La guerra híbrida ya no es una hipótesis de los centros de pensamiento ni una amenaza confinada al este de Europa. Es una forma de presión silenciosa que avanza por fronteras, redes, puertos, aeropuertos, incendios, desinformación y crisis fabricadas o amplificadas. España, situada entre el flanco oriental de la OTAN y la inestabilidad del sur mediterráneo, debe empezar a mirarla como una amenaza propia.
Una guerra ya no necesita empezar con tanques cruzando una frontera. Puede hacerlo con un ciberataque contra una red eléctrica, una campaña de desinformación, una maniobra económica calculada o una operación encubierta difícil de atribuir. Esa es la lógica de la guerra híbrida: combinar medios militares, políticos, tecnológicos, económicos e informativos para desgastar a un adversario sin llegar, al menos en apariencia, a una guerra abierta.
Su fuerza reside en la ambigüedad. Frente a la guerra clásica, con frentes definidos, uniformes visibles y declaraciones formales, se mueve en una zona gris: ni paz plena ni conflicto reconocido. El agresor busca sembrar dudas sobre quién actúa, con qué intensidad y qué respuesta merece. No siempre pretende conquistar territorio; a menudo le basta con dividir a una sociedad, erosionar sus instituciones y hacer que sus dirigentes reaccionen tarde.
“En la guerra híbrida, el primer objetivo no siempre es el territorio: a menudo es la voluntad de resistir.”
Europa lo está comprobando con la guerra de Ucrania. El apoyo político, militar y logístico a Kiev ha ido acompañado de ciberataques, sabotajes, campañas de desinformación e interferencias contra infraestructuras críticas. No son ataques declarados, pero tampoco simples incidentes: forman parte de una presión sostenida destinada a encarecer ese apoyo, sembrar miedo y poner a prueba la cohesión europea. La batalla ya no se libra solo en el frente ucraniano; se proyecta sobre los aeropuertos, las redes eléctricas, los sistemas informáticos, las cadenas logísticas y la opinión pública de quienes sostienen a Ucrania.
El episodio del 5 de agosto en el aeropuerto de Leipzig-Halle apunta, en ese contexto, a un posible salto cualitativo. Si se confirman las informaciones sobre un dron cargado con explosivo Semtex junto a un Antonov An-124 ucraniano, la guerra híbrida habría rozado una nueva frontera: golpear físicamente una pieza sensible de la logística ucraniana en territorio europeo. Leipzig-Halle no es un aeropuerto cualquiera; es uno de los grandes nodos de carga del continente. Por eso, el ataque fallido debe leerse con prudencia, pero también con atención: como una posible prueba de resistencia dirigida a medir la fortaleza política, operativa y psicológica de Europa y de la Alianza Atlántica.
“Cuando un ataque no se declara, pero sí produce miedo, interrupción y duda, ya ha cumplido parte de su objetivo.”
La dimensión informativa completa el cuadro. Durante los últimos años, la guerra híbrida ha estado presente en campañas electorales europeas bajo la forma de bulos, noticias falsas y operaciones de manipulación destinadas a erosionar la confianza en las instituciones, polarizar el debate público y alimentar la sospecha sobre el proceso democrático. En ese terreno, la inmigración aparece a menudo como materia inflamable: no porque los migrantes sean una amenaza, sino porque los actores interesados explotan miedos, conflictos reales y episodios aislados para convertirlos en combustible político. El objetivo no es solo influir en unas elecciones, sino fracturar a las sociedades europeas desde dentro.
Esa presión informativa se combina, además, con incidentes físicos cada vez más frecuentes en el flanco oriental. Cazas F-18 españoles desplegados en Rumanía bajo mando de la OTAN intervinieron contra un dron que había penetrado sin autorización en el espacio aéreo rumano. Más al norte, Polonia y los países bálticos encadenan interferencias de GPS, ciberataques, sospechas de sabotaje en cables submarinos, presión migratoria instrumentalizada e incursiones de drones o aeronaves no identificadas. Cada episodio, por separado, puede parecer limitado; vistos en conjunto, dibujan una estrategia de erosión permanente.
“El flanco oriental se ha convertido en un laboratorio de presión: cada incidente mide los reflejos de la OTAN.”
La presión también se mueve por mar. En el Atlántico y en el Mediterráneo, la guerra híbrida adopta formas menos visibles, pero igualmente inquietantes: buques sospechosos cerca de infraestructuras submarinas, espionaje bajo cobertura comercial, interferencias electrónicas y redes de contrabando de combustible o armas que alimentan conflictos, eluden sanciones y financian economías de guerra. El mar se ha convertido en otro espacio de ambigüedad. Europa no solo protege sus costas: protege cables, puertos, oleoductos, gasoductos y rutas comerciales de las que depende buena parte de su seguridad.
Todo ello forma parte de un cambio más amplio. Los equilibrios geopolíticos que ordenaron el mundo durante décadas están en riesgo: cambian los liderazgos, las alianzas, las cadenas de suministro, la energía, la tecnología y el peso económico de las potencias. La guerra híbrida no es una anomalía dentro de ese escenario, sino uno de sus síntomas más visibles. El poder internacional ya no se mide solo en divisiones acorazadas o portaaviones; también se mide en datos, satélites, sanciones, rutas comerciales, influencia digital y capacidad para desestabilizar sin asumir abiertamente el coste de una guerra.
Pero España no puede mirar solo al este. Tal vez, por sentirnos geográficamente alejados de las amenazas que se ciernen sobre el Báltico, Polonia o el norte de Europa, tampoco observamos con suficiente preocupación lo que ocurre en nuestra vecindad más próxima: el norte de África, el Magreb y el Sahel. Allí se cruzan inestabilidad política, presión migratoria, dependencia energética, terrorismo yihadista, rutas marítimas estratégicas, desinformación y competencia entre potencias externas. Para España, ese flanco sur no es una periferia lejana, sino una frontera directa de seguridad.
“Para España, el sur no es una periferia: es una frontera directa de seguridad.”
Esa cercanía se traduce en una vulnerabilidad concreta. Son vecinos inmediatos, socios necesarios y, en ocasiones, interlocutores cuyas lealtades o compromisos no siempre resultan fáciles de interpretar. El reciente salto masivo desde Marruecos hacia Ceuta recordó que una frontera puede convertirse, en cuestión de horas, en un problema de seguridad nacional, humanitario y político. Algunos servicios de inteligencia europeos analizan si episodios de este tipo pudieron haber contado con la intervención de actores externos aún no identificados, interesados en explotar vulnerabilidades fronterizas y tensiones sociales como parte de una estrategia de presión más amplia.
La misma lógica de vulnerabilidad interna aparece ante los incendios de este verano. Por mi propio pasado vinculado a servicios de información, amenazas terroristas y acciones policiales, sé que ciertas alarmas interiores pueden activarse antes incluso de que existan pruebas concluyentes. Tal vez sea deformación profesional; tal vez, una cautela aprendida. Pero cuando uno observa su magnitud, su distribución por el mapa de España, los desalojos masivos y la destrucción acumulada, resulta difícil no preguntarse si todos responden únicamente al azar, a la negligencia o a la acción de pirómanos aislados. Esa pregunta no equivale a una acusación. No se trata de afirmar sin pruebas que fuerzas al servicio de países hostiles estén detrás de esta devastación, sino de admitir que, en un escenario de guerra híbrida, incluso el fuego puede ser contemplado como un instrumento de presión, desestabilización y miedo.
“La defensa ya no empieza solo en los cuarteles: empieza también en la verdad, la cohesión social y la lucidez democrática.”
La conclusión es incómoda, pero inevitable: España y Europa no pueden seguir mirando la guerra híbrida como si fuera un fenómeno lejano, limitado al flanco oriental o a los manuales de estrategia. Está en las redes, en los puertos, en los aeropuertos, en las fronteras, en los cables submarinos, en la energía, en la inmigración instrumentalizada, en la desinformación y, quizá, en cualquier vulnerabilidad capaz de producir miedo, división o parálisis. La amenaza no siempre llegará con banderas, uniformes o comunicados oficiales; puede llegar disfrazada de accidente, de crisis humanitaria, de incendio, de sabotaje o de ruido informativo. Por eso exige una respuesta serena, firme y democrática: inteligencia, prevención, unidad política, cooperación europea y una ciudadanía consciente de que la primera línea de defensa está también en la verdad, en la cohesión social y en la decisión de no dejarse quebrar.


