Hay algo más preocupante que los propios incidentes ocurridos alrededor de Ceuta. la manera en que algunos sectores de la política, la diplomacia, los medios de comunicación, y la opinión pública española están construyendo sobre ellos una narrativa cada vez más difícil de distinguir de una teoría de la conspiración.
No se trata de negar los hechos ni de cuestionar el derecho de España a defender sus fronteras, sus aguas territoriales o la seguridad de Ceuta y Melilla. Tampoco de impedir que se exijan explicaciones al Gobierno por sus errores de previsión, por la falta de medios o por la gestión de una crisis migratoria.
El problema aparece cuando las preguntas dejan de ser preguntas y empiezan a convertirse en certezas sin pruebas suficientes.
Una llegada masiva de migrantes se convierte así en una «invasión»; una maniobra naval, en una operación de intimidación; el movimiento de barcos pesqueros, en una provocación; una coincidencia temporal, en la prueba de un plan; y la ausencia de información oficial, en la confirmación de que alguien está ocultando algo, y de repente, todo parece encajar.
Y cuando todo encaja de esa manera, conviene detenerse.
Porque una cosa es investigar si existió coordinación, negligencia, provocación o utilización política de una crisis migratoria, y otra muy distinta construir retrospectivamente una operación perfectamente planificada a partir de acontecimientos cuya relación causal no ha sido demostrada.
La palabra «invasión», además, no es inocente. Repetida una y otra vez, deja de describir un fenómeno migratorio y comienza a construir un enemigo. El joven que cruza el mar deja de ser un migrante desesperado y se convierte en un invasor. Marruecos deja de ser un vecino incómodo, competitivo o incluso contradictorio, y pasa a ocupar el papel de potencia que permanentemente tantea, amenaza, prueba y desafía a España. Es una simplificación peligrosa.
Y resulta especialmente preocupante cuando este lenguaje procede de personas que han ocupado responsabilidades políticas, diplomáticas o institucionales. Precisamente las élites deberían ser las primeras en distinguir entre información y rumor, entre indicio y prueba, entre hipótesis y certeza.
La diplomacia no consiste en imaginar el peor escenario posible y presentarlo como realidad. Consiste, precisamente, en conocer al adversario, interpretar sus movimientos, evaluar sus intereses y evitar que una crisis puntual se transforme en una crisis estratégica.
España tiene razones suficientes para defender sus intereses frente a Marruecos sin necesidad de fabricar enemigos adicionales. La relación bilateral es compleja, asimétrica en algunos ámbitos y llena de asuntos pendientes. Pero también es estratégica. Marruecos es vecino, socio económico, interlocutor imprescindible en materia migratoria y de seguridad y un actor cuya estabilidad afecta directamente a España y a Europa.
Por eso resulta tan poco inteligente convertir cada episodio fronterizo en una batalla geopolítica.
Hay además una dimensión histórica que no debería ignorarse. Ceuta y Melilla siguen siendo lugares donde la memoria colonial, la identidad nacional, la frontera europea y la cuestión migratoria se cruzan de una manera especialmente sensible. En ese territorio, las palabras tienen un peso extraordinario.
Por eso sorprende que, en pleno siglo XXI, reaparezcan expresiones y esquemas mentales que parecen proceder de otra época. La vieja imagen del «moro» que amenaza la frontera, del sur que presiona permanentemente sobre el norte, vuelve a encontrar espacio en determinados discursos, ahora revestida de conceptos modernos como «guerra híbrida», «operaciones de desestabilización» o «tanteo de la OTAN».
Puede haber amenazas reales. Puede haber operaciones de presión. Puede haber errores graves de inteligencia y prevención. Todo ello debe investigarse. Pero precisamente porque puede existir, debe demostrarse.
Una democracia fuerte no necesita exagerar sus amenazas para defenderse de ellas.
Lo verdaderamente inquietante es que este lenguaje termina contaminando incluso aquello que debería permanecer al margen de la confrontación partidista. La seguridad nacional, las Fuerzas Armadas, la inmigración y las relaciones con un país vecino se convierten en munición electoral. Y cuanto más grave es el diagnóstico, mayor parece ser su utilidad política.
Es una espiral peligrosa. Porque cuando una sociedad empieza a interpretar cada acontecimiento a través de la sospecha, acaba perdiendo la capacidad de distinguir entre una amenaza real y una amenaza construida.
España necesita vigilancia, inteligencia, medios y prevención. Necesita también transparencia y control parlamentario. Pero necesita, sobre todo, serenidad.
No hace falta minimizar lo ocurrido en Ceuta. Hace falta comprenderlo.
No hace falta confiar ciegamente en Marruecos. Hace falta conocerlo.
Y tampoco hace falta negar los errores del Gobierno. Hace falta exigir responsabilidades con hechos, no con fantasmas.
Lo contrario conduce a una política exterior gobernada por el miedo, en la que cada barco se convierte en una amenaza, cada migrante en un soldado y cada coincidencia en una conspiración.
Y quizá lo más triste de todo sea que quienes deberían contribuir a apagar el fuego sean, precisamente, quienes siguen acercando cerillas al combustible.


