Las elecciones en Guinea-Bissau comenzaron su campaña oficial el 2 de noviembre de 2025, apenas un día después de un nuevo intento de golpe de Estado. La coincidencia fue tan simbólica como inquietante. Las sirenas de la noche anterior aún resonaban en las calles de Bissau cuando el presidente Umaro Sissoco Embaló, flanqueado por oficiales uniformados, apareció en una tribuna improvisada frente al Palacio Presidencial. Su discurso fue breve, enérgico y cargado de alusiones al orden y la continuidad: “El pueblo debe elegir entre la estabilidad o el caos.”
Sin embargo, muchos dentro y fuera del país comenzaron a preguntarse si aquel golpe era realmente lo que parecía. Diversos analistas plantearon la posibilidad de un autogolpe, una maniobra cuidadosamente calculada para reafirmar la autoridad presidencial en vísperas de las elecciones y consolidar la narrativa de que solo Embaló puede garantizar la estabilidad en un país acostumbrado a vivir entre conspiraciones militares y lealtades cambiantes.
La cronología alimenta la sospecha. El supuesto levantamiento se produjo en un contexto de tensión política creciente, denuncias de corrupción y fracturas internas en las fuerzas armadas. Durante las horas críticas, los movimientos de tropas fueron limitados, los tiroteos escasos y las comunicaciones interrumpidas. No se registraron enfrentamientos prolongados ni víctimas civiles, algo inusual en los golpes reales que han sacudido al país en el pasado.
En círculos diplomáticos y entre observadores de la CEDEAO, se ha comentado que el episodio pudo ser una dramatización parcial o una crisis controlada, útil para neutralizar disidencias internas, justificar medidas de excepción, así como, reforzar el control político sobre los mandos militares.
No sería la primera vez. En 2022, Embaló denunció un intento de golpe de Estado con rasgos similares que terminó consolidando su poder y le permitió reorganizar la cúpula castrense bajo su autoridad directa.
La frase “estabilidad o caos” resonó así como algo más que un eslogan electoral. Fue la síntesis de una estrategia política basada en el miedo, el orden y la lealtad. En un país donde los límites entre el poder civil y militar son difusos, y donde la historia reciente está marcada por traiciones y pactos efímeros, la hipótesis del autogolpe no solo es verosímil, sino también funcional.
Embaló parece comprender que en Guinea-Bissau la legitimidad no se conquista solo en las urnas, sino también en el terreno simbólico de la seguridad y la fuerza.
El resultado inmediato ha sido una campaña electoral bajo tensión, con una oposición debilitada, un clima de temor y una ciudadanía dividida entre la esperanza de estabilidad y la sospecha de manipulación.
Guinea-Bissau volvió, una vez más, a caminar sobre el filo de su historia: un país que busca la paz mientras sus líderes fabrican la amenaza del caos para perpetuarla.
Frente al presidente, el rostro ausente era el de Domingos Simões Pereira, líder del histórico Partido Africano para la Independencia de Guinea y Cabo Verde (PAIGC), excluido de la contienda por decisión judicial bajo acusaciones de “irregularidades administrativas”.
Desde su inhabilitación, Pereira ha intentado mantener viva la resistencia política, apoyando al independiente Fernando Dias y promoviendo la creación de un bloque opositor común de cara a la primera vuelta.
Una cita que definirá más que un mandato
El 23 de noviembre de 2025 no será un domingo cualquiera. Por primera vez se celebrará en una misma jornada elecciones presidenciales y legislativas, un experimento político de alto riesgo para un país que ha vivido más interrupciones que transiciones pacíficas.
La cita electoral coincide con el límite constitucional del mandato de Embaló, iniciado en 2020, y con el plazo impuesto por la Comunidad Económica de Estados de África Occidental (CEDEAO), que exigió un calendario verificable tras el fallido golpe de principios de mes. Sin ese compromiso, se suspendería la cooperación financiera y la ayuda en materia de seguridad.
Pero el contexto no puede ser más delicado. Guinea-Bissau llega a esta cita agotada, con un Estado debilitado, una economía dependiente del contrabando y unas fuerzas armadas omnipresentes que se siguen viendo a sí mismas como “los garantes de la nación”.
Las urnas debieron haberse abierto en 2024, pero fueron pospuestas, oficialmente, para “garantizar condiciones seguras y transparentes”. En la práctica, fue una estrategia para recomponer alianzas dentro del Ejército y recuperar control sobre el proceso electoral.
Para conocer los antecedentes de esta crisis y el contexto previo (incluyendo narcotráfico, criminalidad organizada, terrorismo y la dimensión geoestratégica de las drogas) puede consultarse el informe completo correspondiente a 2024.
Durante ese “año perdido”, el presidente ha consolidado su influencia en los servicios de inteligencia y fortalecido su control sobre las fuerzas armadas, mientras la prensa independiente ha sido censurada y los líderes opositores, han sufrido persecuciones y detenciones selectivas.
A medida que se acercan las elecciones, los observadores internacionales advierten que las condiciones técnicas están, pero el clima político es hostil. El riesgo más inmediato no es otro golpe militar, sino una deriva autoritaria tras los comicios, si Embaló se reelige y refuerza su control sobre las instituciones, lo que parece la opción más probable.
El peso de la historia reciente
Guinea-Bissau nunca ha conocido una década completa de estabilidad. Desde su independencia de Portugal en 1973, el país ha sufrido cuatro golpes de Estado y numerosos intentos frustrados. La historia reciente está llena de presidentes derrocados por capitanes descontentos o coroneles impacientes.
El Ejército, heredero de la guerrilla independentista, se ha convertido en actor político permanente. Sus generales administran silenciosamente cuotas de poder, controlan puertos, aeropuertos y licencias de exportación, y se reparten privilegios en nombre de la “seguridad nacional”.
Embaló, un exoficial formado en academias militares extranjeras supo leer esa realidad mejor que sus predecesores. Su relación con los cuarteles ha sido pragmática (mantener contentos a los mandos a cambio de lealtad). A sus críticos, sin embargo, les preocupa que esa fórmula haya derivado en un régimen híbrido, donde la fachada civil encubre una estructura militarizada de poder.
Economía de subsistencia y sociedad
Más del 60 % de la población vive en pobreza, sin acceso regular a electricidad ni agua potable. La economía gira casi exclusivamente en torno al anacardo, que representa el 80 % de las exportaciones. El negocio, dominado por élites militares y redes de intermediarios, funciona en la sombra del Estado, mezclando legalidad y contrabando.
A pesar del desánimo, la sociedad civil guineana sigue resistiendo. En los barrios de Bissau, asociaciones vecinales y grupos de mujeres sustituyen al Estado en la educación, la salud o la asistencia social. Las radios comunitarias (pequeños estudios de dos micrófonos y una antena oxidada) mantienen vivo el pluralismo informativo que sobrevive fuera del control gubernamental.
En redes sociales, una generación de jóvenes urbanos impulsa campañas contra la corrupción y los abusos policiales. Son estudiantes que citan a Amílcar Cabral y mezclan política con rap criollo. En su lenguaje, la palabra “mudança” (cambio) se repite como consigna. Representan la esperanza cívica de un país que no ha perdido la fe en la democracia.
Seguridad y dependencia exterior
Los donantes internacionales (CEDEAO, UA, UE) han intentado reformar este entramado mediante programas de reforma del sector de seguridad (RSS) y profesionalización militar. Pero la falta de compromiso interno ha convertido estos esfuerzos en un ritual burocrático: cuando llega el dinero, se pagan salarios; cuando se agota, regresa la tensión.
La consecuencia es un país dependiente de la ayuda exterior no sólo para proyectos de desarrollo, sino para funcionar. Las misiones internacionales mantienen operativos hospitales, escuelas y hasta la policía marítima.
¿Es Guinea Bissau un narco estado?
El país continúa siendo un punto de tránsito crucial del narcotráfico entre América Latina y Europa. Los cargamentos de cocaína aterrizan en pistas clandestinas del archipiélago de Bijagós, antes de reembarcar hacia las Islas Canarias o el Algarve portugués. En esta economía paralela se cruzan intereses de altos mandos, empresarios locales y redes internacionales.
Guinea-Bissau no puede ser definido formalmente como un narco-Estado, pero sí ha funcionado durante años como un narco-sistema, donde la debilidad institucional y la inestabilidad política permitieron la penetración profunda de redes del narcotráfico internacional. Desde mediados de los años 2000, diversas investigaciones de la ONU, la DEA y la UE documentaron la presencia de carteles latinoamericanos que utilizaron el país como plataforma logística clave en la ruta de la cocaína hacia Europa, aprovechando la ausencia de control efectivo en puertos, pistas aéreas y zonas costeras.
Aunque el flujo de droga ha disminuido en la última década, Guinea-Bissau sigue siendo un Estado altamente vulnerable a la captación criminal. Persisten niveles significativos de corrupción en sectores de seguridad y administración pública, y algunos episodios pasados implicaron incluso a altos mandos militares. Más que un gobierno controlado por el narcotráfico, Guinea-Bissau representa un Estado frágil con espacios capturados por economías ilícitas, donde el narcotráfico actúa como poder paralelo y factor de desestabilización.
Un vecindario inestable
El entorno regional de Guinea-Bissau dista mucho de ofrecer estabilidad. África Occidental atraviesa una ola de golpes de Estado que ha sacudido a Mali, Burkina Faso y Níger, debilitando a la CEDEAO y erosionando su autoridad moral en la región. Aunque Guinea-Bissau sigue siendo miembro formal del bloque, observa con cautela la deriva autoritaria de sus vecinos y procura mantener una posición de neutralidad que la proteja de eventuales sanciones o represalias diplomáticas.
La fragilidad de Senegal y la inestabilidad crónica de Guinea Conakry añaden más incertidumbre a la zona. En la región senegalesa de Casamance, fronteriza con el territorio bisauguineano, las tensiones separatistas son una amenaza latente. Cualquier repunte de la violencia podría afectar las rutas comerciales y de contrabando, con repercusiones directas sobre la economía y la seguridad de Guinea-Bissau.
En este contexto, la irrupción de Rusia añade una nueva capa de complejidad geopolítica. Aprovechando el repliegue de las potencias occidentales en el Sahel, Moscú ha encontrado en Guinea-Bissau un aliado estratégico. Su presencia se traduce en promesas de cooperación, apoyo político y programas de formación que refuerzan la figura del presidente Embaló, un socio confiable para el Kremlin de cara a las próximas elecciones.
A pesar de su reducido tamaño, Guinea-Bissau ocupa un lugar relevante en la geoestrategia atlántica. Es un eslabón silencioso en la cadena que conecta el Sahel con el Atlántico, y cualquier alteración en su equilibrio interno podría tener consecuencias inmediatas en las rutas del narcotráfico, los flujos migratorios y la seguridad marítima de toda la región.
Para España, la seguridad en el Golfo de Guinea y la lucha contra el narcotráfico constituyen prioridades estratégicas. Madrid, junto con Lisboa y Bruselas, financia programas de cooperación y mantiene un diálogo técnico en materia de gobernanza democrática, pesca sostenible y control marítimo.
Cambio climatico
El cambio climático golpea a Guinea-Bissau con una fuerza cada vez más destructiva. La tormenta que arrasó la ciudad de Gabu entre la tarde del 10 y la madrugada del 11 de junio de 2025 es un ejemplo dolorosamente claro. En apenas unas horas, un violento episodio de vientos extremos y lluvias torrenciales devastó cuatro barrios densamente poblados, afectando directamente a 3.017 personas (431 hogares) y dejando a más de 215 viviendas sin techo o completamente derrumbadas. No solo se destruyeron hogares, tambien fueron arrasadas y quedaron inutilizadas escuelas, comercios, edificios administrativos y la red eléctrica, paralizando servicios básicos y sumiendo a amplias zonas de la ciudad en la oscuridad. Para un país ya marcado por la fragilidad institucional y la precariedad económica, estos fenómenos (cada vez más frecuentes e intensos) no son solo desastres meteorológicos, sino multiplicadores de inestabilidad social y política, que amplifican vulnerabilidades preexistentes y tensan hasta el límite la capacidad de respuesta del Estado.
Epilogo
En una nación donde las tensiones políticas y los desafíos sociales conviven con una profunda riqueza cultural, la música sigue siendo el lenguaje común.
UAINE, con “Mistura de 30 Etnias de Guiné”, simboliza ese tejido invisible que mantiene unido al país más allá de sus fracturas.
Treinta etnias, un solo pulso.
La canción recuerda que la verdadera fuerza de Guinea-Bissau no está en el poder ni en las alianzas, sino en la capacidad de su gente para reconocerse en la diferencia.
Ahí comienza toda reconstrucción posible.


