultura humanista que nos permita comprender tanto a las personas, como los contextos y sociedades. Método y disciplina intelectual, el saber investigar, argumentar y generar criterio. Así como, una socialización adulta, saber convivir, debatir, negociar, discrepar… la universidad se convierte en un proveedor de títulos cuyo espacio está en condiciones de ser ocupado por otros proveedores más eficientes y atractivos.
La irrupción de la IA desnuda la banalidad con la que renunciamos a los valores de la universidad y convierte la inacción en una forma de complicidad dolosa.
Hay muchas universidades en la Universidad
No existe una sola idea de universidad, sino muchas que conviven y compiten por su legitimidad y la obtención de recursos, a la vez que todas las universidades, por distintas que puedan parecernos, están hibridadas en sus ambiciones.
Está la universidad aristocrática, el lugar de relación de los brahmanes, romantizada por algunos académicos que la evocan como refugio de silencio y estudio profundo. Espacio de legitimación de las élites, pero también cuna de idealistas que buscaban la verdad por la verdad. La de Robert Maynard Hutchins en Chicago y su “utopía socrática”; la de los preceptores de Woodrow Wilson en Princeton; o las célebres Houses de Abbott Lawrence Lowell en Harvard, concebidas para formar carácter antes que currículum. Una universidad distante y imperturbable.
Junto a ella convive, y domina el ecosistema, su evolución natural: la universidad globalizada. Impulsada por el neoliberalismo a finales del siglo XX en torno a la creación de una industria mundial de la educación superior. Una industria esencialmente anglosajona, dominada por el denominado G4, que gestiona una movilidad internacional de siete millones de estudiantes, en la que cada vez más países quieren participar, de manera especial China.
Una propuesta que se organiza en torno a la visión simplificada e ideologizada de las universidades aportada por los ránquines internacionales. Una universidad que subordina su actividad a los intereses corporativos bajo el paradigma de la producción de artículos científicos y que ha aceptado compartir su legitimidad con las métricas de la empleabilidad vinculadas a las élites profesionales, fundamentalmente financieras, tecnológicas y políticas. Una universidad que ha naturalizado la idea de la sobrecualificación de las personas y que interioriza su condición de chivo expiatorio de las ineficiencias del mercado de trabajo.
Pero hay otras tradiciones emergentes ante la crisis de la globalización. La “Wisconsin Idea”, que proclamó a comienzos del siglo XX el presidente Charles Van Hise —«nunca estará satisfecho hasta que la influencia benéfica de la Universidad llegue a todos los hogares del estado»—, encarnó una visión radicalmente democrática del conocimiento. Ideal compartido por toda una red de universidades land-grant que ofrecieron educación superior a las clases trabajadoras y ayudaron a modernizar el tejido social y económico de Estados Unidos.
En Europa merecen ser destacadas las “Redbrick Universities” del Reino Unido, todas ellas en grupo Russell, instituciones de ladrillo rojo nacidas para responder a las necesidades locales de la revolución industrial. Hoy ese espíritu resurge en las llamadas “Universidades Cívicas”, como la de Sheffield, que, a través de su programa Made Together, nos recuerdan que el conocimiento sólo cobra sentido cuando se comparte con la comunidad que lo sostiene.
Y en América Latina no podemos ignorar la impronta de la Declaración de Córdoba de 1918, un manifiesto de emancipación que hizo de la autonomía, el cogobierno y la justicia epistemológica los pilares de una universidad transformadora. “Los dolores que nos quedan son las libertades que nos faltan”, decían los próceres cordobeses. Su eco resuena cada vez que una comunidad universitaria defiende el derecho a pensar por cuenta propia.
La universidad frente al iliberalismo
La situación está cambiando para las universidades de manera trepidante. El impacto del iliberalismo en su realidad ya es evidente. El objetivo no es otro que la destrucción de la libertad académica a través del ahogamiento económico, la deslegitimación del conocimiento científico, la exigencia de la neutralidad total, y la criminalización de la defensa de los derechos humanos. Países que antes lideraban la defensa de la libertad académica empiezan a comportarse como aquellos donde el capitalismo de Estado es la justificación de todo control.
El reemplazo de la democracia por un gobierno de tecno-plutócratas o la guerra cultural de los nacionalistas populistas no soporta universidades libres. Cada vez que se niegan políticas de igualdad o diversidad, se ridiculiza la investigación crítica o se persigue la libertad de expresión del profesorado y del estudiantado, se está vaciando el sentido mismo de la universidad. Porque lo que está en juego no es la gestión, sino la esperanza: esa que la universidad encarna cada vez que enseña que el mundo puede ser de otra manera.
Las palabras en el 2024 del todavía candidato a presidente de Estados Unidos Donald Trump anunciando la “American Academy”, una única universidad, 100% digital, gratuita y universal, resuenan en las recientes declaraciones del secretario de Estado de Comercio, cuando dijo que “Harvard debería ser un centro de capacitación profesional”, como lo hacen en la propuesta «Higher Education Compact» o en la “One Big, Beautiful Bill Act”.
En este momento no podemos olvidar que las respuestas más profundas contra la barbarie de la II Guerra Mundial y a la Shoá, propuestas sobre las que hemos construido la convivencia y el bienestar en las últimas décadas, fueron los derechos humanos y la democratización del acceso a la universidad. Dos realidades que desde entonces se han mostrado inseparables.
Es Roosevelt quien, en 1944, a través de la GI Bill, abrió la democratización de la universidad permitiendo que millones de hijos de obreros, personas desubicadas por la guerra, accedieran por primera vez a la educación superior. Este proyecto dio forma al “Sueño americano” y consolidó una clase media ilustrada. Al menos desde entonces, cada vez que el poder político ha intentado mejorar la sociedad ha buscado la complicidad de la Universidad.
Hoy, la idea de que el conocimiento puede elevar colectivamente a una sociedad es un logro que no podemos olvidarnos de reivindicar. Destruir el siglo XX, como declaran el iliberalismo, pasa por destruir las universidades que lo posibilitaron.
La ejemplaridad como horizonte.
Ser una institución ejemplar no se presume; se cree. Día a día, en la ética con que se enseña, se investiga y se gobierna. De la manera en que una universidad responde a las preguntas incómodas o protege a quien piensa distinto. En el modo en que dialoga y co-crea con la sociedad.
Sin ejemplaridad, la universidad será una pieza más de una realidad cada vez más ajena. La IA no será la responsable, lo será la indiferencia, cuando no la codicia expresada en la renuncia colectiva a defender sus valores. La IA es una oportunidad inevitable para recuperar la universidad.


