A dos semanas de salir a la luz pública la trama de corrupción tejida por los dos ex-secretarios de organización del PSOE, el momento actual puede ser descrito como de bloqueo institucional, consecuencia a su vez de una endiablada suma de debilidades.
La primera, es la del Partido Popular quien, a pesar de tenerlo todo a su favor, no consigue articular una mayoría para desbancar a Pedro Sánchez mediante el mecanismo constitucional previsto para ello: la moción de censura. Su alianza con Vox, y su campaña en las instituciones europeas contra el uso de las lenguas cooficiales españolas, producen tal rechazo en los partidos nacionalistas de derechas que ninguno está dispuesto a darle sus votos. El PP ni siquiera se atreve a plantearla como un adelanto de su proyecto de país con vistas a las próximas elecciones, tal como hizo Felipe González en 1980 contra el gobierno de Suárez, permitiéndole ganar las elecciones de 1982. Y la razón es que no tiene un proyecto que ofrecer. Durante siete años, su único proyecto ha sido “que se vaya Sánchez”. De hecho, su congreso de julio está tratando de esquivar cualquier cuestión programática espinosa, con lo que su oferta electoral quedará totalmente desdibujada y ambigua. En estos momentos, su “proyecto” sigue siendo el mismo: esperar que el gobierno le caiga del cielo en base a llenar de barro a su adversario.
La segunda debilidad es la de la mayoría de investidura. Los precarios socios de la misma no están dispuestos a facilitar a Pedro Sánchez una moción de confianza en estos momentos, si bien tampoco votarían a favor de una moción de censura. Les conviene que la legislatura siga. En mi opinión, es comprensible que se desmarquen porque no saben el alcance de la podredumbre y no quieren aparecer como cómplices de ella. Por otra parte, tampoco habían sido hasta ahora muy firmes en el apoyo al gobierno y la prueba es que no le han dotado de presupuestos durante dos años. Han sido bastante oportunistas, vendiendo sus votos a cambio de concesiones —en el caso de Junts, desproporcionadas— y no con base en sostener una acción de gobierno estable frente a una alternativa PP-Vox claramente peor para sus intereses. La debilidad alcanza también a su socio de coalición, Sumar, que hace extraños equilibrios para desmarcarse del PSOE a la vez que defiende que el gobierno siga adelante.
El mismo PSOE está débil porque sus militantes están desolados y a la defensiva. Algunos barones territoriales, de forma un tanto miope y desleal, están tratando de salvar los muebles de su pequeño terruño y piden elecciones anticipadas. Dan por perdido el ámbito nacional, lo cual no parece ser un apoyo muy leal a su partido. Contribuyen con ello al síndrome de la muerte anunciada: si todos abandonan el barco antes de estar claro si este se hunde o no, entonces se hundirá sin remedio.
Todos miran al presidente y esperan que tome las decisiones que les saquen de esta situación tan desoladora. Este, a su vez, recibe a otros dirigentes de su partido y a sus socios de investidura, sondeando el grado de apoyo que puede esperar. El resultado de todo ello es un bloqueo mutuo.
En mi opinión, la situación actual exige prudencia y esperar a que se terminen de desarrollar los acontecimientos. Hay que esperar a comprobar hasta donde llega el perímetro de la podredumbre organizada por el trío corrupto. Con seguridad aparecerán cómplices de menor nivel incrustados en las estructuras del gobierno y de las empresas adjudicatarias. La duda es si aparecerá algún otro dirigente importante o un ministro. Si así fuera, la suerte estaría echada y habría que convocar elecciones.
Pero, en esa espera, hay cosas que el presidente podría hacer para revertir la situación de desconfianza que se ha instalado en buena parte de la ciudadanía:
- Despejar toda duda de que, más allá de traidores y corruptos que hayan actuado sin su conocimiento, él no aparecerá en ningún papel ni grabación. Las voces interesadas de la derecha están desplegando un gran esfuerzo en trasladar a la opinión pública que es todo el PSOE, Sánchez incluido, el que está corrompido.
- Llegar a un pacto inmediato con sus socios de investidura sobre algunas medidas de regeneración urgentes, con el fin de demostrar la voluntad del gobierno de cerrar los resquicios por los que se cuela la corrupción. El pacto debería incluir impedir que los aforamientos protejan los casos de corrupción —produce nauseas ver a Ábalos aferrado a su escaño viviendo de nuestros impuestos—, reforzar la independencia de las mesas de contratación y prever duras sanciones contra las empresas que sean cómplices de corrupción.
- Reforzar las estructuras del partido y separarlas de las del gobierno. Él mismo debería desligarse de la dirección del mismo y dejar que una gestora restañe las heridas producidas por las decisiones de los dos ex-secretarios corruptos.
Cuando las informaciones sobre los casos de corrupción se estabilicen y se pueda confirmar —si efectivamente es así— que no está implicado ni el partido ni el resto del gobierno, entonces se debería acordar un pacto con los socios que visibilice su apoyo a continuar la legislatura. Eso debería traducirse al menos en unos presupuestos para 2026 y en apoyar al gobierno mediante una moción de confianza. Si no están dispuestos a ello, entonces se deberían convocar elecciones.
En mi opinión, la estrategia que siga Pedro Sánchez debería acomodarse a las necesidades de su partido y no a la inversa. El objetivo no debería ser aguantar el gobierno a cualquier precio. Debería ser más bien que el PSOE esté en condiciones de ganar las próximas elecciones generales, sean estas cuando sean. Si Sánchez es o no candidato en ellas, debería decidirse en su momento, dependiendo de si se ha conseguido revertir a no la situación actual.
Al menos, en el gobierno y entre los socios hay consenso en una cosa: las elecciones no se deben convocar ahora. Fieles a San Ignacio, hay que aplicar aquello de que “en tiempo de tribulación, no hacer mudanza”. Convocarlas ahora sería un regalo injustificado para estas derechas desvergonzadas y sin escrúpulos que nos han tocado en suerte.


