Núñez Feijóo o el arte de ponerse de perfil

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Es sabido que, en la guerra, ponerse de perfil es mejor que ponerse de frente, para que así las balas pasen de largo. Ponerse de perfil es lo que mejor sabe hacer el señor Núñez Feijóo. Es lo que lleva haciendo desde que asumió la presidencia del Partido Popular en 2022. Pero, en política, ponerse de perfil puede ser muy perjudicial porque, a fuerza de no verte nunca la cara, llega un momento en que los electores pueden desentenderse de ti y desecharte por inútil.

El caso más flagrante de perfil bajo del señor Feijóo está siendo el de la llegada al poder de Trump y la tormenta de despropósitos que ha desatado en pocos días: propuesta de hacerse con Groenlandia, aranceles a medio mundo —incluida la UE—, sugerir convertir Gaza en un resort hotelero, marginar a la UE de las posibles negociaciones de paz en Ucrania, exigir a los países de la OTAN un gasto en defensa del 5% del PIB, y otras decisiones y propuestas muy controvertidas. Muchos líderes conservadores europeos se han pronunciado contra estos anuncios. El señor Feijóo calla.

Ha habido un aquelarre ultra en Madrid (ver aquí https://ladiscrepancia.com/un-nuevo-aquelarre-ultra-en-madrid/ más información) donde se ha atacado sobre todo el proyecto de la Unión Europea e instituciones internacionales como Naciones Unidas y la Corte Penal Internacional. El anfitrión, y en gran medida protagonista, ha sido Vox. Ni un solo comentario crítico ha salido de la boca de Feijóo. Qué diferencia entre él y los dignos diputados de la CDU alemana que tumbaron el decreto anti migratorio que su líder Friedrich Merz quería aprobar con la ayuda de la pro-nazi AfD. O con la crítica posterior de Angela Merkel al señor Merz por romper el cordón sanitario a la ultraderecha.

Pero hay también asuntos de política interna, que hubieran requerido una intervención enérgica del líder del que se supone es el partido alternativa de gobierno, en los que también se ha puesto de perfil. El más claro ha sido no haber obligado a dimitir al señor Mazón a raíz de su más que negligente actuación en la DANA de Valencia de octubre de 2024. Todos saben, sobre todo los valencianos, que ese señor es un cadáver político y que no podrá jugar ningún papel en el futuro y, sin embargo, lo mantiene ahí por puro cálculo. Adicionalmente, y para esconder su nefasta gestión, emprendió una batalla indigna contra la Vicepresidenta Teresa Ribera, sin importarle enfangar para ello las instituciones europeas.

Otro caso más ha sido hacer la vista gorda ante los turbios asuntos que rodean a la presidenta de Madrid, Díaz Ayuso. Primero fue su hermano y su comisión de 234.000 € en la compraventa de mascarillas por parte de la Comunidad en 2020. Aunque la fiscalía no pudo probar ningún delito, al frente de la empresa de la que era socio —sin relación previa alguna con el sector sanitario—, estaba un amigo de la infancia de la presidenta.

Más recientemente, está el caso de su novio que, a través de su abogado, se ha declarado culpable de haber estafado a Hacienda 350.000 € y de haber aportado facturas falsas para justificar los gastos de su empresa. Sus ingresos millonarios procedían de la venta de mascarillas, en este caso al hospital Quirón —beneficiario de muchos contratos de la Comunidad de Madrid—, y hay una investigación legal contra él por haber presuntamente pagado una comisión de medio millón a quién le proporcionó la venta. Con esos ingresos, adquirió un ático en un buen barrio de Madrid donde vive actualmente junto con la señora Ayuso. En el mejor de los supuestos, la señora Ayuso no ha ejercido tráfico de influencias, pero disfruta de unos bienes adquiridos por su novio a partir de un fraude.

La diferencia entre un líder y un encargado es que el primero encara los problemas y lidera su gestión, en muchos casos enfrentándose a corrientes de su propio partido que opinan lo contrario que él. Sin embargo, hemos visto a Feijóo demasiadas veces dar un tímido paso adelante seguido de una inmediata marcha atrás en cuanto algún líder o medio influyente del PP ha criticado sus iniciativas. Así ha sucedido en temas de inmigración, vivienda, Unión Europea, cambio climático y otras cuestiones. Nos quedamos sin saber qué políticas tiene realmente el PP sobre estos asuntos porque la posición del líder cambia cada día según sople el viento. Y es que Feijóo no es realmente un líder sino un encargado.

No sabemos a ciencia cierta quién manda en el PP, pero sabemos positivamente que no manda él. Hay tal vez demasiados centros de poder: influyentes medios de comunicación, la FAES, el señor Aznar, la camarilla ultra de Ayuso en Madrid, los oscuros poderes económicos, ciertos sectores de la justicia, etc. Y todos se hacen notar ante la debilidad de Feijóo.

A Pedro Sánchez se le podrán criticar muchas cosas, pero no no tener perfil. Efectivamente, quiere seguir en el poder —todos los partidos lo quieren cuando gobiernan— y, estando su partido en minoría, ha de negociar cada voto. Ha tenido la mala suerte de tener que lidiar con socios tan enloquecidos como Junts y Podemos, que tiran hacia extremos opuestos de la manta y muchas veces hacen difícil cuadrar sus respectivas pretensiones. Eso es lo que han decidido los españoles. Sánchez podría convocar nuevas elecciones, sí, pero, además de que la fragmentación podría repetirse, no parece muy democrático decirle a los ciudadanos que han votado mal y que vuelvan a hacerlo un poco mejor.

Aunque, según mi opinión, más importante que lo que hace —procurar seguir gobernando—, es para qué lo hace: los decretos que negocia actualizan las pensiones con el IPC, suben el salario mínimo y el ingreso mínimo vital, establecen ayudas a los damnificados por la DANA y al transporte público y suben los impuestos a las energéticas y a los bancos. Es decir, tiene un perfil definido, nadie puede llamarse a engaño con él.

Vox también lo tiene: intentar minar la democracia desde dentro, culpabilizar a los inmigrantes de todos los males, desproteger a las mujeres que han sufrido violencia de género, estigmatizar a los gais y ensalzar el franquismo. El resto de partidos —Sumar, Podemos, ERC, Junts, PNV— tienen igualmente perfiles muy precisos. Todo el mundo sabe lo que pretenden.

En cambio, nadie sabe cuál es el perfil de Feijóo ni del PP que le mantiene al frente. A juzgar por sus actos, su única oferta política consiste en atacar a Sánchez y en tratar de derribarle como sea, diga lo que diga y haga lo que haga. Con hipérboles y mentiras, alentando juicios contra su entorno familiar y votando en contra de todas sus leyes y decretos, sea cual sea su contenido. Es evidente que le interesa el poder, pero no nos aclara para qué lo quiere.

Atrapado entre Vox, la FAES, Ayuso, el poder mediático, los barones y los dirigentes moderados, Feijóo no quiere molestar a nadie. Ni a Trump ni a Vox, para no enemistarse con los  votantes ultras, a los que espera atraerse algún día. Tampoco acierta a cuadrar cómo importunar a Sánchez y, a la vez, no enemistarse con los pensionistas. Por eso vota que no al decreto de las pensiones y unos días más tarde vota que sí. No quiere molestar a Ayuso, ni a Aznar, ni a los medios afines. En consecuencia, sus iniciativas son erráticas, como el baile de la yenca: un pasito para adelante y otro para atrás. La pregunta que me hago es: ¿para qué sirve un líder así?

Ricardo Peña

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