Esta es la pregunta del millón. Todos observamos impotentes cómo el fenómeno aumenta en todo el mundo, pero nadie parece ser capaz de combatirlo eficazmente. Supongo que algo parecido debieron de sentir los ciudadanos europeos de los años treinta del siglo pasado, cuando veían al fascismo y el nazismo hacerse cada día más fuertes sin poder hacer nada para impedirlo. Además de las razones generales que se han dado para explicarlo, aquí reflexiono sobre algunas características patrias que contribuyen a su crecimiento.
El barómetro de 40dB del 2 de junio arroja unos datos más que preocupantes sobre el particular: entre los votantes de 18 a 44 años, la opción preferida es Vox, con porcentajes de entre el 21% y el 26,2%, dependiendo de la franja concreta de edad. El PP y el PSOE empiezan a ser los partidos más votados solo a partir de los 45 años.
Otro dato reseñable es que la izquierda ha perdido mucho peso desde las elecciones de julio de 2023. En esa fecha, la suma de PSOE y Sumar alcanzó el 44% de los votos, frente al 45,5% de la suma de PP y Vox. Este mes de junio, la izquierda solo llega al 39% —la suma de PSOE, Sumar y Podemos—, mientras que la derecha sube hasta el 48,3% —la suma de PP, Vox y SALF, partido que no existía en 2023—. La suma de Vox y SALF es 3,1 puntos superior al porcentaje que obtuvo Vox en 2023. O sea, la sociedad se ha derechizado y, dentro de esa derecha, solo crecen las opciones más extremas. Dentro de la izquierda, el PSOE pierde 1,9 puntos y la suma de Sumar y Podemos desciende 3,1 puntos. O sea, la desunión de la izquierda más radical pasa factura entre sus votantes.
Las razones generales que se han dado para explicar el aumento de las extremas derechas en todo el mundo son, entre otras, que se han dotado de una hoja de ruta, de una base teórica precisa y están coordinadas a nivel mundial. La estrategia —que parece estar funcionando— consiste en explotar los descontentos, incertidumbres y miedos que aquejan a una buena parte de la población. Estos, en esencia, tienen que ver con la globalización e incluyen la deslocalización de empresas —con el consiguiente paro en las regiones afectadas—, las desigualdades crecientes —que impulsan los fenómenos migratorios—, la emergencia climática —que obliga replantear todo el sistema energético y afecta muy especialmente a la industria del automóvil— y algunos fenómenos culturales como el crecimiento del feminismo, que es percibido como una amenaza por muchos varones.
La ultraderecha —su estrategia, lejos de aportar soluciones, consiste en encontrar culpables— ha señalado un enemigo al que han bautizado como “cultura woke” —en España, Vox lo traduce por “consenso progre”—, que identifica con las élites políticas tradicionales. Ellos, por su parte, se presentan como una alternativa fuera de ese consenso, como partidos antisistema, políticamente incorrectos y sin pelos en la lengua, que vienen a cambiarlo todo. Esa imagen y lenguaje desinhibidos seduce a muchos jóvenes, que lo perciben como “verdades” que les hablan de los problemas que les afectan. Los jóvenes nacidos en democracia no tienen referencias de lo que fueron las dictaduras que las precedieron y son por naturaleza rebeldes con el sistema. En este caso, rebeldes con la democracia misma. Según el Eurobarómetro, solo el 10% de ellos confía en los partidos políticos. Tampoco se informan en los medios de comunicación tradicionales y son presa fácil del uso brutal que hacen las ultraderechas de las redes sociales, difundiendo sin descanso bulos, mentiras y acusaciones al resto de los partidos y a las instituciones democráticas.
A estas razones, en España se añaden otras específicas que acentúan el fenómeno. Aquí, la brecha generacional se ha hecho muy profunda desde 2008. Nuestros jóvenes han vivido una sucesión de crisis que parece no tener fin: la larga crisis económica de 2008 a 2018, en que la tasa de paro llegó a alcanzar el 27%, la pandemia de 2020-21 con sus confinamientos y la espiral inflacionista de 2022 tras la invasión de Ucrania, que alcanzó cifras superiores al 10%. Las consecuencias de todo ello es que los jóvenes tuvieron empleos precarios durante mucho tiempo y que sus salarios, incluso con empleo fijo, no fueron ni son suficientes para cubrir sus necesidades. A ello se suma una escasez de vivienda y un aumento desmesurado de su precio, tanto en alquiler como en propiedad, producto de una combinación letal de circunstancias: aumento de la población, paralización de la construcción, incremento de la demanda turística, inversión especulativa, etc. La mayoría de los jóvenes han asumido que, a diferencia de las generaciones precedentes y por primera vez en muchos años, ellos van a vivir peor que sus padres.
Pero hay una razón todavía más poderosa para explicar por qué los jóvenes y los que no lo son tanto —¡hasta los 44 años!, no lo olvidemos— se sienten atraídos mayoritariamente por opciones antisistema como Vox y SALF: la percepción de la inutilidad de los partidos tradicionales. La bronca política permanente entre ellos, las sesiones parlamentarias de auténtica vergüenza y la agenda política diaria plagada de chascarrillos y banalidades, les hacen ver que los políticos tradicionales van a lo suyo, al “quítate tu, que me pongo yo”, mientras sus numerosos problemas siguen desatendidos.
Escribo un día antes de la conferencia de presidentes autonómicos en la que el Presidente Sánchez va a presentar un plan para que las administraciones tripliquen su inversión en vivienda pública. Presumo que, cuando se publiquen estas líneas, sabremos que no se ha avanzado ni un centímetro en este asunto.
Cito una frase de Cristina Monge (El País, 02/06/25) que puede aclarar más la cuestión: “¿en qué momento se olvidó que la política, en democracia, es un ejercicio de seducción?” Evidentemente, la lucha a garrotazos de los partidos y el no poner en la agenda diaria los problemas que acucian a los ciudadanos distan mucho de seducirnos.
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